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Capítulo 4: La segunda hembra

Luego de haber pasado un tiempo viéndola dormir, Orus por fin se puso de pie para salir de aquella habitación. A fin de cuentas, debía visitar a sus otras esposas. No podría dejarlas plantadas. Además, cada una contaba con su propio encanto, el que había logrado hechizarlo de cierta forma.

El elegir a la siguiente había sido sencillo, siendo que, luego de enfrentar a la valiente Aisha, una joven exquisita, de ojos blancos perlados por la ceguera y escamas negras brillantes, ahora quería a su contraparte: la más mimada del grupo.

Cuando se encontró frente a la puerta, se sintió algo pícaro por su elección. Solo esperaba que no fuera demasiado para ella. El que tuvieran personalidades tan diferente, además de formas corporales, hacía que todo fuera mucho más entretenido para el monarca.

Tocó la puerta, teniendo el permiso de inmediato por parte de una voz tímida y temblorosa, la que alguien normal ni siquiera hubiera podido llegar a oír. Ella era la siguiente.

Una vez vio su cuerpo sentado sobre la cama, sonrió de placer. Sus muchas curvas hacían que sus miembros volvieran a despertarse, conforme el rostro inocente y débil de la joven hacía querer que uno la protegiera de todo el mundo y de todo daño, así como intentaron hacer sus hermanas.

Pero él no era como un hermano o un amigo para ella: era su esposo, y no le importaría dañarla si con ello consiguiera placer de por medio. Claro, eso solo en la habitación. Fuera de eso, nadie tendría el derecho de ponerle un dedo encima o de siquiera criticarla sin verse con la completa ira de Orus.

Ingresó en el lugar, notando que a cada paso el rostro de la joven se contraría de desesperación. Quería huir, no había dudas. Fue por eso mismo que, haciendo uso de todo su control, el monarca se sentó en la cama junto a ella, hundiendo el mullido colchón por su gran peso.

Parecía que Kia estaba a punto de llorar, por lo que, con gran ternura y solemnidad, Orus llevó su mano hacia su mejilla, acariciándola cuidadosamente. Ella, enseguida, llevó el rostro hacia atrás queriendo evitar el contacto, haciendo que todo fuera más difícil para el rey, quien debía de tomarla por esposa.

Además, para que recibiera el trato de una reina debía de tener su marca en su cuerpo, de forma tal que nadie tuviera el derecho de decir una sola palabra sobre ella y su posición. Mientras tanto, estaban en un tire y afloje donde intentaban que Kia se relajara al menos un poco.

—¿Me tienes miedo? —inquirió, recordando cómo había reaccionado su hermana a esa pregunta.

La voz profunda de Orus solo provocó que todo el cuerpo de la joven temblara de miedo, pensando en lo que podría ocurrirle en caso de que su respuesta afirmativa, como obviamente lo era. Sin embargo, no le dejaba más opción que decir la verdad.

—Sí —soltó en un susurro tambaleante.

—Entonces ven, acuéstate junto a mí que no te haré nada.

Desde cualquier lado que se mirase, esto parecía una mentira. A fin de cuentas, podía denotar que se trataba de un rey despiadado que había hecho añico a sus enemigos, como si no le hubiera costado nada. Y ahora, se encontraba justo a su lado.

Muchas féminas hubieran deseado ser parte del harem del rey. Era muy deseado debido a su posición, aunque temido por su especie, siendo que las serpientes eran de lo más peligrosas y engañosas. Solo él había podido ganarse este título con su espectacular fuerza y poderío.

El monarca se acostó, esperando ser secundado por la joven junto a él, quien, luego de varios minutos que parecían eternos, se dejó caer a su lado.

—Buena chica —alagó sobándole la cabeza, como si se tratase de una niña pequeña. Ella, como respuesta, dejó salir una sincera sonrisa que calentó el corazón del rey.

Era muy hermosa. Sus ojos eran de un azul profundo que te llevaba a perderte en ellos, como si de un mar inconmensurable se tratase, el que resaltaba por su piel negruzca. Y Orus se sintió hipnotizado por ellos, más que incluso por sus llamativas curvas, las que lo tenían a mal traer con su erección. Se sentía como un ser divino, un demonio con alma de ángel.

—Sabes que debo poseerte, ¿verdad?

—Lo sé —respondió serena, sintiéndose un poco más confiada con su presencia.

— ¿Tú lo deseas?

— ¿Importa?

Tenía razón, no importaba. A final de cuentas, era solo una esclava más. Pero aún se sentía aferrada a su pureza, a su inocencia, por lo que, frunciendo el ceño con dolor, se abrazó a sus piernas tratando de protegerse de alguna forma.

—Tranquila, no voy a hacer nada que no quieras.

Aquello fue como una fuente de aire fresco, lo que la revitalizó de un segundo a otro, por lo que se irguió en su sitio para ver al rey con una amplia sonrisa, la que provocó que el corazón del rey se estrujara, así como había sentido con Aisha al verla ser tan firme y valiente.

— ¿En verdad no tendremos que hacer nada?

—No dije eso.

La cara de confusión pura marcaba el rostro de Kia, quien con sus grandes orbes azules examinaba al rey sin tanto temor como antes. Ahora, más bien, lo que la poseía era la confusión.

—Debo marcarte para que todos sepan que eres mi esposa. Pero para eso haremos uso de otro método. No temas.

Dándole permiso para que se acercara, Orus la rodeó con sus brazos, llevó su abultado pecho a su boca, de la cual salieron dos largos colmillos, y los incrustó en la negra piel de Kia, provocando que esta se quejara del dolor. Sin embargo, todo era tan excitante para el rey, que tuvo que reprimirse de ser más brusco, siendo que sentía sus miembros querer frotarse contra las carnosas caderas de la joven.

Ambos gimieron, conforme la marca de la posesión comenzaba a visualizarse en el muslo de la joven, el que era parcialmente cubierto por la falda de escamas negras.

Ya dos hembras le pertenecían, y tan solo quedaban dos más para terminar con lo que sería la primera noche para cada una de ellas.

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