Mundo ficciónIniciar sesiónEn los bosques gobernados por el temido clan StoneMoon, Eloise Thorne es una débil omega obligada a aceptar un matrimonio arreglado con Magnus Valcruz. A cambio de las riquezas de su familia, él promete dejarlos en paz. Pero el día de la boda, la diosa Luna los une y Magnus lo toma como una burla del destino. La humilla frente a todos, la llama “indigna” y ordena que la maten. Eloise huye al bosque mientras es perseguida por los hombres de Magnus. En su desesperación, cae por un acantilado y pierde el conocimiento. Horas después despierta en una cabaña desconocida, salvada por Seth, el alfa de una manada rebelde que busca derrocar al tirano. En ese lugar, Eloise descubre una verdad devastadora; Magnus acabó con la manada de ella, incluyendo a su madre. Esa revelación despierta una sed de venganza imposible de apagar. Aunque Seth al principio la rechaza al saber que estuvo a punto de casarse con Magnus, finalmente decide entrenarla y ayudarla a aumentar su poder. Con Seth a su lado, Eloise no solo buscará justicia. Reclamará el bosque y hará que Magnus se arrodille. La más débil de todas… será la que los doblegue a todos.
Leer másMe miré en el espejo una última vez.
—¡Has quedado hermosa, querida luna! El rey quedará encantado contigo —me dijo una sirvienta que me arreglaba para la boda. —No tienes que exagerar. —Le estoy diciendo la verdad. Magnus debe estar en el altar esperándola… —murmuró, con una sonrisa. El vestido blanco me hacía parecer una princesa de cuentos de hadas, acompañado por un peinado discreto que dejaba al descubierto mi rostro. Estaba a punto de convertirme en la esposa del rey que gobernaba todo el bosque. Los rumores lo pintaban como un tirano despiadado, un hombre temido por todos, sin embargo, desde el momento en que fui entregada a su manada, me había tratado con una dulzura inesperada, casi con amor. Mi madre, en cambio, no pudo ocultar su dolor. Su corazón se hizo pedazos cuando supo que debía abandonar nuestra manada para casarme con Magnus. Aunque lo hice por el bien de mi pueblo. —Supongo que ya es hora. Bajé las escaleras con la ayuda de mi sirvienta y llegué a la salida que daba al patio, donde se llevaría a cabo la ceremonia. Inhalé hondo. Me hubiera gustado tener la compañía de mi madre, o el resto de la manada, pero no respondieron mis cartas. —Magnus... Las miradas del público se enfocaron en mí cuando caminé por el sendero lleno de flores. Al final, Magnus me esperaba con un traje formal y una sonrisa ladeada. Era un hombre de ensueño. Cabello negro que caía sobre los hombros, ojos azules y cuerpo de escultura. Una melodía lenta empezó a sonar mientras más me acercaba. Mi corazón no dejaba de latir. ¿De verdad iba a casarme y convertirme en reina, aunque fuera una débil omega? Era una situación increíble, que llenaba mi corazón de felicidad. —Eloise… —murmuró Magnus en cuanto llegué a su lado—. Te ves hermosa. —G-gracias… —balbuceé. —Bienvenidos sean todos a la unión entre Eloise Thorne y Magnus Valcruz. A partir de este día, sus destinos quedarán entrelazados —proclamó el oficiante. Siempre soñé con encontrar el verdadero amor. Un hombre que me cuidara e hiciera todo con tal de verme feliz. Igualmente, yo haría lo mismo por él. Miré a Magnus con ternura. —Yo… Fue entonces cuando Magnus frunció el ceño en una mueca de dolor. Su mano se aferró a su pecho y un gruñido profundo escapó de su boca, como si estuviera siendo desgarrado desde dentro. —¿Magnus? —susurré. De pronto, un tormento indescriptible me atravesó. Sentí como si miles de cuchillas se hundieran en mi cuerpo al mismo tiempo. Mis piernas cedieron y caí de rodillas, justo cuando Magnus también se desplomaba a mi lado. No entendía qué estaba ocurriendo, solo deseaba que aquel sufrimiento terminara. Entonces, el dolor comenzó a transformarse en algo extraño, casi eléctrico. Un hilo delgado emergió de mi corazón y se extendió hacia el de Magnus, era casi invisible. —No puede ser… —murmuró Magnus, viéndome con horror—. ¡¿Tú?! ¡¿Entre tantas personas?! Recién me di cuenta de que había sido emparejada con mi prometido, pero… ¿por qué su reacción no era la que esperaba? ¿Por qué se veía tan molesto, con esa nariz arrugada? —¿Magnus? ¿Qué quieres decir con eso? —pregunté. Me levanté con dificultad cuando por fin mi cuerpo volvió a la normalidad. Magnus me miró, por primera vez, con un odio intenso en sus ojos. —Tú… —masculló, con los puños apretados—. No puedes ser mi pareja destinada, Eloise. ¡Tú no! —¿Qué? —Un nudo me apretó el estómago—. Magnus, vamos a casarnos. ¿Por qué te molesta tanto que la diosa nos haya emparejado? ¿No estás enamorado de mí? ¿No te parece un sueño? Magnus se acercó a mí con la mandíbula tensa. —¿Enamorado? —se mofó. Su indiferencia me dolía, me apretaba el pecho y sentía que me ahogaba. No podía respirar con normalidad. —Eloise, si acepté casarme contigo, fue por las riquezas de tu manada, nada más. Creí que si te trataba bonito, estarías a mi lado como una mujer servicial, sin objeciones. ¡¿Pero ser emparejados?! ¡Es inaudito! —se quejó, con el rostro serio—. Soy el alfa más poderoso de todo el bosque, Eloise. ¿Y tú? ¿Te recuerdo quién eres? Mis ojos se abrieron y por un segundo, creí que mi corazón había dejado de latir. Ese no era Magnus, o eso quería hacerle creer a mi mente. —¿Yo…? —No puedo creerlo —se llevó una mano a la frente, luego empezó a reír como loco—. ¡¿Una omega?! ¡¿Mi pareja destinada?! ¡Imposible! ¡No pienso aceptar esto! Magnus me miró otra vez con esa expresión que me daba terror. El cambio fue tan abrupto que sentí cómo un escalofrío me recorría la espalda, seguido de una ola de miedo que me heló la sangre. Aquella mirada no era la del hombre atento y cariñoso que me había hecho sonreír tantas veces, sino la del alfa implacable que los rumores decían; un hombre cruel, despiadado, capaz de destruir a cualquiera. —No puedes tratarme así… yo te amo, Magnus. ¡Me he enamorado de ti! ¡Estaba tan ilusionada con este día! ¿Por qué ahora te comportas de forma cruel? Retrocedí un paso, confundida, con el corazón acelerado. Por un momento creí que el hilo invisible que me unía a Magnus era mi condena. —¡Eloise Thorne! —rugió Magnus, con una furia infernal—. Jamás podría estar en serio con alguien como tú. Eres débil, nada atractiva, y dependes de los demás con facilidad. Tú y yo jamás podremos estar juntos en serio. Sus palabras eran cuchillas que se clavaban en mi corazón. Magnus continuó, sin un poquito de piedad: —¿Cómo pudiste creer que alguien sería capaz de amarte? ¿Te has mirado al espejo? ¡Y ahora la maldita diosa me empareja contigo! ¡¿Se ha vuelto loca?! ¿Es una burla del destino? Sentí que el mundo se me derrumbaba y que el hilo invisible que me unía a Magnus se convertía en una cadena oxidada que me ahogaba. Me llevé una mano al corazón, tenía la respiración agitada y el cuerpo no me dejaba de temblar por el horror y el miedo que me causó ver a Magnus tan furioso solo por el hecho de haber sido vinculados. ¿Era tan malo? ¿Y el amor que tanto me juró? —¿Por qué me dices todas esas cosas horribles, Magnus? —cuestioné, con un nudo en la garganta—. Me trataste como a una reina. Creí en tus palabras y acciones. Te robaste mi corazón. ¿Por qué ahora…? —Eres más ingenua de lo que pensé, Eloise… —se burló—. Ni siquiera nos hemos besado, y tampoco te he puesto una mano encima. ¿Sabes por qué? Pensaba que Magnus no me tocaba por respeto. —La diosa nos unió. ¿De verdad vas a ignorar ese detalle? ¡¿Solo porque soy una omega?! —¡No pienso estar contigo! —escupió—. ¡No pienso enamorarme de una mujer débil como tú! —¡No mientas! —¡Te rechazo! No acepto este vínculo. Sentí una ola de dolor recorrer cada rincón de mi cuerpo. Magnus estaba rompiendo el vínculo sagrado de la diosa, y la tortura se volvió insoportable. El alfa cayó de rodillas con el rostro tenso, mientras Amelia, la beta, corrió hacia él sin dudarlo. «¿Por qué ella…?» La visión se me nubló por las lágrimas, y un grito desgarrador escapó de mi garganta, era una mezcla de dolor físico y emocional. —¡Agh! El hilo invisible que me unía a Magnus se quemó como una llama cruel y abrasadora. —¡Maten a esta inútil! —le ordenó a sus hombres. Miré la luna llena que adornaba el cielo nocturno. ¿Por qué la diosa me hizo esto? ¿Ahora iban a matarme? Cuando vi que los hombres de Magnus venían corriendo hacia mí, no dudé en huir.Narrador. Aiden, Valeria y Harry estaban sentados sobre una enorme roca plana que sobresalía de la hierba en lo más alto del bosque mientras contemplaban el horizonte en silencio.—Miren allá —dijo Aiden, rompiendo el silencio mientras apuntaba con su dedo hacia las antorchas que custodiaban las murallas de la mansión real—. Desde aquí parece una maqueta de juguete. Algún día, cuando seamos grandes, nos tocará a nosotros cuidar que esas luces nunca se apaguen.—No es una tarea fácil, Aiden —respondió Harry, acomodándose las mangas—. El general Zain dice que mantener la paz requiere el doble de esfuerzo y de inteligencia que ganar una guerra. Cuando tu papá y Eloise ya no estén en el trono, la responsabilidad de mantener unidos a todos los clanes recaerá por completo sobre tus hombros como el próximo alfa.—Por eso no voy a estar solo, Harry —declaró el príncipe, girándose para mirar a su mejor amigo—. Ya lo hablamos en la pijamada. Tú eres la mente más brillante. Tú vas a ser mi c
Narrador. Las altas y pesadas cortinas de la estancia real estaban completamente cerradas, bloqueando la fría brisa del bosque. En el centro de la habitación se extendía un caótico campamento de mantas, almohadones de plumas y sábanas. Los cachorros celebraban una pijamada. Aiden, Harry y Valeria estaban sentados en círculo, mientras los gemelos Leo y Diana rodaban de un lado a otro intentando quitarse las almohadas entre risas.—¡Ya siéntense, par de monstruos pegajosos, o les digo a sus mamás que vengan a buscarlos! —advirtió Lilia, cruzándose de piernas en medio del campamento.Se había convertido en la niñera oficial y favorita de los niños, principalmente porque les permitía quedarse despiertos mucho más tiempo del debido y les contaba las mejores historias.—¡Queremos un cuento, tía Lilia! —exclamó Aiden, acomodándose su pijama—. Pero no queremos un cuento aburrido de hadas de esos que lee mamá para dormir. Queremos una historia de batallas de verdad, con garras, colmillos
Narrador. Tres figuras avanzaban en silencio por el bosque, cerca de un río. Al frente iba el rey Seth que guiaba el paso, seguido muy de cerca por su hijo Aiden y el joven Harry, ambos, quienes cargaban pequeñas bolsas de cuero a sus espaldas.—La primera regla del rastreo no es usar los ojos, cachorros —explicó Seth en un susurro ronco, deteniéndose junto a un enorme pino—. El bosque cambia de forma con la niebla, pero los olores y los sonidos no mienten jamás. Cierren los ojos e inhalen profundo. ¿Qué sienten?Aiden, cuyo cabello blanco resaltaba incluso entre la espesura, apretó los párpados y aspiró el aire con fuerza, inflando sus mejillas infantiles.—Huele a tierra mojada, papá. Y a esas setas raras que a la señora Maribel le gusta recoger para sus medicinas amargas. Saben horrible pero funcionan rápido —respondió el pequeño príncipe, abriendo sus ojos amarillos con impaciencia—. ¿Ya podemos empezar a correr? ¡Quiero atrapar al ciervo antes de que salga el sol!—El apuro
Narrador. Alaric caminaba a paso lento por el pasillo con un fajo de informes, se detuvo en seco al pasar frente a las pesadas puertas de madera de la cocina principal. Un extraño sonido de golpes suaves y risitas provenía del interior. La cocina debería estar completamente vacía a esa hora, dado que el chef principal y los sirvientes se encontraban organizando las despensas del sótano.Alaric empujó la puerta lentamente. Al abrirla, la imagen que se presentó ante sus ojos hizo que casi se le cayeran los papeles al suelo de la impresión.La gran cocina parecía haber sido el epicentro de una tormenta de nieve. Una densa capa de harina blanca cubría absolutamente todo. En medio de aquel desastre se encontraban los gemelos Leo y Diana, sus hijos. Ambos niños estaban cubiertos de harina de la cabeza a los pies, luciendo como dos pequeños fantasmas traviesos, y sostenían cucharas de madera gigantescas mientras se metían puñados de masa cruda a la boca.—¡Diana, mira! Papá se convirtió





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