Mundo ficciónIniciar sesiónUn día después…
Seth me estaba guiando por los alrededores del pueblo. Lilia nos acompañaba, tarareaba una canción que no lograba entender. —Te enseñaré el pueblo y tu nuevo dormitorio. Cada persona en este lugar debe aportar su granito de arena si quiere ganarse el pan de cada día. Somos una comunidad que no depende del dinero del rey, por lo tanto, tenemos nuestra propia moneda —explicó, con una calma que me hipnotizó—. Como en toda manada, hay divisiones: los sanadores, soldados, exploradores y más. —Son un pequeño reino… —Se puede decir. —Es increíble. Significa que en este pueblo hay tiendas para comprar todo, ¿no? —pregunté, mirándolo de reojo. —Sí, y lo que no haya, simplemente lo compramos fuera. —¿Y cómo hacen para obtener recursos de afuera? ¿No comercializan con otras manadas? —interrogué. Me impresionaba tanto la idea de que esa manada fuera independiente. No necesitaban un gobierno, ellos tenían su propio gobierno. —A veces le vendemos nuestros cultivos a otras manadas, y de ahí obtenemos la moneda real para lo que necesitemos —comentó, con las manos dentro de los bolsillos. —¡Nuestra manada tiene las mejores tierras para cultivar! Es como si estuviéramos en la zona más fértil de todo el bosque —argumentó Lilia, con un entusiasmo contagioso. —Ya me lo imagino —reí. —Todos mueren por obtener frutas o verduras de aquí, incluso Magnus intentó apoderarse de estas tierras durante un tiempo, pero Seth no se lo permitió —añadió la pequeña—. Nuestra manada no se iba a dejar quitar algo tan importante… —Lo que los mantiene a flote, ¿no? —inquirí, empezaba a entender mejor la situación. —Lo que nos permite cultivar nuestra propia comida y obtener la moneda real —aseveró Seth. —¿Y la carne? —Tenemos una granja —comentó Lilia, adelantándose para mirarme con una risita—. Los más débiles se encargan de criar a los animales, ya sabes, para obtener huevos y carne. Y el pescado se obtiene en los ríos. Hay muchos ríos cerca. No imaginaba que una simple manada pudiera sostenerse por sí misma. Lo sorprendente era que no dependían del gobierno de Magnus. Vivían libres, sin sus cadenas, sin tener que sufrir bajo su tiranía. —Eso es… increíble —dije. Llegamos a un enorme huerto, donde varias personas trabajaban con las manos hundidas en la tierra. —Se te asignará un horario. Normalmente una persona trabaja dos días a la semana en el huerto, tú no serás la excepción —informó el alfa. Su mirada era un poco intimidante, me consumía. Sin embargo, no pude evitar sonreír porque ese sería mi primer trabajo y me emocionaba. —¿Qué hay del entrenamiento? ¿Cuándo empezamos? —pregunté, ocultando mi entusiasmo. No sabía cuánto tardaría en aprender, pero la necesidad de aumentar mi poder de omega ardía en mí como un fuego imposible de apagar. ¿Sería capaz algún día de enfrentar a Magnus y derrotarlo? Solo el tiempo tenía la respuesta, y yo estaba dispuesta a luchar por conseguirlo. —Mañana te buscaré —me respondió, sin expresión alguna. —¿Puedo ir con ustedes? —Lilia le hizo ojitos a su hermano. —No, puede ser peligroso. —¿Peligroso? —Fruncí el ceño. —Saldremos del pueblo, por lo que pueden haber enemigos merodeando. —Ash —bufó Lilia, cruzada de brazos. —¡¿T-tendré que pelear?! ¿Tan pronto? Seth me ignoró y abrió la puerta de una cabaña, dándome espacio. —Te quedarás aquí. Tendrás una compañera, su nombre es Maribel, ella podrá prestarte ropa hasta que consigas algo de dinero —informó. —¡Hermano! No seas tan cruel con ella. Eloise no es mala —se quejó la niña. —Estoy siendo imparcial. Ahora, tengo que atender unos asuntos, puedes instalarte y pasaré mañana por ti —resopló. Hice una reverencia. —¡Muchísimas gracias! Haré que no te arrepientas de haber confiado en mí. —Más te vale. —¡Nos vemos, Eloise! —me saludó la pequeña. Le devolví el saludo con una sonrisa y ambos se alejaron, dejándome sola frente a aquella cabaña desconocida. Crucé el umbral con cautela, y lo primero que me recibió fue el aroma cálido del pan recién hecho. Una mujer estaba junto al fogón, cocinando con movimientos tranquilos. —¿Hola? —hablé, al ver que no notó mi presencia. La mujer se sobresaltó y giró el cuerpo. Su cabello negro caía como una sombra sobre sus ojos oscuros, que me observaron con calma. Me dedicó una sonrisa inesperada, y tragué saliva al descubrir que le faltaba un brazo… esa ausencia no apagaba la luz en su mirada. —¡Hola! Tú debes ser Eloise, mi nueva compañera. Ya iba a enloquecer por la soledad —expresó, con una risa nerviosa—. Hace años que no comparto la cabaña con alguien. —Un placer conocerte. ¿Maribel? —¡En persona! —me enseñó el dedo pulgar—. ¿Y bien? ¿Qué planeas hacer en esta manada? —Oh, bueno… es difícil de explicar. No sabía cómo preguntarle por su brazo sin sonar cruel. Mis ojos se desviaban una y otra vez hacia esa ausencia, incapaces de apartarse. Maribel pareció notarlo, y soltó un suspiro lleno de resignación. —Quieres saber qué me pasó, ¿no? —¡Y-yo no! —sacudí ambas manos, nerviosa. —¡Tranquila! Ya me acostumbré a contar esta historia muchas veces. No es algo que me afecte —sonrió—. Siéntate, te serviré un poco de té. Me senté en la silla del comedor con la vergüenza consumiendo cada parte de mi ser. Apoyé las manos sobre la mesa. —Lo siento, no quise incomodar. —Verás, fui torturada hasta perder el brazo por Magnus Valcruz hace cinco años por no querer acostarme con él —soltó, colocando ambas tazas en la mesa. Mis ojos se abrieron con horror. —¡¿Magnus te hizo eso?! —Así es. Creo que muchas personas de esta manada estamos aquí por la misma razón, porque Seth nos salvó de un trágico destino, y porque queremos apoyarlo en su lucha contra Magnus —confesó, apenada. —Lo siento tanto. —No hiciste nada, cariño. La mejor manera de conocer mejor a una persona es sabiendo su historia, ¿no crees? Y tranquila, ya sé que te ibas a casar con él, no te odio ni nada. Habrás tenido tus razones, por eso quiero conocer un poco más de ti —comentó, con una serenidad que me apretó el corazón. Sentí cómo la rabia me quemaba por dentro al comprender lo que Magnus había hecho. ¿Cómo pude enamorarme de él? ¿Cómo llegué a creer en sus palabras dulces, en sus promesas vacías? Mientras yo me aferraba a sus mentiras, había gente que sufría, familias enteras destruidas por su crueldad. Y ahora lo veía con claridad… mi amor por él no había sido más que una cadena disfrazada de esperanza.






