Capítulo 2: Huida

Corrí con todas mis fuerzas, con el corazón galopando dentro de mi pecho.

No quería morir así… y menos por el hombre que amaba. Me dolió tanto echarle una última ojeada a Magnus, rogando porque me llamara y pidiera perdón, pero solo recibí una mirada fría. 

Él de verdad quería verme muerta. Esa amabilidad y cariño que me demostró… ¿todo había sido mentira? ¿Una ilusión? 

—Magnus… —sollocé, sin detenerme. 

Dos soldados intentaron atraparme, pero gracias a mi estatura y agilidad logré esquivarlos con movimientos rápidos. 

—¡Tienen que seguirla y traerme su cabeza! ¡Es una orden! —gritó Magnus, con todas sus fuerzas. 

Mis ojos se abrieron por el horror. 

—¡Sí, alfa! —dijeron al unísono. 

Me metí en el bosque sin mirar atrás, con la luna llena iluminando mi camino. Lo único que estaba presente en mi mente era el no rendirme. Tampoco iba a dejar que esa humillación definiera mi destino.

El vestido blanco se desgarró entre las ramas y la maleza, pero no me detuve.

Mientras corría entre los árboles y era perseguida por más de diez hombres, me tropecé con una rama en medio del bosque, mi cara chocó contra el suelo y una gota de sangre salió de mi nariz. 

Me ardió mucho, pero me levanté para seguir corriendo y no ser atrapada por las bestias. 

—¡Eloise! ¡Regresa aquí! 

Escuché los gritos de los hombres de Magnus. Ellos iban a matarme en cuanto me alcanzaran. 

—Oh, mi diosa —Alcé el mentón—. ¡Te suplico que me ayudes! Necesito transformarme sin problemas, por favor. 

Me costaba mucho transformarme en loba, incluso en las noches de luna llena, pero era la única forma de escapar con rapidez. 

En mi mente, visualicé mi forma de loba y mi cuerpo se quebró, sin tanto dolor. 

No tardé en convertirme en una loba de pelaje negro, estaba temblando por el miedo que azotaba mi cuerpo, pero ahora tenía la fuerza suficiente para correr más rápido.  

Los soldados no se quedaron atrás; uno tras otro se transformaron en lycan, los vi por el rabillo del ojo. 

«¿No van a rendirse?» 

Corrí en cuatro patas hasta que llegué a un acantilado. Me detuve, jadeante, y me asomé en la orilla para comprobar qué tan lejana era la caída. Por desgracia, la oscuridad era tan densa que no podía ver el suelo. 

El vacío parecía infinito. ¿Era una muerte segura? ¿O la única salida que me quedaba?  

Tragué saliva. 

—Aquí estás, pequeña —murmuró un lycan detrás de mí. 

Me di la vuelta y solté un pequeño gemido temeroso en mi forma de loba. 

Tres soldados me habían encontrado... 

¿Y ahora qué? No sabía pelear en esa forma, tampoco tenía mucha fuerza. Era la más débil de toda la manada. 

—¿Qué pasa? ¿No tienes suficiente poder para transformarte en lycan? Qué mal. Así no puedes hablar… —se burló otro. 

—Oye, ¿por qué no aprovechamos que está vulnerable? Hace tiempo que no sé lo que es estar con una mujer —murmuró su compañero. 

—¡Tienes razón! 

Sentí tanto miedo al escuchar cómo planeaban abusar de mí, que volví a mi forma humana y retrocedí. 

—¡No tienen que hacer esto! 

—¿Crees que nos importas? —cuestionó uno. 

Los lycans volvieron a su forma humana, seguro para hacerme cosas horribles. 

—No estás tan mal, aunque Magnus te rechazó delante de todos. Pobrecita. 

Un hombre se acercó y acarició mi rostro, lo único que sentí fue asco. No podía ni verlo a los ojos. El hombre bajó la mano hasta llegar a mi pecho y fue el colmo, lo empujé con todas mis fuerzas. 

No iba a dejar de luchar. 

—¡No me toques! 

Recibí una bofetada que me volteó el rostro. 

Parpadeé. 

—Perra insolente. Puede que Magnus nos aumente el sueldo y el rango si le llevamos tu cabeza, pero antes de eso, nos dejarás disfrutar un poco de tu cuerpo —habló con desprecio. 

Estaba rodeada. No tenía a dónde correr. Detrás de mí había un precipicio sin fondo, por lo que no podía retroceder más. 

—¡No se acerquen, por favor! 

—No dolerá, tranquila. Seremos muy cuidadosos contigo —Usó un tono burlón. 

Justo cuando el hombre extendió la mano para tocarme de nuevo, solté un grito desgarrador que resonó por todo el bosque. 

El eco alertó a una manada de murciélagos que revoloteaban cerca de nosotros. Entonces, de mi cuerpo brotó una onda invisible, poderosa y vibrante. Sentí algo extraño, cálido… ¿Qué era? 

Para mi sorpresa, uno a uno, se vieron obligados a arrodillarse frente a mí.  

—¿Qué demonios? 

Estaba alterada, tenía tantos sentimientos encontrados y el miedo a flor de piel. No sabía qué pasaba, o por qué los hombres no se movían. 

¿Qué había sido eso? ¿Alguien me salvó? ¿O fue la diosa? 

—¡No se detengan! Hay que matarla por órdenes del rey —exigió el hombre. 

El hechizo que los mantuvo paralizados pareció romperse y los tres caminaron hacia mí de nuevo, dispuestos a acabar conmigo sin piedad. 

—¡Aléjense de mí!   

Me abracé a mí misma, no quería que un hombre al que no amaba tocara mi cuerpo. Las lágrimas nublaron mi visión y un sollozo escapó de mi boca. 

Retrocedí con el corazón acelerado, olvidando el precipicio que había detrás. 

Mi cuerpo cedió y el vértigo me invadió en un instante. Sentí cómo el suelo desaparecía bajo mis pies y mi espalda se arqueaba hacia atrás, arrastrándome al vacío. 

El estómago se me encogió, como si alguien lo hubiera presionado con fuerza, y mis brazos se agitaron en busca de un pilar inexistente.  

Abrí los ojos, aterrada. Todo se volvió lento y distorsionado. Los rostros de los soldados y el cielo giraban sobre mí. 

¿Iba a morir por un descuido?  

«Qué tonta. Tanto luchar para nada…» me dije a mí misma. 

—¡Oye, espera!

Un hombre estiró la mano para alcanzarme, pero fue demasiado tarde. 

Sus dedos apenas lograron arrancar un pedazo de mi vestido, sin éxito en detener mi caída. Escuché un pitido sordo en mis oídos, mientras los latidos de mi corazón me retumbaban el pecho. 

Cerré los ojos y la oscuridad me envolvió, dejándome inconsciente.  

 

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