Capítulo 3: Hospitalidad

Abrí los ojos lentamente, me dolía un poco la cabeza y sentía que un elefante pasó por encima de mí. 

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Me levanté desesperada, mirando en todas direcciones con temor. No conocía ese lugar. Las paredes eran de madera, como una cabaña vieja. 

¿Dónde…? 

—¿Esto es el cielo? —pensé que estaba muerta. 

—¡Qué gran imaginación! Pero lamento decepcionarte, no estás en el cielo —soltó una voz chillona. 

Una niña de cabello blanco como la nieve y ojos amarillos estaba sentada cerca de mí, con una sonrisa de oreja a oreja, mientras movía sus pies, que no tocaban el suelo. 

—¿Q-quién eres? —pregunté, confundida.

Era muy linda. 

No recordaba haber visto a esa niña en la manada StoneMoon. 

La pequeña estiró su mano hacia mí con emoción. 

—¡Un gusto conocerte! Soy Lilia Lunaris. Mi hermano te rescató en el río anoche —comentó, sin borrar la sonrisa—. Le dijo a todos que te caíste del precipicio más alto de este bosque. ¿Te sientes bien? Una caída como esa… es muy peligrosa. Creo que es un milagro que hayas sobrevivido. 

—Ah… —balbuceó—. Me caí. Yo de verdad creí que iba a morir. 

—¡Por eso digo! Fue todo un milagro. 

Llevé una mano a mi cabeza y noté una tela áspera. Tenía puesto una venda alrededor. 

—¿Me golpeé la cabeza? —pregunté, luego parpadeé con desconcierto. 

—No te preocupes, el golpe no es grave. Me sorprende que estés en una sola pieza después de haber caído de tal altura —Una voz masculina se coló en la habitación. 

Miré hacia la puerta. Un hombre alto y atractivo entró. Su cabello blanco brillaba bajo la luz de la habitación, y sus ojos amarillos parecían penetrar cada parte de mi ser, era un poco intimidante. 

Se parecía mucho a Lilia, ¿eran familia? 

Él se acercó con calma, llevando una bandeja de comida en las manos. Bajé la mirada y detallé los panqueques dorados y la manzana que reposaba sobre el metal. 

Mi estómago me traicionó al rugir con fuerza y el calor subió a mis mejillas. 

¿Por qué justo ahora? 

—¡Debes tener mucha hambre! Estuviste durmiendo todo un día —comentó Lilia, con las cejas hundidas—. Puedes comer todo lo que quieras. Mi hermano no se enojará por eso. 

—Lo siento, no quiero molestar. 

Intenté levantarme de la cama para marcharme, porque sentía que estaba siendo una carga para ellos. No pude dar ni un paso porque el hombre me detuvo al colocar una mano frente a mí en forma de pared. 

—No puedes levantarte, tus heridas tienen que sanar —me regañó, con las cejas inclinadas. 

—¡Me siento bastante bien! No quiero ser una molestia, seguramente les cuesta conseguir comida… —respondió, apenada—. No sé ni dónde estoy.  

—¡Así dijo mi tío! Que estaba en perfectas condiciones después de una dura pelea. Y terminó muriendo a los dos días… —Lilia se entristeció al recordar la historia. 

—Lo lamento… 

—¡Lilia! 

—¡Ah, me están llamando! Seguro es Alaric —bufó Lilia, levantándose de su silla—. ¡Nos vemos luego! Espera, todavía no me has dicho tu nombre. ¿Cómo te llamas? 

Lilia me miró con expectativa. 

—Eloise —respondí, en voz baja. 

—¡Nos vemos, Eloise! —saludó con entusiasmo. 

El peliblanco me entregó la bandeja de comida, y fue entonces cuando me di cuenta de que ya no llevaba el vestido de novia. 

Alguien me había cambiado por ropa sencilla y cómoda. El calor subió de nuevo a mis mejillas al imaginar que ese hombre había sido el responsable. 

Una niña tan pequeña como Lilia jamás podría hacerlo sola.  

La vergüenza invadió todo mi cuerpo, mezclada con una sensación de vulnerabilidad que me incomodó. 

  

—Eh, yo… —titubeé, sin saber cómo decirlo—. ¿Y mi vestido? ¿Quién lo hizo? No pudiste haberme cambiado sin mi consentimiento, ¿o sí? —señalé mi cuerpo. 

Él alzó una ceja, incrédulo. 

—No te preocupes, hay mujeres en esta manada. Ellas fueron las que te cambiaron de ropa. Te recuerdo que caíste al río, y bueno, ese vestido roto estaba muy mojado —explicó, cruzado de brazos—. Los resfriados son comunes en esta época del año.

—Manada… —repitió—. ¿Quiénes son ustedes? 

Él sonrió con diversión. 

—Bienvenida a la manada RedMoon —hizo una reverencia. 

Mis ojos se abrieron como platos. Jamás creí que llegaría a conocer a ese clan. Los RedMoon eran la única manada que se negaba a seguir las órdenes de Magnus.  

Un clan conocido por ser rebeldes, orgullosos, y porque se mantenían por mano propia, sin aceptar los beneficios ni las cadenas que el rey del bosque les  imponía a todos.

Nunca entregaban tributos, nunca se doblegaban, y mucho menos perdían la batalla, ya que Seth era el único alfa capaz de mirarlo de frente sin inclinar la cabeza, y el único que podía desafiarlo en términos de poder.  

O bueno, eso decían los rumores… 

—¿Eres Seth? Tiene que ser una broma —solté, sorprendida. 

—En carne y hueso —se presentó—. Veo que mis historias llegan lejos. ¿Pero por qué piensas que es una broma? ¿Te molesta saber que estás en nuestra manada? 

—¡Para nada! Es solo que… —Jugué con los dedos, nerviosa—. He escuchado mucho acerca de esta manada. La verdad es que los envidio un poco. No le tienen miedo a nada y hacen lo que quieren. 

—¿Mmh? ¿Debería tomarme eso como un cumplido? 

—¡En todo caso! Muchísimas gracias por haberme salvado, en serio —solté, con gratitud. No sabía cómo inclinarme estando en la cama—. No sé cómo agradecerte. Sin ti, estaría muerta ahora mismo… 

Seth agarró una silla y se sentó frente a mí con relajo. 

—Primero podrías contarme por qué llevabas puesto un vestido de novia al caer de ese precipicio —pidió, clavándole la mirada—. ¿Huiste de tu boda? ¿Tu prometido te engañó? 

Los ojos amarillos de Seth provocaron un extraño hormigueo en mí. No sabía si sentirme intimidada, o acosada. Bajé la cabeza al recordar todo lo que pasó con Magnus y un nudo se formó en mi garganta.  

Antes de contarle ese detalle, tenía que preguntarle por mi familia. 

—¿Sabes cómo contactar con la manada HollowPine? —inquirí, preocupada. 

—¿HollowPine? ¿Perteneces a esa manada? —Frunció el ceño, como si fuera imposible—. Tienes que estar bromeando. 

—La verdad es que no he sabido nada de mi manada desde hace meses… —confesé, apenada—. Me encantaría ver a mi madre de nuevo. 

A Seth se le borró la sonrisa. 

—¿Y en dónde se supone que estabas?  —preguntó—. ¿No sabes lo que les pasó? 

—¿Cómo? ¿Les pasó algo?  

—Todo el bosque lo sabe, me sorprende que tú no —resopló Seth—. La manada HollowPine fue aniquilada por el rey del bosque, Magnus Valcruz. Se apoderó de sus recursos y convirtió su territorio en una extensión de su propia manada. Los HollowPine… murieron todos.  

Mi mente se quedó en blanco y sus palabras me atravesaron como un cuchillo. La manada HollowPine… Mi familia, mi madre... ¿Muertos? 

El aire se volvió pesado e imposible de respirar. Sentí que el mundo se me derrumbaba. Las lágrimas empezaron a salir sin permiso. 

—¿Aniquilados…? —balbuceé. 

Ni siquiera vi qué expresión tenía Seth. 

¿Cómo podía ser cierto? Yo creí que ella seguía viva y que esperaba mi regreso. El dolor me golpeó con fuerza, desgarrando cada fibra de mi ser. 

Mis manos temblaron, mi pecho ardió, y una parte de mí deseaba gritar hasta romperme la garganta, pero no salió ningún sonido, más que un leve sollozo. 

  

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