Mundo ficciónIniciar sesiónA los veinticinco años, Clarisse Morrison ya había aceptado su destino: era una solterona. Mientras sus hermanas menores debutaban con ilusión en los salones de Londres, ella se conformaba con ser la sombra inteligente que observaba desde los rincones, armada con un libro y un desprecio absoluto por la aristocracia. No buscaba un marido y, ciertamente, no deseaba problemas. Pero los problemas la encontraron a ella bajo la figura de Mason Campbell, el peligroso y magnético Duque de Cambridge. Tras un incidente desastroso en la pista de baile que culminó en una bofetada pública, Clarisse cometió el pecado social más grande de la temporada: humillar al hombre más influyente de Inglaterra. Mason, acostumbrado a que las mujeres cayeran rendidas a sus pies, quedó fascinado por la resistencia gélida de la "solterona" Morrison. El castigo del Duque fue simple, pero letal: un cortejo forzado. Él poseía el poder para salvar la fortuna de los Morrison o para hundirlos en la miseria absoluta. Clarisse se vio obligada a aceptar un juego de seducción donde cada caricia era un desafío y cada palabra, una batalla de voluntades. Sin embargo, entre bailes obligatorios y secretos familiares que amenazaban con salir a la luz, Clarisse descubrió que Mason no quería solo una disculpa... quería domar el fuego que ella había mantenido oculto bajo su piel. En aquella danza de poder y deseo, ¿podría una mujer que ya se creía olvidada resistirse al hombre que estaba dispuesto a quemar Londres entero con tal de poseerla?
Leer más—¿Y por qué he de acicalarme tanto, madre? —se quejó Clarisse, mientras sentía cómo el aire abandonaba sus pulmones.
La doncella personal de la joven, tiró con una fuerza implacable del cordón del corsé. El crujido de las ballenas contra la seda de su camisola parecía el grito de su propia resistencia interna. Clarisse se aferró a los postes de la cama, sintiendo que su cintura se reducía a dimensiones antinaturales.
—No soy yo quien debuta, son mis hermanas —prosiguió con voz entrecortada—. Mi mercado ya cerró hace un par de temporadas, si es que alguna vez estuvo abierto para alguien con mi temperamento.
—Todas mis hijas son bellas, y por esa razón tú también debes estar a la altura, mi amor —expresó la Condesa de Downton Village con una calma que a Clarisse siempre le resultaba exasperante.
La Condesa recorrió la habitación con paso grácil, revisando que las cintas, los encajes y las joyas estuvieran en perfecto orden. Se detuvo frente a su primogénita y le acarició la mejilla con una mezcla de orgullo y preocupación. Clarisse era diferente; tenía una mirada demasiado inteligente para su propio bien y una boca que no conocía el filtro de la sumisión.
—No necesito ser hermosa cuando no tengo intención alguna de casarme, madre —sentenció la joven, mirando su reflejo en el espejo de cuerpo entero—. Ya Kristen y Viviane están en edad de ser exhibidas. Yo… bueno, prefiero ser el fantasma que observa desde las sombras.
El jadeo colectivo de las doncellas resonó en la alcoba. La Condesa cerró los ojos y suspiró profundamente. La rebeldía de Clarisse era un secreto a voces en la familia. Si bien no le habían faltado pretendientes atraídos por su dote y su linaje, ella misma se había encargado de ahuyentarlos. Usaba su intelecto como un escudo y su carácter autoritario como una espada, dejando a los caballeros de Londres sintiéndose pequeños y ridículamente aburridos.
—Termina de arreglarte, por favor —zanjó su madre, dando media vuelta hacia la puerta—. Hay personas ahí fuera que esperan por nosotros. La dignidad de los Morrison no se negocia, ni siquiera por tus ansias de libertad.
Clarisse hizo una señal a la doncella para que continuara. Mientras el vestido de satén azul medianoche caía sobre sus hombros, ella se juró que, aunque su cuerpo estuviera prisionero en aquel corsé, su voluntad permanecería intacta.
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Fuera, en el Gran Salón de la Mansión Downton Village, el espectáculo era abrumador. El aroma a cera de abejas, perfumes caros y el dulzor del champagne saturaban el aire. Cientos de velas en las arañas de cristal proyectaban una luz dorada sobre la élite de Londres, que se movía con soltura y elegancia al andar.
—Es un verdadero placer para mí que estén todos reunidos este día —proclamó Lord Morrison desde el estrado, con una voz que proyectaba una seguridad que Clarisse sabía que flaqueaba en la intimidad—. Mis dos hijas menores, inician hoy su camino en sociedad.
La ovación fue inmediata. Copas de cristal fino se elevaron en el aire, reflejando el destello de los diamantes. Lord Morrison hizo una reverencia hacia un caballero de la realeza y luego señaló hacia la gran escalinata.
—Con ustedes… las joyas de mi corona.
Dos ninfas vestidas de blanco puro descendieron. Kristen, con su alegría contagiosa, y Viviane, con una timidez que los caballeros encontraban encantadora. Cada una tomó la mano de su chambelán, y la orquesta comenzó los primeros compases de un vals.
Sin embargo, la armonía se rompió antes de que el primer paso de baile se completara. El anuncio del portero retumbó con una autoridad que hizo que la música pareciera desvanecerse:
—¡Lord Mason Campbell, Duque de Cambridge, y su tía, la excelentísima Duquesa!
Un silencio, cargado de expectación y turbación, se apoderó del salón. Mason Campbell no entró; él tomó posesión del espacio. Su figura, envuelta en un traje de etiqueta negro que contrastaba con la palidez de los vestidos femeninos, era imponente. Su caminar era el de un depredador que sabía que no había nadie en la sala capaz de desafiarlo.
Más de una dama sintió que su abanico perdía utilidad ante el calor instantáneo que provocaba la presencia del Duque. Era guapo, sí, pero con una belleza peligrosa, una que hablaba de noches escandalosas y una desfachatez que la moral de la época apenas podía tolerar.
—¡Bienvenido, Milord! —exclamó Lord Morrison, acudiendo a su encuentro con una premura que a Clarisse le resultó patética—. Sepa que su visita para nosotros es el mayor de los honores…
—Ya deja de hablar, Baltashar —lo interrumpió Mason, extendiendo una mano para detener el flujo de palabras—. ¿No ves que le opacas la noche a estas bellezas? —Señaló con un gesto indolente a las debutantes, pero sus ojos no estaban en ellas.
Mason recorrió la estancia con su mirada azul como el cobalto que parecía desnudar las intenciones de todos. Y entonces, la encontró.
En un rincón, lejos del bullicio, Clarisse lo observaba. No había adoración en su rostro, ni la timidez fingida que él estaba acostumbrado a recibir. Solo había indiferencia y una curiosidad que ella intentaba ocultar tras una máscara de desprecio ante tal impresión. Mason sintió que su sangre, antes espesa por el aburrimiento, comenzaba a hervir.
—Milady, bienvenida a mi casa —dijo la Condesa, acercándose a la Duquesa de Cambridge para romper la tensión.
Ambas mujeres intercambiaron reverencias y cortesías, pero Mason ya no escuchaba. Se movió con la soltura de un felino hacia donde Clarisse se encontraba. Le sonrió de esa forma descarada con la que había ganado tantos enemigos y tantas amantes. Ella simplemente arqueó una ceja mirándolo de arriba a abajo, cuestionando su atrevimiento sin pronunciar una sola palabra.
—¡Mason, querido! —la voz de su tía lo alcanzó como un látigo—. Ven para que me hagas compañía. Ahora.
Él maldijo internamente. Aquella mujer era la única capaz de ponerle una correa, y tras el escándalo de su última aventura en los clubes de juego, no tenía más opción que obedecer para asegurar su lugar en el testamento.
—Excelencia —respondió Mason al llegar junto a la Duquesa, ocultando su fastidio tras una sonrisa perfectamente ensayada—. Pensé haber visto a un viejo conocido entre la multitud.
—No quiero que te alejes, Mason —le susurró la mujer con una dureza que no admitía réplica—. Estoy harta de limpiar tus desastres. Busca una mujer en este lugar y comprométete de una vez.
—En este lugar no hay una mujer que me agrade, todas son muy jóvenes.
—¡Claro que sí! O son muy jóvenes, también son altas muy delgadas muy negras o blancas —apretó la mandíbula ante el regano.
—Estas siendo muy dura conmigo y hieres mis sentimientos —la sonrisa que le dedicó haría derribar una muralla y la anciana ni siquiera movió un musculo de la cara acostumbrada a sus desfachateces.
—Escúchame bien Mason Campbel —él levantó el mentón ante la mujer que lo tenía chantajeado con la herencia —. Si en seis meses no has elegido una esposa digna que ponga orden a tu vida, olvídate de tu fortuna. Te dejaré con el título, pero sin un solo penique para mantenerlo.
Mason se tensó. Seis meses. Era un plazo ridículo para un hombre que valoraba su soltería por encima de todo. Miró de nuevo hacia donde Clarisse acababa de girarse para ignorarlo por completo. Una chispa de ambición oscura se encendió en su ser.
—¿Seis meses, tía? —preguntó Mason con voz ronca—. Creo que me tomará mucho menos tiempo encontrar lo que busco.
La Duquesa sonrió, satisfecha de haberle dado el empujón necesario, sin saber que el objetivo de su sobrino no era un matrimonio normal, sino el inicio de la ignición que solo la mujer que había llamado su atención podía provocar.
Dentro del despacho, lord Morrison miró fijamente a Clarisse y esta sintió como la aflicción se apoderaba de su cuerpo, el miedo amenazó con quebrarla por completo. Su padre sostenía la copa en la mano sin probarla, mientras ella ya se servía la cuarta cuando unos toques secos y autoritarios resonaron en la puerta.Clarisse saltó de la silla, tambaleándose ligeramente por el efecto del alcohol. Empinó el cuarto trago justo en el momento en que, el mayordomo, aparecía con el rostro pálido.—La Duquesa de Cambridge y su sobrino, el Duque —anunció el hombre con voz temblorosa.—Espero que se haya dado cuenta del error que ha cometido, Lady Morrison —expresó la Duquesa, entrando como una ráfaga de viento helado, directa y sin protocolos.Clarisse levantó el mentón. El brandi bullía en sus venas, dándole una valentía peligrosa. Dio un paso al frente, ignorando la mirada de advertencia de su padre.—Me disculpo, Excelencia, pero él... —Señaló al Duque con un dedo acusador, olvidando toda et
Lady Clarisse corrió desesperada por los pasillos laterales de la mansión, sintiendo un dolor profundo y punzante en el pecho que la obligó a detenerse cerca de la escalinata trasera. No solo le había faltado el respeto al hombre más poderoso del salón, sino que, en una reacción instintiva y visceral, lo había golpeado.¡Había abofeteado a un Duque en medio de un baile real!—Pero él mismo se lo ha buscado. Él… él tuvo la culpa por su atrevimiento —se susurró a sí misma, tratando de convencer a su conciencia mientras sus manos temblaban violentamente.El sudor frío la invadió de tal manera que se vio obligada a despojarse de sus guantes de seda, sintiéndolos como una piel muerta que la asfixiaba. La angustia la golpeó de nuevo al pensar en sus hermanas.—No solo eso, sino que les he arruinado la noche a Kristen y Viviane. ¡Soy la peor hermana del mundo! —exclamó con los ojos vidriosos, dejando que la primera lágrima de frustración escapara.Clarisse sabía que el momento bochornoso no
Kristen Morrison resultó ser no solo una excelente bailarina, sino también una compañía sumamente entretenida. Mason reconoció que, en cualquier otra circunstancia, habría disfrutado de su ligereza, sin embargo, en ese momento no lograba sentir aquel calor abrasador que envolvía su cuerpo cada vez que Clarisse le dedicaba una mirada, aunque esta fuera de absoluta aversión.Viviane, por su parte, se mostró más tímida y voluble cuando le tocó su turno. El Duque comprendió rápidamente que ambas jovencitas habían sido moldeadas bajo el rígido y a veces hiriente estatus de la alta sociedad londinense. Ambas poseían una belleza clásica, esa clase de perfección que cualquier hombre en su sano juicio apreciaría, pero Mason Campbell no buscaba un adorno. Él quería el premio mayor. La primogénita de los Morrison se había convertido en su único objetivo, el desafío que necesitaba tomar ante la urgencia que crecía en su pecho de doblegarla, de verla perder la compostura y tenerla entre sus brazos
—¿Viste qué guapo es? —mencionó la menor de los Morrison, mientras seguía con la mirada el imponente caminar de Mason Campbell por el salón—. Es un sueño de hombre y más con ese título. Quiero casarme con él.Kristen suspiró con los ojos cerrados, perdiéndose por un instante en la fantasía de un cuento de hadas que apenas comenzaba para ella. Su entusiasmo era el de una niña que acababa de descubrir el fuego, sin saber que podía quemarse.—¿Sería muy impetuoso si le pido que me conceda una pieza? —preguntó en voz alta, sin percatarse de que su hermana mayor la escuchaba con una mezcla de ternura y marcado sarcasmo.—Temo que eso sería una vergüenza para la familia, mi querida Kristen —respondió Clarisse, esbozando una sonrisa cómplice ante el arrebato de su hermana menor—. Sin embargo, si te atreves, yo misma te cubriría ante nuestros padres.Le hizo un guiño pícaro, mordiéndose el labio inferior para contener la risa. Ver la ilusión en los ojos de Kristen le recordaba que, aunque ell
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