Capítulo 2

—¿Viste qué guapo es? —mencionó la menor de los Morrison, mientras seguía con la mirada el imponente caminar de Mason Campbell por el salón—. Es un sueño de hombre y más con ese título. Quiero casarme con él.

Kristen suspiró con los ojos cerrados, perdiéndose por un instante en la fantasía de un cuento de hadas que apenas comenzaba para ella. Su entusiasmo era el de una niña que acababa de descubrir el fuego, sin saber que podía quemarse.

—¿Sería muy impetuoso si le pido que me conceda una pieza? —preguntó en voz alta, sin percatarse de que su hermana mayor la escuchaba con una mezcla de ternura y marcado sarcasmo.

—Temo que eso sería una vergüenza para la familia, mi querida Kristen —respondió Clarisse, esbozando una sonrisa cómplice ante el arrebato de su hermana menor—. Sin embargo, si te atreves, yo misma te cubriría ante nuestros padres.

Le hizo un guiño pícaro, mordiéndose el labio inferior para contener la risa. Ver la ilusión en los ojos de Kristen le recordaba que, aunque ella misma despreciaba las reglas de la sociedad, sus hermanas aún creían en la magia de los bailes de debutantes.

—¡Clarisse! —reclamó Viviane, la mediana de las hermanas, completamente ruborizada por la sugerencia—. ¿En serio serías capaz de encubrir semejante locura?

Las tres rieron por la travesura imaginaria, formando un pequeño círculo de calidez en medio de la fría etiqueta del salón. Clarisse se encogió de hombros, sintiendo el peso de su elaborado vestido, pero sobre todo el peso de la responsabilidad que sentía hacia ellas.

—Haría cualquier cosa para que fueran felices, mi amada Viviane —dijo con sinceridad, y sus ojos se suavizaron por un breve segundo—. Menos permitir que se casen con un hombre que no les agrade por el simple hecho de cumplir con una norma social.

Mientras las hermanas continuaban en un cuchicheo animado junto a sus amigas, Clarisse sintió una punzada de incomodidad. Ella sabía perfectamente que no encajaba en el molde de mujer sumisa que Londres exigía. La idea de servir a un hombre, de someterse a sus caprichos o a su autoridad, le producía un rechazo físico casi insoportable. Ella era un alma libre; cualquier hombre que la deseara para el matrimonio tendría que entender que ella no sería un trofeo de caza, sino una igual.

Desde el otro extremo del salón, unos profundos ojos cobalto observaron la escena con un hambre que nada tenía que ver con la cortesía aristocrática. El Duque de Cambridge detalló a cada una de las damas presentes, pero sus ojos regresaron, como si estuvieran magnetizados, a la mayor de las Morrison. Le pareció la mujer más bella e imponente del baile, precisamente porque era la única que parecía encontrar todo el evento profundamente ridículo.

Mason apuró el último trago de su whisky, sintiendo cómo el líquido le quemaba la garganta. El alcohol no era suficiente para calmar la inquietud que le provocaba esa mujer. Agradeció a su tía con una sonrisa ensayada que no llegaba a sus ojos y se puso en pie. Sus movimientos fueron los de un felino: elegantes, calculados y cargados de una amenaza latente. Hizo una reverencia mínima a la Duquesa y comenzó a cruzar el salón, abriéndose paso entre la multitud que se apartaba a su paso como si fuera el mismo mar Rojo.

A medida que se acercaba al grupo de las Morrison, Mason notó algo que lo desconcertó: sus manos sudaban ligeramente. Una angustia desconocida golpeó su pecho con la fuerza de un tambor de guerra. Él, que se jactaba de haber tenido a las mujeres más deseadas de Europa a sus pies, se sintió de repente como un principiante bajo la mirada avellanada de Clarisse.

—Miladys… —Su voz, profunda y cargada de una sensualidad que parecía fuera de lugar en un evento tan formal, interrumpió la charla de las jóvenes.

Todas giraron el rostro hacia él. Mason les dedicó una mirada predestinada a causar desmayos, acompañada de una sonrisa de puro descaro.

—Me disculpo por importunarlas en tan interesante reunión —continuó, mientras aspiraba el aire con discreción. El perfume de Clarisse, una mezcla de flores silvestres y algo mucho más intenso y terrenal, lo embriagó al instante—. Pero me gustaría que cada una de ustedes, bellas damas, me concediera una pieza de baile.

Aunque sus palabras se dirigieron al grupo, su mirada se clavó en Clarisse con una intensidad que hizo que las otras hermanas contuvieran el aliento. Sus ojos azules no dejaron lugar a dudas: su verdadero interés no estaba en las debutantes, sino en el desafío que tenía enfrente. Las hermanas menores soltaron risitas nerviosas, sintiéndose halagadas por la presencia del Duque.

Clarisse, en cambio, no mostró el más mínimo rastro de impresión. Mantuvo su atención puesta en su abanico, recorriendo con el dedo los intrincados bordados de oro. El silencio se prolongó un segundo más de lo socialmente aceptable, creando una burbuja de tensión que todos a su alrededor pudieron sentir. Mason se aclaró la garganta, experimentando por primera vez el aguijón de la indiferencia femenina.

—Y podría decirnos, Excelencia, ¿con quién desea bailar primero? —preguntó Kristen. La ansiedad en su voz era evidente, lo que provocó que Clarisse levantara una ceja en señal de reproche.

—Podríamos comenzar con usted —respondió Mason, aunque sus ojos no se desviaron de la primogénita ni un milímetro—, si su hermana no se opone, por supuesto. No deseo ser malinterpretado… me refiero a una cuestión de jerarquías.

Clarisse cuadró los hombros, sintiendo que la sangre le hervía. Ese comentario sobre la jerarquía fue el detonante que necesitaba para atacar directamente al orgullo del hombre que consideraba un soberbio insoportable.

—Siéntase libre de bailar con mis hermanas, Excelencia —dijo ella con una voz clara y fría que atrajo las miradas de varios curiosos—. Porque yo, particularmente, tengo dos pies izquierdos. De ninguna manera haría pasar a Su Excelencia por el calvario de aguantar mis pisotones.

Se escucharon varios jadeos contenidos entre los invitados que alcanzaron a oír la respuesta. Ella sonrió con satisfacción ante la mirada del Duque, que se estrechó como si estuviera evaluando a un adversario en un duelo a muerte.

—Además —continuó Clarisse, con una naturalidad que rayaba en la insolencia más pura—, las agasajadas hoy son mis hermanas. No me parece apropiado que yo, una casi solterona, se permita el primer baile mientras ellas esperan. ¿Si me permiten?

Sin esperar una respuesta formal, Clarisse hizo un ademán de despedida que cortó el aire. Mason, picado en su amor propio pero fascinado por el desplante, hizo una reverencia instantánea. No tuvo más remedio que tomar la mano de la hermana menor y salir a la pista, aunque se sentía como si lo hubieran derrotado en su propio juego.

Mientras guiaba a Kristen en un baile cortés, la mente de Mason no estuvo en los pasos de la danza ni en la joven que lo miraba con adoración ciega. Sus ojos siguieron a Clarisse, quien ahora se alejaba con una altivez que le resultaba tan irritante como excitante. Se sintió maravillosamente insultado. Al fin había encontrado a una mujer cuyos cimientos no se tambaleaban ante su presencia.

La diferencia entre cualquier otro hombre y el Duque de Cambridge era que Mason amaba la conquista difícil. No se daría por vencido hasta obtener una disculpa de esos labios altaneros. Ella no era solo una mujer; era un desafío personal, una fortaleza que pensaba asediar hasta que las puertas cedieran.

«Ella es un desafío para mí», pensó mientras sonreía de forma mecánica a la pequeña Kristen, «y la providencia sabe que amo fervientemente los retos que otros consideran imposibles».

Mason supo en ese momento que la velada acababa de volverse interesante. Ella creía que había ganado este asalto, pero él acababa de descubrir que la cacería sería mucho más emocionante de lo que jamás se había atrevido a soñar.

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