La Prometida Rebelde del Duque de Cambridge
La Prometida Rebelde del Duque de Cambridge
Por: Diamante Blanco
Capítulo 1

—¿Y por qué he de acicalarme tanto, madre? —se quejó Clarisse, mientras sentía cómo el aire abandonaba sus pulmones.

La doncella personal de la joven, tiró con una fuerza implacable del cordón del corsé. El crujido de las ballenas contra la seda de su camisola parecía el grito de su propia resistencia interna. Clarisse se aferró a los postes de la cama, sintiendo que su cintura se reducía a dimensiones antinaturales.

—No soy yo quien debuta, son mis hermanas —prosiguió con voz entrecortada—. Mi mercado ya cerró hace un par de temporadas, si es que alguna vez estuvo abierto para alguien con mi temperamento.

—Todas mis hijas son bellas, y por esa razón tú también debes estar a la altura, mi amor —expresó la Condesa de Downton Village con una calma que a Clarisse siempre le resultaba exasperante.

La Condesa recorrió la habitación con paso grácil, revisando que las cintas, los encajes y las joyas estuvieran en perfecto orden. Se detuvo frente a su primogénita y le acarició la mejilla con una mezcla de orgullo y preocupación. Clarisse era diferente; tenía una mirada demasiado inteligente para su propio bien y una boca que no conocía el filtro de la sumisión.

—No necesito ser hermosa cuando no tengo intención alguna de casarme, madre —sentenció la joven, mirando su reflejo en el espejo de cuerpo entero—. Ya Kristen y Viviane están en edad de ser exhibidas. Yo… bueno, prefiero ser el fantasma que observa desde las sombras.

El jadeo colectivo de las doncellas resonó en la alcoba. La Condesa cerró los ojos y suspiró profundamente. La rebeldía de Clarisse era un secreto a voces en la familia. Si bien no le habían faltado pretendientes atraídos por su dote y su linaje, ella misma se había encargado de ahuyentarlos. Usaba su intelecto como un escudo y su carácter autoritario como una espada, dejando a los caballeros de Londres sintiéndose pequeños y ridículamente aburridos.

—Termina de arreglarte, por favor —zanjó su madre, dando media vuelta hacia la puerta—. Hay personas ahí fuera que esperan por nosotros. La dignidad de los Morrison no se negocia, ni siquiera por tus ansias de libertad.

Clarisse hizo una señal a la doncella para que continuara. Mientras el vestido de satén azul medianoche caía sobre sus hombros, ella se juró que, aunque su cuerpo estuviera prisionero en aquel corsé, su voluntad permanecería intacta.

                                                           — ♛ ⚖️ ♛ —

Fuera, en el Gran Salón de la Mansión Downton Village, el espectáculo era abrumador. El aroma a cera de abejas, perfumes caros y el dulzor del champagne saturaban el aire. Cientos de velas en las arañas de cristal proyectaban una luz dorada sobre la élite de Londres, que se movía con soltura y elegancia al andar.

—Es un verdadero placer para mí que estén todos reunidos este día —proclamó Lord Morrison desde el estrado, con una voz que proyectaba una seguridad que Clarisse sabía que flaqueaba en la intimidad—. Mis dos hijas menores, inician hoy su camino en sociedad.

La ovación fue inmediata. Copas de cristal fino se elevaron en el aire, reflejando el destello de los diamantes. Lord Morrison hizo una reverencia hacia un caballero de la realeza y luego señaló hacia la gran escalinata.

—Con ustedes… las joyas de mi corona.

Dos ninfas vestidas de blanco puro descendieron. Kristen, con su alegría contagiosa, y Viviane, con una timidez que los caballeros encontraban encantadora. Cada una tomó la mano de su chambelán, y la orquesta comenzó los primeros compases de un vals.

Sin embargo, la armonía se rompió antes de que el primer paso de baile se completara. El anuncio del portero retumbó con una autoridad que hizo que la música pareciera desvanecerse:

—¡Lord Mason Campbell, Duque de Cambridge, y su tía, la excelentísima Duquesa!

Un silencio, cargado de expectación y turbación, se apoderó del salón. Mason Campbell no entró; él tomó posesión del espacio. Su figura, envuelta en un traje de etiqueta negro que contrastaba con la palidez de los vestidos femeninos, era imponente. Su caminar era el de un depredador que sabía que no había nadie en la sala capaz de desafiarlo.

Más de una dama sintió que su abanico perdía utilidad ante el calor instantáneo que provocaba la presencia del Duque. Era guapo, sí, pero con una belleza peligrosa, una que hablaba de noches escandalosas y una desfachatez que la moral de la época apenas podía tolerar.

—¡Bienvenido, Milord! —exclamó Lord Morrison, acudiendo a su encuentro con una premura que a Clarisse le resultó patética—. Sepa que su visita para nosotros es el mayor de los honores…

—Ya deja de hablar, Baltashar —lo interrumpió Mason, extendiendo una mano para detener el flujo de palabras—. ¿No ves que le opacas la noche a estas bellezas? —Señaló con un gesto indolente a las debutantes, pero sus ojos no estaban en ellas.

Mason recorrió la estancia con su mirada azul como el cobalto que parecía desnudar las intenciones de todos. Y entonces, la encontró.

En un rincón, lejos del bullicio, Clarisse lo observaba. No había adoración en su rostro, ni la timidez fingida que él estaba acostumbrado a recibir. Solo había indiferencia y una curiosidad que ella intentaba ocultar tras una máscara de desprecio ante tal impresión. Mason sintió que su sangre, antes espesa por el aburrimiento, comenzaba a hervir.

—Milady, bienvenida a mi casa —dijo la Condesa, acercándose a la Duquesa de Cambridge para romper la tensión.

Ambas mujeres intercambiaron reverencias y cortesías, pero Mason ya no escuchaba. Se movió con la soltura de un felino hacia donde Clarisse se encontraba. Le sonrió de esa forma descarada con la que había ganado tantos enemigos y tantas amantes. Ella simplemente arqueó una ceja mirándolo de arriba a abajo, cuestionando su atrevimiento sin pronunciar una sola palabra.

—¡Mason, querido! —la voz de su tía lo alcanzó como un látigo—. Ven para que me hagas compañía. Ahora.

Él maldijo internamente. Aquella mujer era la única capaz de ponerle una correa, y tras el escándalo de su última aventura en los clubes de juego, no tenía más opción que obedecer para asegurar su lugar en el testamento.

—Excelencia —respondió Mason al llegar junto a la Duquesa, ocultando su fastidio tras una sonrisa perfectamente ensayada—. Pensé haber visto a un viejo conocido entre la multitud.

—No quiero que te alejes, Mason —le susurró la mujer con una dureza que no admitía réplica—. Estoy harta de limpiar tus desastres. Busca una mujer en este lugar y comprométete de una vez.

—En este lugar no hay una mujer que me agrade, todas son muy jóvenes.

—¡Claro que sí! O son muy jóvenes, también son altas muy delgadas muy negras o blancas —apretó la mandíbula ante el regano.

—Estas siendo muy dura conmigo y hieres mis sentimientos —la sonrisa que le dedicó haría derribar una muralla y la anciana ni siquiera movió un musculo de la cara acostumbrada a sus desfachateces.  

—Escúchame bien Mason Campbel —él levantó el mentón ante la mujer que lo tenía chantajeado con la herencia —. Si en seis meses no has elegido una esposa digna que ponga orden a tu vida, olvídate de tu fortuna. Te dejaré con el título, pero sin un solo penique para mantenerlo.

Mason se tensó. Seis meses. Era un plazo ridículo para un hombre que valoraba su soltería por encima de todo. Miró de nuevo hacia donde Clarisse acababa de girarse para ignorarlo por completo. Una chispa de ambición oscura se encendió en su ser.

—¿Seis meses, tía? —preguntó Mason con voz ronca—. Creo que me tomará mucho menos tiempo encontrar lo que busco.

La Duquesa sonrió, satisfecha de haberle dado el empujón necesario, sin saber que el objetivo de su sobrino no era un matrimonio normal, sino el inicio de la ignición que solo la mujer que había llamado su atención podía provocar.

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