La Marca de Nox

La Marca de NoxES

Romance
Última actualización: 2026-02-10
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Resumen
Índice

Kaia ha huido durante tres años. Como Sifón, su capacidad para absorber magia la ha convertido en el objetivo de las Trece Llamas. Cuando finalmente la acorralan, un príncipe demonio le ofrece la única salida posible: un pacto de sangre que la vinculará a él para siempre. Lo que comienza como un acuerdo de supervivencia se transforma en una obsesión mutua que desafía las reglas de ambos mundos. Él es letal, posesivo y peligrosamente adictivo. Ella es más fuerte de lo que aparenta, desafiante y completamente incapaz de someterse. En un mundo donde el amor puede ser el arma más peligrosa, elegir a quién amar puede costarlo todo. Un romantasy oscuro con un demonio obsesivo, una heroína con un poder devastador y un vínculo que ninguno de los dos puede romper… aunque lo intenten.

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Capítulo 1

Capítulo 1

Narra Kaia

La persecución había durado demasiado.

Salté de un tejado a otro, sintiendo el impacto subir por mis rodillas. Abajo, Noxaria bullía con vida nocturna: luces mágicas, voces distantes, el tintineo constante de las campanas de protección.

Un mundo que seguía moviéndose mientras yo corría por mi vida.

Otra vez.

Aterricé mal en la siguiente cornisa. El vestido se enganchó en una viga astillada y escuché la tela rasgarse. No me detuve a verificar el daño. Seguí corriendo, saltando, buscando cualquier ventaja que pudiera mantenerme un paso adelante.

Tres años, llevaba tres malditos años haciendo esto.

El olor metálico llegó antes que ellas.

Magia activa. Magia de las Trece Llamas.

—Mierda.

Bajé del tejado usando una escalera oxidada que colgaba de la pared lateral de un almacén. Mis manos resbalaron en el metal húmedo por la niebla nocturna. Toqué suelo y corrí hacia el callejón más cercano con el corazón golpeándome las costillas con tanta fuerza que apenas podía respirar.

Tenía que llegar a la Plaza Rota. Era el único lugar donde la magia vieja se había estancado tanto que sus hechizos de rastreo fallarían.

Solo necesitaba llegar allí, esconderme hasta el amanecer, y luego podría moverme de nuevo.

Siempre era lo mismo. Esconderse, moverse, sobrevivir un día más.

El callejón se estrechó tanto que tuve que girar los hombros para pasar. Las paredes estaban cubiertas de símbolos antiguos tallados por hechiceros hace décadas. Algunos todavía brillaban débilmente con poder residual. Otros estaban muertos, apagados, olvidados.

Como yo lo estaría si no me movía más rápido.

Salí a una intersección donde tres caminos se encontraban. Elegí el del centro sin pensarlo. Conocía estas calles mejor que nadie. Había pasado años memorizando cada atajo, cada salida...

El aire frente a mí brilló.

Un sello de magia apareció, bloqueando el paso. Runas entrelazadas pulsando con ritmo constante, formando una barrera invisible que vibró cuando intenté acercarme.

No.

Retrocedí y probé el camino de la izquierda. Otro sello. El de la derecha. Sellado también.

Habían bloqueado todas mis rutas.

Me habían estado estudiando y aprendiendo mis patrones para poder anticipar mis movimientos.

Una voz llegó desde atrás, tranquila y cargada de autoridad.

—Detente, Kaia.

Me giré lentamente, aunque cada instinto dentro de mí me gritaba que corriera.

Allí se encontraban tres figuras en túnicas oscuras. La del centro era alta, de rasgos afilados, con cabello gris recogido en una trenza elaborada. El símbolo de las Trece Llamas ardía en su clavícula como una herida abierta. Detrás de ella, las otras dos permanecían inmóviles, con esa sincronía perfecta que solo venía de años entrenando juntas.

Tres. Siempre venían de tres.

—Has corrido lo suficiente —dijo la mujer, dando un paso hacia mí.

Sus ojos me evaluaron con una frialdad que hacía que las amenazas directas parecieran preferibles.

—El Consejo solo quiere hablar contigo.—habló la chica de su derecha.

—El Consejo quiere diseccionarme como si fuera un experimento fallido.

—Si cooperas, no tiene por qué ser doloroso.—continuó.

—Qué generosas. —murmuré con sarcasmo.

La mujer suspiró, como si mi resistencia fuera personalmente decepcionante.

—Entonces nos obligas a actuar a la fuerza.

Sentí su magia antes de verla. Un tirón en el estómago, seguido de presión alrededor de mis muñecas y tobillos. Hilos invisibles de poder cerrándose sobre mí, buscando inmovilizarme sin dañarme. Querían llevarme viva, consciente, intacta.

Como si fuera algo valioso que no podían arriesgar a romper.

Mi poder reaccionó.

No lo convoqué conscientemente. No tuve que hacerlo. Mi cuerpo reconoció la amenaza y abrió esa puerta interior que nunca se cerraba completamente, dejando salir el hambre que vivía debajo de mi piel.

La magia de la bruja me tocó y se evaporó.

El aire cambió de inmediato. Se volvió más frío, más denso, cargado con algo que no era poder exactamente sino ausencia de él.

Un vacío que absorbía todo lo que se acercaba.

Mis ojos ardieron. Sentí el violeta encenderse hasta doler, proyectando luz tenue contra las paredes del callejón. Pequeños destellos aparecieron sobre mi piel como electricidad atrapada bajo la carne, concentrándose en mis hombros y clavículas.

La mujer retrocedió, y por primera vez vi algo que no era esa frialdad calculada en su expresión.

Era miedo.

—Es verdad —murmuró—. Es un Sifón real.

Las otras dos reaccionaron demasiado tarde. Sentí el vínculo mágico que las conectaba tensarse como una cuerda bajo presión extrema. El Sifón reconoció esa conexión, ese hilo de poder compartido, y tiró con hambre.

La cuerda se rompió.

Tres cuerpos golpearon el suelo casi simultáneamente. Vivos, respirando, pero completamente inconscientes.

Yo me quedé de pie, respirando como si hubiera corrido kilómetros sin parar. El poder robado quemaba dentro de mí, arremolinándose furioso, resistiéndose a ser usado por alguien que no era su dueña original.

La magia ajena siempre lo hacía. Siempre peleaba contra mí como si supiera que no me pertenecía.

Apreté los dientes y obligué al poder a estabilizarse. No podía perder el control.

No aquí, no ahora.

Respiré. Una vez. Dos. Tres.

El poder empezó a disiparse lentamente, dejando ese vacío familiar que siempre llegaba después. Como si algo dentro de mí se negara a soltar completamente lo que había tomado.

Me arrodillé junto a la líder y coloqué dos dedos contra su cuello. El pulso era fuerte, constante. Bien. Nunca mataba a menos que no tuviera otra opción. Esa era la línea que me separaba de convertirme en el monstruo que todos creían que ya era.

Entonces vi algo que me heló la sangre.

El símbolo en su clavícula seguía brillando.

Débilmente, pero activo. Latiendo con un pulso constante como un segundo corazón.

No, eso no podía estar pasando.

Cuando absorbía magia de alguien, sus conexiones mágicas se cortaban temporalmente. Los símbolos se apagaban. Los vínculos se rompían. Siempre lo hacían.

Pero este seguía activo.

Lo que significaba que habían encontrado una forma de anclar su magia más profundamente. Lo que significaba que podían rastrearme incluso cuando estaban inconscientes. Lo que significaba que vendrían más.

Pronto.

Me puse de pie bruscamente y salí corriendo del callejón.

Las calles de Noxaria empezaban a despertar. El cielo se aclaraba con ese gris pálido que precedía al amanecer.

Comerciantes abrían sus tiendas, aguadores cargaban barriles, guardias cambiaban turnos en las esquinas principales.

Nadie me miró dos veces. Aquí, una mujer caminando sola con vestido rasgado y expresión exhausta no era inusual. Noxaria había aprendido hace mucho a no preguntar demasiado sobre los problemas ajenos.

Caminé durante una hora, tomando rutas aleatorias, asegurándome de que nadie me siguiera. Finalmente encontré refugio en una posada barata cerca del distrito portuario. El tipo de lugar donde el dueño cobraba por adelantado y no preguntaba nombres.

Pagué con mis últimas monedas y subí a una habitación pequeña en el tercer piso. Olía a humedad, tabaco viejo y algo que prefería no identificar. La cama era un desastre de sábanas manchadas, pero estaba demasiado cansada para importarme.

Me dejé caer sobre el colchón sin quitarme las botas.

El agotamiento me golpeó de inmediato, pero no me permití cerrar los ojos todavía. Tenía que pensar. Tenía que planear el siguiente movimiento.

Pero no había siguiente movimiento.

Esa era la verdad que llevaba semanas evitando enfrentar. Ya no quedaban movimientos seguros. Las Trece Llamas habían adaptado sus métodos, habían aprendido a rastrearme incluso cuando les robaba el poder. Pronto vendrían más, y esta vez no tendría la suerte de estar en un callejón donde pudiera controlar el enfrentamiento.

Huir ya no era suficiente.

Esconderse ya no funcionaba.

Luchar solo retrasaba lo inevitable.

Saqué mi bolsa de tela y la vacié sobre la cama.

Sal gruesa en una bolsita de cuero. Carbón envuelto en tela. Una lámina de metal del tamaño de mi mano, grabada con símbolos que había comprado a un hechicero borracho años atrás. Hilo rojo enrollado en un carrete pequeño. Una vela negra que nunca había encendido. Un cuchillo con mango de hueso, pequeño pero afilado.

Todo lo necesario para un ritual de invocación.

Lo había llevado conmigo durante tres años, guardado en el fondo de mi bolsa como una carta que juraba nunca jugar. Porque sabía lo que significaba usarlo. Sabía el precio que vendría después.

Pero ya no quedaban cartas.

Toqué la lámina de metal con la punta de los dedos, sintiendo las runas grabadas bajo mi piel. Eran antiguas, de un lenguaje que casi nadie hablaba ya. El hechicero que me la vendió estaba tan borracho que apenas podía mantenerse en pie, pero sus ojos se habían aclarado cuando vio cuánto estaba dispuesta a pagar por ella.

"Esto no invoca demonios menores", me había dicho. "Esto atraviesa el velo directo hasta la Corte Negra, úsalo solo si estás dispuesta a asumir las consecuencias."

En ese momento había pensado que nunca estaría tan desesperada.

Qué ingenua había sido.

Guardé los objetos de nuevo, uno por uno, con manos que temblaban ligeramente.

Mañana buscaría un lugar adecuado. Algún sitio donde la magia vieja se hubiera estancado tanto que el velo entre planos fuera fino. La Plaza Rota serviría. O las ruinas del antiguo templo en las afueras de la ciudad.

Me acosté en esa cama manchada, mirando el techo agrietado, sintiendo el peso de la decisión presionándome el pecho.

Las Trece Llamas me querían controlada, estudiada, convertida en su herramienta personal.

El Inframundo tendría su propio precio. Los demonios siempre lo tenían.

Pero al menos sería un precio que yo había elegido pagar.

Al menos sería mi decisión, no la de ellas.

Cerré los ojos y dejé que el agotamiento finalmente me venciera.

Cuando despertara, todo cambiaría.

Porque estaba cansada de correr.

Estaba cansada de esconderme.

Y estaba absolutamente cansada de tener miedo.

Mañana, ese miedo se convertiría en otra cosa.

No sabía exactamente en qué.

Pero será mi decisión.

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