Mundo ficciónIniciar sesiónNarra Kaia
Desperté con el sol ya alto. No había ventanas en la habitación, pero la luz se filtraba por las grietas en la madera podrida de la pared, proyectando líneas doradas sobre el suelo sucio. Afuera, Noxaria rugía con actividad diurna: carros rodando sobre adoquines, vendedores gritando precios, el murmullo constante de una ciudad que nunca dormía realmente. Me senté en la cama y evalué el daño de la noche anterior. El vestido estaba rasgado a la altura del muslo. Tenía arañazos en los brazos y una contusión oscura en la rodilla derecha que dolía al presionarla. Nada grave. Nada que me detuviera. Recogí mi bolsa del suelo y verifiqué que todo siguiera ahí. Sal, carbón, metal grabado, hilo, vela, cuchillo. Intacto. Era hora. Salí de la posada sin despedirme del dueño. Cuanto menos recordara mi cara, mejor. Las calles estaban llenas de gente moviéndose con propósito: comerciantes cargando mercancía, madres arrastrando niños, hechiceros menores con túnicas desgastadas ofreciendo servicios baratos en las esquinas. Nadie me prestó atención. Noxaria tenía esa habilidad particular de hacer que todos fueran invisibles si lo necesitaban. Caminé durante dos horas, tomando rutas indirectas, asegurándome de que nadie me siguiera. Finalmente llegué a las afueras de la ciudad, donde los edificios se volvían escasos y el terreno comenzaba a romperse en colinas rocosas cubiertas de maleza. La Plaza Rota estaba horas de caminata desde allí, pero debía continuar. La plaza era exactamente como la recordaba: estatuas destruidas, fuentes secas, piedra agrietada cubierta de musgo oscuro. Un lugar que la ciudad había olvidado hacía décadas. Un lugar donde la magia vieja se había estancado tanto que el aire mismo se sentía pesado. Perfecto. Me arrodillé en el centro de la plaza y saqué la sal de mi bolsa. Tracé un círculo perfecto en el suelo, lo suficientemente grande para contener lo que fuera que viniera. La sal brilló débilmente cuando completé el trazo, reconociendo la intención detrás del gesto. Luego tomé el carbón y dibujé los símbolos dentro del círculo. Tenía que hacerlo bien. Un error, una línea torcida, y el ritual fallaría. O peor, convocaría algo que no podría controlar. Mis manos no temblaban. Eso me sorprendió. Había esperado miedo, vacilación, alguna señal de que mi cuerpo intentaba detenerme. Pero solo había determinación fría. Coloqué la lámina de metal en el centro del círculo, con las runas mirando hacia arriba. Até el hilo rojo alrededor de mi muñeca izquierda con un nudo simple. Posicioné la vela negra junto a la lámina y la encendí con una cerilla que había guardado específicamente para esto. La llama se alzó, inquieta, moviéndose aunque no había viento. Tomé el cuchillo. La hoja brilló bajo la luz menguante del atardecer. Presioné el filo contra mi palma izquierda y corté rápido, sin darme tiempo para arrepentirme. El dolor fue agudo pero breve. La sangre brotó de inmediato, oscura y caliente. Cerré el puño y dejé que cayera sobre el símbolo central de la lámina. La sal absorbió la sangre al instante, como si hubiera estado esperando ese momento. Entonces hablé las palabras. Las había memorizado años atrás, practicándolas en voz baja cuando estaba sola, asegurándome de que la pronunciación fuera perfecta. Eran antiguas, de un lenguaje que casi nadie usaba ya. Un lenguaje que el Inframundo aún reconocía. "Sael merketh khor sever veyra writ thren noxen." La llama de la vela se encogió hasta casi apagarse. El centro del círculo se oscureció de golpe, como si toda la luz hubiera sido absorbida por un agujero invisible. El aire se volvió pesado, presionándome el pecho hacia dentro. El frío me subió por los antebrazos, tan intenso que dolía. La presencia llegó primero. No fue gradual. Fue instantánea. Como si algo masivo hubiera sido arrojado al mundo desde otro lugar, desplazando el aire y la realidad misma. Sentí el peso de esa presencia aplastándome los pulmones, obligándome a concentrarme solo en seguir respirando. Luego tomó forma. Dentro del círculo, una figura se materializó lentamente. Primero una sombra oscura, luego rasgos definidos, finalmente solidez completa. Un hombre. Alto. Increíblemente alto. Hombros anchos que llenaban el espacio incluso contenidos por el círculo. Pelo negro corto, ligeramente despeinado, como si acabara de despertar o de pelear. Barba oscura que enmarcaba una mandíbula fuerte. Ojos casi negros que me miraron con una intensidad que hizo que cada instinto de supervivencia en mi cuerpo gritara que retrocediera. Vestía completamente de negro: una túnica que parecía más armadura que ropa, con detalles metálicos que brillaban débilmente. Varios anillos en los dedos. Sin cuernos visibles. Sin alas. Pero el aire alrededor de él era diferente. Más denso. Más oscuro. Como si su sola presencia distorsionara la realidad. Me obligué a sostenerle la mirada, aunque cada segundo se sentía como desafiar algo que podría aplastarme sin esfuerzo. Él me estudió en silencio durante varios segundos. Su expresión no revelaba nada. Ni curiosidad, ni molestia, ni interés. Solo me evaluaba fríamente. Cuando habló, su voz era profunda y contenía algo que hacía vibrar el aire. —Interesante. Una sola palabra, y supe que había cometido un error. No porque el ritual hubiera fallado. Sino porque había funcionado demasiado bien.






