Narra Kaia Desperté con el sol ya alto. No había ventanas en la habitación, pero la luz se filtraba por las grietas en la madera podrida de la pared, proyectando líneas doradas sobre el suelo sucio. Afuera, Noxaria rugía con actividad diurna: carros rodando sobre adoquines, vendedores gritando precios, el murmullo constante de una ciudad que nunca dormía realmente. Me senté en la cama y evalué el daño de la noche anterior. El vestido estaba rasgado a la altura del muslo. Tenía arañazos en los brazos y una contusión oscura en la rodilla derecha que dolía al presionarla. Nada grave. Nada que me detuviera. Recogí mi bolsa del suelo y verifiqué que todo siguiera ahí. Sal, carbón, metal grabado, hilo, vela, cuchillo. Intacto. Era hora. Salí de la posada sin despedirme del dueño. Cuanto menos recordara mi cara, mejor. Las calles estaban llenas de gente moviéndose con propósito: comerciantes cargando mercancía, madres arrastrando niños, hechiceros menores con túnicas desgastadas ofr
Leer más