Mundo ficciónIniciar sesiónNarra Kaia
—¿Quién eres? —pregunté, aunque mi garganta estaba tan seca que las palabras salieron rasposas. Él inclinó la cabeza ligeramente, como si la pregunta le divirtiera de alguna forma distante. —¿Me invocas sin saber a quién llamas? —Te invoqué porque necesito ayuda. —Eso está claro. De lo contrario no estarías arrodillada en un círculo de sal sangrando sobre símbolos antiguos. Su tono era completamente neutro, pero había algo debajo. No burla exactamente. Más bien la paciencia de alguien acostumbrado a ser convocado por desesperados. —Necesito protección —dije, forzándome a hablar con claridad—. De las Trece Llamas. De cualquiera que me persiga. Protección real, no temporal. Él no respondió inmediatamente. Sus ojos se movieron hacia mi brazo, donde el corte aún sangraba, luego hacia los símbolos del círculo, finalmente de vuelta a mi rostro. —¿Sabes lo que eres? La pregunta me tomó desprevenida. —Soy Kaia. —Eso es un nombre, te pregunté qué eres. Apreté la mandíbula. —Soy un Sifón. Algo cambió en su expresión. No mucho. Solo un ligero estrechamiento de ojos, como si hubiera confirmado una sospecha. —Ya veo. —¿Puedes protegerme o no? —pregunté con exasperación. —Puedo hacer muchas cosas. La pregunta es qué estás dispuesta a dar a cambio. —Lo que sea necesario. Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Él alzó una ceja. —Peligroso, ofrecer "lo que sea necesario" a alguien del Inframundo. ¿Sabes siquiera con quién estás hablando? —No. —¿Y aun así me invocaste? —Estaba desesperada. —Claramente. Se movió entonces, dando un paso dentro del círculo hacia el borde de sal. No lo cruzó. Solo se acercó lo suficiente para que pudiera verlo con completa claridad bajo la luz menguante. Era devastadoramente intimidante de cerca. No solo por el tamaño, sino por la forma en que existía. Como si el espacio alrededor de él se doblara ligeramente, reconociendo algo que mi mente consciente no podía procesar completamente. —Mi nombre es Nox —dijo—. Soy príncipe de la Corte Negra. Y si quieres mi protección, va a costarte más que sangre en un círculo. —¿Qué quieres? —Obediencia. La palabra cayó entre nosotros como una piedra en agua quieta. —¿Obediencia de qué? —De lo que yo determine necesario, cuando lo determine necesario. —Eso es demasiado vago. —Es deliberadamente vago. Porque no sé todavía qué voy a necesitar de ti. Lo miré fijamente, buscando señales de engaño, de trampa obvia. Pero su expresión era completamente seria. No estaba jugando, estaba negociando. —¿Y si me niego? —Entonces rompes el círculo, yo regreso al Inframundo, y tú sigues corriendo de las Trece Llamas hasta que eventualmente te atrapen. Lo cual, basándome en el hecho de que me invocaste, asumo que pasará pronto. Tenía razón. Lo sabía. No lo habría llamado si tuviera otras opciones. —¿Cuánto dura? —pregunté. Nox sostuvo mi mirada un segundo más de lo necesario. —Hasta que yo decida que ya no lo necesito. O hasta que mueras. Lo que ocurra primero. Tragué saliva. —Eso podría ser para siempre. —Podría. —No es un trato justo. Su expresión no cambió. —No estoy ofreciendo justicia —respondió—. Estoy ofreciendo supervivencia. El silencio se extendió entre nosotros. El viento había comenzado a soplar, arrastrando hojas secas a través de la plaza. La vela seguía ardiendo, su llama inquieta proyectando sombras extrañas sobre el rostro de Nox. Pensé en las brujas inconscientes en el callejón. En el símbolo que seguía brillando. En todas las veces que había escapado por segundos. En las noches sin dormir, siempre alerta, siempre preparada para correr. Pensé en cuánto tiempo más podría seguir así. No mucho. —De acuerdo —dije—. Obediencia, a cambio de protección absoluta. Nox me estudió durante un largo momento, como si estuviera dándome una última oportunidad para retractarme. Luego asintió una vez. —Rompe el círculo. Mi mano se movió hacia la sal antes de que mi cerebro pudiera procesar completamente lo que estaba haciendo. Arrastré la palma por el borde, deshaciendo el trazo en una sola pasada. El aire cambió instantáneamente. Nox salió del círculo sin prisa. Dio dos pasos hacia mí, despacio, dejando que yo entendiera exactamente lo que acababa de permitir. Ya no había barrera entre nosotros. —Bien —dijo, su voz más baja ahora que estaba fuera de la contención del ritual—. Ahora me debes algo. Antes de que pudiera responder, me agarró del brazo. Sus dedos se cerraron alrededor de mi antebrazo con firmeza controlada, no lo suficientemente fuerte para lastimar pero imposible de romper. El contacto fue frío al principio. Luego quemó. Grité. No pude evitarlo. El dolor era diferente a cualquier cosa que hubiera sentido antes. No era fuego literal ni hielo. Era algo más profundo, como si algo se estuviera grabando directamente en mi estructura, en lo que yo era bajo la piel y el hueso. Duró tres segundos que se sintieron como tres horas. Cuando me soltó, caí de rodillas. Miré mi brazo con ojos borrosos por lágrimas involuntarias. Donde sus dedos habían estado, ahora había una marca oscura. Limpia, perfecta, como un tatuaje hecho de sombra solidificada. Símbolos entrelazados que no reconocí pero que sabía instintivamente que significaban algo permanente. —¿Qué... qué me hiciste? —Sellé el trato —respondió Nox, su voz completamente calmada, como si no acabara de provocarme el peor dolor de mi vida—. Esa marca significa que estás bajo mi protección. Nadie puede tocarte sin enfrentarse a mí. Me obligué a respirar. El dolor estaba disminuyendo, dejando solo un calor pulsante bajo la piel. —¿Y qué más significa? —Significa que me perteneces. Las palabras cayeron como hielo sobre mi espalda. —Yo no—intenté hablar. —No en el sentido que estás pensando —interrumpió—. No eres mi esclava. Pero estás bajo mi jurisdicción. Bajo mi responsabilidad. Y eso significa que cuando te diga que hagas algo, lo harás. Sin cuestionarlo. Me puse de pie con piernas temblorosas, sosteniéndome el brazo marcado contra mi pecho. —No acordé eso. —Acordaste obediencia, esto es lo que significa en la Corte Negra. —Me engañaste. —No, simplemente no preguntaste las especificaciones correctas antes de aceptar. La rabia burbujeó en mi garganta, pero antes de que pudiera decir algo más, Nox habló de nuevo. —Las Trece Llamas están viniendo. Eso me detuvo en seco. —¿Qué? —Sentí su magia cuando entraron a la plaza. Unos treinta segundos atrás. Estarán aquí en menos de un minuto. —Entonces ayúdame. —Vamonos. Me rodeó la cintura con un brazo y me atrajo contra él antes de que pudiera protestar. Su agarre era firme, inmovilizándome completamente. —¿Qué estás...— Sus alas salieron. No fue gradual. Fue instantáneo. Enormes extensiones de plumas negras que llenaron mi visión, bloqueando la luz restante del atardecer. El aire se comprimió y sentí un tirón violento en el estómago, como si el suelo hubiera desaparecido bajo mis pies. Porque lo había hecho. La Plaza Rota se desvaneció. Y cuando la realidad se solidificó de nuevo, estábamos en otro lugar completamente diferente.






