Mundo ficciónIniciar sesiónLucía lo tenía todo planeado: casarse con el prestigioso Dr. Cortés después de completar su contrato como enfermera en un carguero de expedición. Pero en una noche devastadora, descubre a su prometido en los brazos de su mejor amiga, y la conspiración detrás del "cargamento secreto" que transportan: licántropos capturados, destinados a experimentos inhumanos. Cuando intenta exponer la verdad, es traicionada, drogada y dejada para morir en el hundimiento del barco. Pero la muerte tenía otros planes. Dante Salvatore, el prisionero licántropo que ella alguna vez trató con compasión, la rescata del océano helado con una mordida que cambiará su vida para siempre. Ahora, medio humana y medio bestia, Lucía se despierta en Isla Decepción, el último refugio de una manada diezmada por cazadores despiadados. Para sobrevivir la transformación y mantener unida a la manada, Dante necesita una compañera. Para obtener venganza y salvar a los cautivos que quedan, Lucía necesita aliados. El pacto es simple: un matrimonio temporal, una misión imposible, y después, libertad. Pero el vínculo de la manada no conoce mentiras, y cuando Dante y Lucía se entregan al fuego que arde entre ellos, descubren que algunos lazos no se pueden romper. Es por redención. Por familia. Por un futuro donde los monstruos reales finalmente paguen. Entre batallas navales en aguas antárticas, secretos ancestrales en islas volcánicas, y una pasión que quema más intenso que cualquier transformación, Lucía aprenderá que el verdadero poder no viene de negar quién eres. Viene de decidirlo.
Leer másEl olor a sal y hierro me golpeó antes de que pudiera abrir los ojos.
No era el aroma habitual del océano, ese que me había acompañado durante los tres meses que llevaba trabajando como enfermera en el carguero Estrella del Norte. Esto era distinto, visceral, como si alguien hubiera destripado algo vivo en la cubierta superior.
Me incorporé en el camarote que compartía con las otras dos enfermeras, pero sus literas estaban vacías. El reloj marcaba las 2:47 de la madrugada.
—¿Elena? ¿Marta?
Silencio.
Solo el crujido del barco y un sonido extraño, gutural, que venía desde algún lugar arriba. Parecía un animal herido, pero más grande, mucho más grande que cualquier cosa que debiera estar en este navío.
Me puse la bata sobre el camisón, las manos me temblaban mientras buscaba la linterna en el cajón. Tres meses navegando hacia las Islas Orcadas del Sur con un cargamento "de alto valor" que nadie me había permitido ver. Tres meses durmiendo sobre estas aguas heladas mientras mi prometido, el Dr. Sebastián Cortés, dirigía el equipo médico a bordo.
Tres meses creyendo que este viaje sería el comienzo de nuestra vida juntos.
El pasillo estaba desierto, las luces parpadeaban en un patrón errático que me erizó la piel. Subí las escaleras hacia la cubierta principal, el metal frío quemándome las plantas de los pies descalzos. Debería haber regresado por zapatos, pero algo primitivo en mi cerebro me urgía a moverme, a descubrir qué estaba mal.
Las puertas dobles que llevaban al área de carga restringida estaban abiertas de par en par.
Eso era imposible. Sebastián tenía la única llave, junto con el capitán Ruiz. Nadie más tenía acceso.
—Sebastián...
Su nombre murió en mis labios.
Ahí estaba él, mi prometido, el hombre con quien me casaría en menos de dos meses. Pero no estaba solo. Elena, mi compañera de camarote, estaba entre sus brazos, la espalda contra uno de los contenedores metálicos, las piernas rodeando su cintura, gimiendo su nombre de una forma que me atravesó como un arpón.
La linterna cayó de mi mano.
El sonido los alertó. Sebastián se giró, todavía sosteniéndola, y en sus ojos no vi culpa. Vi molestia, como si yo fuera una interrupción menor en su agenda.
—Ah, Lucía. —Su voz sonaba distante, clínica, la misma que usaba para explicar procedimientos médicos—. Íbamos a decírtelo después de atracar.
Elena se bajó con movimientos lentos, deliberados, alisándose la falda con una sonrisa que nunca le había visto. Una sonrisa de victoria.
—Lo siento, Lu. —Su tono no contenía ni una pizca de arrepentimiento—. Pero es que Sebastián y yo... conectamos. Tú eres dulce, de verdad, pero él necesita a alguien con más... experiencia.
Las palabras me llegaban amortiguadas, como si mi cerebro se negara a procesarlas. Tres años. Llevaba tres años con Sebastián. Había renunciado a mi puesto en el hospital de Buenos Aires para acompañarlo en esta expedición. Mi familia me había advertido, mi madre me había suplicado que no dejara todo por un hombre, pero yo había insistido.
Porque lo amaba.
Porque confiaba en él.
—Sebastián... —Mi voz sonaba rota, irreconocible—. Dime que esto es una broma.
Él suspiró, acomodándose la camisa arrugada.
—Lucía, tienes veintiocho años. Deberías empezar a actuar como una adulta. Estas cosas pasan. Además... —Se acercó a mí, y por un momento pensé que iba a disculparse, a decir que todo había sido un error horrible—. Tu contrato especificaba discreción absoluta sobre el cargamento. Lo que has visto aquí... —señaló hacia los contenedores abiertos detrás de él— no puede salir de este barco.
Fue entonces cuando lo vi.
Detrás de ellos, en las jaulas metálicas que habían estado selladas durante todo el viaje, había... cuerpos. No, no eran solo cuerpos. Eran lobos, pero no como ningún lobo que hubiera visto en fotografías. Eran masivos, del tamaño de caballos pequeños, con pelaje que brillaba plateado bajo las luces industriales.
Tres de ellos estaban inmóviles, obviamente sedados.
El cuarto estaba despierto.
Y me estaba mirando con ojos que no eran completamente animales.
—¿Qué... qué es esto? —susurré.
—Un proyecto muy lucrativo. —Sebastián se encogió de hombros—. El Dr. Morrison en las Orcadas paga una fortuna por especímenes vivos. Tú firmas los papeles de confidencialidad mañana, cobras tu parte, y todos felices.
—¿Especímenes? ¿De dónde sacaron...?
—De la Isla Decepción. —Elena se cruzó de brazos, disfrutando cada segundo de mi desconcierto—. Aparentemente son los últimos de su especie. Una pena, ¿verdad? Pero la ciencia es así. Se hacen sacrificios.
El lobo despierto gruñó, un sonido que vibró en mis huesos. Sus ojos, de un ámbar imposible, no me dejaban, y en ellos vi algo que me heló la sangre.
Reconocimiento.
Súplica.
—No puedes hacer esto. —Di un paso hacia Sebastián—. Esto es tráfico ilegal, maltrato animal, ¡están sedados! ¿Y si mueren?
—Entonces cobraré el seguro. —Su sonrisa era la de un extraño—. Lucía, siempre fuiste muy sentimental. Por eso nunca te involucramos en la verdadera operación. Eres buena con las jeringas y los vendajes, pero no tienes estómago para las decisiones difíciles.
Elena rió.
—Además, ¿quién te va a creer? Ya hablamos con el capitán Ruiz. Si causas problemas, él declarará que tuviste un brote psicótico y tuvimos que sedarte por tu propia seguridad. —Se acercó a mí, bajando la voz—. Nadie extrañará a una enfermera inestable que se lanzó al océano en medio de la noche. Las aguas antárticas son despiadadas.
El mundo se inclinó.
No podían estar hablando en serio. No podían estar planeando...
—Yo... yo solo quiero irme. —Retrocedí hacia la puerta—. Me bajaré en el próximo puerto, no diré nada, lo juro.
Sebastián negó con la cabeza.
—Ya es muy tarde para eso, cariño.
Corrí.
No sé cómo mis piernas respondieron cuando mi cerebro estaba congelado de terror, pero corrí por los pasillos metálicos, el corazón estrellándose contra mis costillas. Detrás de mí, escuché gritos, pasos.
Tenía que llegar a la cabina de radio, tenía que pedir ayuda.
Pero cuando llegué, el capitán Ruiz ya estaba ahí, esperándome. En su mano, una jeringa.
—Lo siento, señorita Lucía. —Sus ojos reflejaban una pizca de remordimiento genuino—. Son órdenes.
El pinchazo fue rápido, profesional.
El suelo subió a encontrarme.
Lo último que vi antes de que la oscuridad me tragara fue el cielo nocturno a través de una claraboya, las estrellas girando como si el universo mismo se estuviera deshaciendo.
Y entonces, un aullido.
Largo, desgarrador, completamente inhumano.
El lobo de ojos ámbar estaba llamando a algo.
O a alguien.
Desperté con el sabor a sangre en la boca.
No, no era mi sangre. Era el sabor del aire mismo, cargado de una violencia reciente que me hizo arquear sobre el suelo frío de metal. Vomité bilis, el estómago vacío retorciéndose.
¿Cuánto tiempo había pasado?
Las luces de emergencia bañaban todo en un rojo pulsante. Las alarmas aullaban. Y por encima de todo eso, gritos, gritos humanos de agonía que se cortaban abruptamente.
Me arrastré hacia la pared, usándola para ponerme de pie. Cada músculo de mi cuerpo protestaba, la droga todavía nublando mis sentidos. Pero el terror es un estimulante poderoso.
Algo había salido terriblemente mal.
Las puertas del área de carga colgaban de sus bisagras, retorcidas como papel aluminio. En el suelo, marcas de garras profundas en el metal, como si algo imposiblemente fuerte hubiera arrancado su camino hacia la libertad.
Y sangre.
Tanta sangre.
—¿Hola? —Mi voz era apenas un susurro—. ¿Hay alguien...?
Un cuerpo rodó desde detrás de un contenedor.
Elena.
O lo que quedaba de ella.
Retrocedí, la mano sobre la boca para ahogar el grito. Su rostro estaba congelado en una expresión de terror absoluto, los ojos abiertos mirando a nada. Su garganta... no, no podía mirar su garganta.
Corrí hacia la cubierta superior, apartando el horror, la incredulidad, todo excepto el instinto de supervivencia.
Afuera, la tormenta había llegado.
El viento me azotó con furia glacial, la lluvia mezclada con aguanieve cortaba como cuchillas. El Estrella del Norte se balanceaba violentamente en olas que parecían montañas de agua negra.
¿Dónde estaba la tripulación? ¿Dónde estaba cualquiera?
Entonces lo vi.
En la proa del barco, iluminado por un relámpago que partió el cielo, había un hombre.
No, no era completamente un hombre.
Era alto, imposiblemente alto, con una musculatura que tensaba los jirones de ropa que todavía colgaban de su cuerpo. Su piel estaba cubierta de un fino vello plateado que brillaba bajo la lluvia. Pero fueron sus ojos los que me clavaron en el sitio.
Ámbar.
Los mismos ojos del lobo de la jaula.
Me miraba con una intensidad que atravesaba la tormenta, la distancia, todo.
Y entonces habló, su voz resonando por encima del vendaval, profunda como un trueno subterráneo:
—Tú no hueles a ellos.
Di un paso atrás, resbalando en la cubierta mojada.
—¿Qué... qué eres?
Su cabeza se ladeó, estudiándome como si fuera un enigma.
—Tú intentaste ayudarme. Te vi. En la jaula, cuando ese hombre te golpeó por protestar sobre las condiciones... —Una sonrisa sin humor cruzó su rostro—. Tienes su olor en ti, pero no su maldad.
Sebastián me había abofeteado. Hace dos semanas, cuando encontré a uno de los lobos desnutrido y exigí que mejoraran su cuidado. Pensé que nadie más lo había visto.
—Yo no... no sabía qué eran. —Las lágrimas se mezclaban con la lluvia—. Por favor, solo quiero salir de aquí.
Él se acercó, cada paso deliberado, y pude ver ahora las garras que extendían sus dedos, la forma en que sus músculos se ondulaban bajo la piel, casi listos para completar una transformación que mantenía parcialmente controlada.
—El barco se está hundiendo. —Su declaración era simple, terrible—. Rompí el casco. Este navío de esclavistas morirá como ellos merecían morir.
El agua. Ahora que lo mencionaba, podía sentir la inclinación del barco, el ángulo cada vez más pronunciado. Tenía minutos, tal vez menos.
—Pero tú... —Extendió una mano, garras y todo—. Tú no mereces ahogarte con ellos.
Miré su mano. Miré el océano furioso que nos rodeaba. Miré las escaleras que llevaban abajo, donde probablemente Sebastián, el capitán y cualquier otra alma corrupta de esta tripulación ya había encontrado su fin.
No había botes salvavidas a la vista. No había radio funcional. No había salida.
Solo este... hombre-lobo, criatura, lo que fuera.
Ofreciéndome una oportunidad que no merecía, que no entendía.
—¿Por qué? —susurré—. ¿Por qué me salvarías?
Su expresión se suavizó, solo un poco, y por un momento pareció completamente humano.
—Porque en tres meses de cautiverio, tú fuiste la única que me miró como si todavía fuera una persona.
El barco se sacudió violentamente, el crujido del metal resonando como el grito de agonía de un gigante.
Extendí mi mano.
Sus dedos, cálidos a pesar de la lluvia helada, envolvieron los míos.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté, porque si iba a morir, si iba a confiar en esta locura, necesitaba saber.
Él sonrió, y por primera vez, vi algo más que furia en esos ojos dorados.
—Dante. Mi nombre es Dante Salvatore.
Y entonces me alzó en sus brazos como si no pesara nada, y saltó.
El océano nos tragó en su abrazo de hielo y oscuridad.
Y mientras me hundía, mientras mis pulmones gritaban por aire, sentí algo imposible.
Sus brazos se transformaban a mi alrededor, el calor aumentando, protegiéndome del frío letal.
Y desde las profundidades, respondiendo a un llamado silencioso, vi sombras plateadas acercándose.
Más lobos.
Una manada entera, nadando hacia nosotros como torpedos vivientes.
Mi último pensamiento consciente antes de que la oscuridad reclamara fue absurdamente simple:
¿Qué demonios acabo de hacer?
El círculo de combate estaba marcado con piedras en el exterior de la cueva, en la explanada natural que los siglos habían nivelado en la ladera.A tres mil metros, con el viento cortando horizontal y la nieve de los picos brillando en el horizonte como un recuerdo de que el mundo era vasto y frío y no particularmente interesado en los problemas de nadie.Lucía se quitó la chaqueta.El frío llegó de inmediato, pero el cuerpo de loba tenía sus compensaciones. La temperatura corporal más alta. La circulación que respondía rápido. Los pulmones que, con práctica, habían aprendido a trabajar en condiciones que habrían limitado a una humana normal.Piedra ya estaba en el círculo.De pie, sin moverse, con esa quietud específica de los que no necesitan prepararse porque siempre están preparados. Sus manos eran manos humanas en su forma, pero más gruesas, más densas, con el índice extendido de fuerza que Lucía había aprendido a reconocer como el don de Resistencia en acción a nivel celular.La
El frío a tres mil metros era diferente al frío antártico.El frío antártico era universal, total, el tipo que borra la diferencia entre adentro y afuera y convierte el mundo entero en una temperatura única. Este frío era vertical. Bajaba desde arriba, desde la nieve que cubría los picos y no se derretía ni en el mes más cálido del año, y subía desde abajo, desde la roca que llevaba siglos absorbiendo el frío de las alturas.Lucía lo notó en los pulmones primero.El aire era delgado, seco, con un olor a piedra limpia y a algo vegetal que no identificó de inmediato. La forma de loba hubiera manejado la altitud mejor, pero transformarse antes de llegar al territorio de Gaspar era exactamente el tipo de gesto que podría interpretarse como una declaración de intenciones que no quería hacer.Llegaron a pie desde el punto donde dejaron el vehículo, siguiendo el sendero que nadie había marcado formalmente pero que los pies de generaciones habían impreso en la roca.Marina caminaba tres pasos
La discusión empezó esa misma noche.No como discusión. Como planificación, que era la forma en que las cosas serias comenzaban en la mesa del refugio: con mapas, con datos, con la voz de Nadia recitando probabilidades y la de Sera calculando tiempos de desplazamiento. Pero debajo de la planificación, desde el primer momento, había una tensión que Lucía podía sentir incluso sin el vínculo, incluso sin la Visión de la Verdad, simplemente porque conocía a Dante lo suficiente para leer la rigidez en sus hombros como un texto.El mapa de Chile desplegado sobre la mesa mostraba la región andina. La manada de Gaspar, según Nadia y los pergaminos viejos y la información que Lucía había podido recabar antes, vivía en la zona de cuevas naturales a tres mil metros de altitud, en el sector de los volcanes del sur. Territorio hostil incluso en verano. En esta época del año, con el frío instalado, inhóspito para quien no estuviera adaptado.—Adaptación de alta altitud —dijo Yara, señalando el mapa
Yara llegó al amanecer.No con anuncio, no con escolta visible, no con el protocolo que Lucía había empezado a asociar con los líderes de manada que sentían que el tamaño de su llegada comunicaba algo sobre su poder.Llegó sola.Una mujer baja, de hombros anchos y movimientos que tenían la quietud específica de algo que nunca desperdicia energía. Cabello oscuro recogido, piel cobriza, ojos del color del barro después de la lluvia: marrón con reflejos verdes. Lucía calculó mentalmente su edad en algún punto entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco, con la dificultad habitual de que la biología licántropa hacía ese cálculo poco confiable.Caminó desde el borde del bosque hasta la puerta del refugio sin detenerse.Llamó con dos golpes.Nadia abrió como si lo hubiera estado esperando. Que probablemente era el caso.—Yara Río —dijo Nadia, con el tono específico que usaba para los nombres que tenían historia detrás.—Nadia Pergaminos —respondió Yara, con una leve inclinación de cabe
Último capítulo