Nadia me despertó antes del amanecer.
—Levántate. Hay algo que debes ver.
La seguí a través del asentamiento dormido, mis pies descalzos sobre la tierra volcánica fría. La anciana caminaba con dificultad pero con propósito, su pierna dañada arrastrándose ligeramente con cada paso.
No hablamos. El silencio de la madrugada antártica era demasiado denso para romperlo con palabras casuales.
El camino nos llevó más allá de las cabañas, más allá del edificio del consejo, hacia una zona de la isla que