Mundo ficciónIniciar sesiónDebido a un giro del destino, Isabela Frost se casó con el hombre al que había amado en secreto casi toda su vida. A pesar de los innumerables malentendidos y de la frialdad de él, ella mantuvo una postura resiliente y optimista, luchando sola para sostener el matrimonio. Sin embargo, el amor no florece solo con la espera. Tras ocho años de dedicación, lo que Isabela recibió a cambio fue la llegada de una rival y la cruel indiferencia de Maison Thorne. En ese preciso momento, su corazón finalmente se rindió. Sin mirar atrás, firmó el divorcio y se marchó llevándose a su hijo. En solo un año de libertad, Isabela construyó un imperio y acumuló una fortuna de cientos de millones por cuenta propia, transformando el apellido "Frost" en sinónimo de poder en el mundo de los negocios. Hasta que un día, el otrora intocable Maison Thorne la acorraló, suplicando volver a formar parte de su vida e incluso llegando al extremo de aceptar ser solo su amante. Solo entonces ella descubrió que, detrás de aquella fachada de hielo, él la había amado profundamente durante muchísimos años, pero permitió que el orgullo y los secretos los distanciaran.
Leer másCuando Isabela Frost llegó al aeroporto, un vuelo procedente de Estados Unidos acababa de aterrizar. Ese era el día en que Maison Thorne volvería a Cábralia.
En total, se conocían desde hacía años: tres de universidad y un matrimonio formal. Si no hubiera sido por aquella noche de graduación, cuando bebieron accidentalmente algo adulterado y terminaron en la misma cama, Maison jamás se habría casado con ella.
Para él, Isabela no era más que una compañera de clase corriente. Maison, en cambio, era el heredero de la prestigiosa familia Thorne, un prodigio nacido con todas las comodidades del mundo. Pertenecían a mundos completamente distintos.
Probablemente él creía que ella lo había planeado todo para "pescar un marido rico" y ascender socialmente. Por eso, al día siguiente de aquel matrimonio forzado, firmó el acta y se marchó a Estados Unidos, furioso. Esa distancia duró ocho años.
Pero ahora regresaba. Isabela confiaba en que, si lograba explicarle que no había sido ella quien puso la droga en el vino, aún habría esperanza para su matrimonio.
Observaba ansiosa la puerta de llegadas. Los pasajeros salían uno a uno, el flujo ya menguaba, pero él seguía sin aparecer. ¿Habrá cambiado el vuelo?, pensó.
Su teléfono sonó. Era Killian:
—Mamá, estoy en el supermercado con la tía Angelina haciendo la compra. ¿Qué quieres cenar esta noche?
Isabela sonrió al escuchar la voz de su hijo y le fue nombrando sus platos favoritos:
—Una sopa estaría genial.
—¡Como quieras, mamá!
—Te quiero, cariño —dijo ella antes de colgar.
Isabela y Maison tenían un hijo. Años atrás, en medio del caos de la partida de él, ella descubrió el embarazo inesperado. Intentó llamarle infinidad de veces, pero las llamadas siempre comunicaban. Más tarde comprendió que él la había bloqueado.
Sin padres ni abuelos con vida, Isabela estaba completamente sola en el mundo. Aquella pequeña vida que crecía en su vientre parecía ser el último regalo de ternura que Dios le había concedido. Decidió tener al bebé en secreto, manteniendo la existencia de Killian oculta a toda la familia Thorne.
Tras una larga espera, por fin divisó la figura de Maison. Caminaba con calma, arrastrando una maleta. Sus rasgos eran más maduros y atractivos que años atrás; el tiempo había sido generoso con él.
Isabela sintió un destello de alegría y estaba a punto de acercarse cuando se detuvo en seco. Una mujer alta apareció detrás de él, con un abrigo negro que combinaba a la perfección con el traje de Maison.
Era Catarina Viana, la novia de toda la vida de él. En la universidad todos decían que estaban hechos el uno para el otro, hasta que aquel "incidente" obligó a Maison a casarse con Isabela.
Por la maleta que él llevaba, quedó claro que habían estado juntos en Estados Unidos durante todos esos ocho años. Isabela notó que le ardían los ojos, pero respiró hondo. No te hagas ideas, se dijo. Necesitaba aclarar las cosas.
Esbozando una sonrisa, dio un paso al frente:
—Maison.
Él se detuvo y enarcó una ceja, frío:
—¿Qué haces aquí?
La sonrisa de Isabela se heló, pero intentó mantener la compostura:
—He venido a recogerte.
—Qué detalle tan amable, Isabela —la interrumpió Catarina Viana con una sonrisa triunfal—. Llevo ocho años sin volver y ya no conozco las calles de la ciudad. ¿Has venido en coche?
Diez minutos después, Isabela iba al volante de su pequeño coche blanco con las manos temblorosas. Conducía fatal, ya que apenas había usado el coche en los últimos siete años.
El silencio en el interior era asfixiante. Maison y Catarina Viana se habían instalado en el asiento trasero, mientras Isabela parecía una simple conductora de taxi.
—¿Dónde se queda la señorita Catarina? —preguntó Isabela.
Catarina Viana miró a Maison con tono alegre:
—He oído que has comprado un piso grande en las afueras del oeste de la ciudad. ¿Me harías el honor de alojarme contigo?
Maison sacó el móvil y escribió sin levantar la vista:
—Me encargo de todo.
El ambiente volvió a tensarse. En sus círculos sociales, Isabela siempre había sido vista como la intrusa que había escalado posiciones gracias a una trampa. Quería explicar que era inocente, pero la botella de vino de aquella noche había desaparecido, dejándola sin pruebas y señalada como la única beneficiaria de la situación.
Distraída por sus pensamientos, Isabela no reaccionó a tiempo. Un golpe seco resonó en la parte delantera: había chocado contra la parte trasera de un Porsche.
Frustrada y sintiéndose al límite, salió del coche. El conductor del Porsche, un hombre de mediana edad, bajó furioso, pero se detuvo al ver el rostro delicado y afinado de Isabela. Al notar que ella parecía vulnerable, cambió de tono y adoptó uno malicioso:
—Lo siento muchísimo, señor. Pagaré cualquier daño —dijo Isabela.
—Ah, no es nada grave. ¿Qué tal si, guapa, nos tomamos un café y lo hablamos con calma? —propuso el hombre, intentando intimidarla.
Isabela retrocedió, incómoda, e insistió en llamar a la policía. El hombre intentó agarrarla del brazo, pero antes de que pudiera alcanzarla, Isabela cayó en un abrazo cálido y protector.
Al girarse, vio que era Maison Thorne.
El matrimonio de Killian y SamiaEl jardín de la villa estaba irreconocible. Isabela había pasado tres semanas supervisando cada detalle: las flores blancas y doradas entrelazadas en los arcos, las mesas cubiertas de lino color crema y las luces suspendidas que, al caer la noche, transformarían aquel lugar en una constelación privada.Maison había observado todo en silencio, sonriendo de aquella manera a la que ella todavía no había aprendido a resistirse, y solo había dicho:—Quedó perfecto. Igual que tú.Ella había fingido no escuchar.Pero había sonreído durante todo el camino hasta la habitación.Detrás de escena, el caos era delicioso.João intentaba convencer a Elvis de que se ajustara la corbata, mientras Elvis insistía en que las corbatas eran instrumentos de tortura inventados por personas que nunca habían necesitado respirar de verdad.Kenedy, impecable desde temprano, observaba a los dos con la paciencia de quien ya había renunciado a intervenir.—Ustedes dos van a retrasar
Acompañada por todos, Isabela fue trasladada de urgencia al hospital. El parto se adelantó a la fecha prevista. Maison, presa de los nervios, olvidó una de las bolsas con todo lo necesario; al final tuvo que pedir a la tía Liu que se la llevara.El hospital contaba con los mejores especialistas en control del dolor. Isabela apenas sintió molestias, salvo durante unos minutos en el trayecto. A todos los demás les pidieron salir de la sala; solo quedaron ella, las matronas y Maison a su lado. Isabela permanecía semiconsciente, veía algo de televisión y comía barritas energéticas. Hacia las once de la noche, una de las matronas anunció:—Ya puede nacer.Comparado con lo que fue el primer parto, este resultó mucho más tranquilo. Tras un fuerte llanto, un pequeño ser reposó sobre el pecho de Isabela. El recién nacido tenía los párpados entrecerrados, largas pestañas y la nariz respingada: era la viva imagen de su madre. Maison limpiaba suavemente el rostro y el cuello de Isabela cuando esc
En el patio, bajo un cobertizo improvisado, el aroma de la barbacoa llenaba el aire. Junto a las brasas, Killian enseñaba a Samia cómo asar la carne, mientras tres hombres sentados a la mesa guardaban un silencio algo tenso.Samia se llevó la mano a la boca y le susurró a Killian:—¿Tu padre está enfadado?—Solo necesita tiempo para aceptar las cosas —respondió él con calma, sin dejar de dar vuelta a la carne.Samia miró a su alrededor y sintió compasión por Maison, quien parecía ser el único que salía perdiendo en aquella situación. Con curiosidad, preguntó:—¿Hace cuánto se conocen tú y Dandara?—Desde que nacimos.—¿Y tus padres y los de ella?Killian hizo una pausa, miró a lo lejos un instante y respondió:—Se conocieron en la universidad. El tío Johan es el hermano mayor de la mejor amiga de mi madre.Samia asimiló aquello. Así pues, el destino de Isabela ya estaba trazado desde siempre. No era de extrañar que Killian jamás hubiera tenido ojos para otra. Con una leve sonrisa un t
Tras aquel acuerdo, la relación de Samia pareció encaminarse por fin hacia una senda estable y feliz. Killian cubría todos sus gastos; cuanto Samia lograba ganar en trabajos ocasionales quedaba íntegro en su bolsillo. Tal como él decía: tenía tres años para ir juntando su ajuar. Sin lugar a dudas.Como estrella del equipo de baloncesto universitario, Killian solía jugar partidos cada dos semanas. Siempre que podía, Samia acudía a las gradas a animarlo. Un día, tras una victoria contundente, hizo algo que nadie esperaba: bajó directamente a la grada y la besó ante todos. Sin importarle quién viera, sin reservas. Ante miles de espectadores, anunció de forma pública y sin dejar lugar a dudas que estaba enamorado. Dejó claro a todos que tenía dueña.Al irse, Samia caminaba escondiéndose tras Tany como una niña avergonzada. Tany, entreternida y con una pizca de envidia, le dijo:—¡Pececito, me están ahogando en este mar de amor tan dulce!—No es así —corrigió Samia irguiéndose con dignidad
Último capítulo