Capítulo 4

Rodolfo llenó su copa de vino, la levantó y exclamó radiante:

—¡Vamos, brindemos por nuestro querido Maison y por su regreso a la buena vida!

Los amigos del círculo universitario no entendieron muy bien por qué había usado la palabra "regreso", pero brindaron de todos modos en señal de apoyo. Corría el rumor de que esta vez Maison traía de vuelta el foco industrial del Grupo Thorne a Cábralia. Siempre que lograran quedar bien con él y estrechar lazos, ¿qué motivo habría para no aprovechar las oportunidades que pudieran surgir?

El protagonista de la velada estaba sentado en un rincón del sofá, sosteniendo una copa de vino entre sus dedos largos y finos. Al escuchar el alboroto, asintió levemente con la cabeza con una expresión que no invitaba precisamente a la alegría. Acto seguido, todas las miradas se desplazaron hacia Catarina Viana, que estaba de pie a su lado.

Esa señorita era considerada el verdadero amor de Maison. De no haberse visto enredado con una mujer que intentó seducirle, Catarina habría sido la legítima esposa de la familia Thorne. Una historia bastante triste. Maison nació con todas las comodidades del mundo y había llevado una vida tranquila durante sus primeros veinte años; su único error había sido aquella mujer.

Aún lo recordaban bien. A primera hora de la mañana, un grupo de periodistas se presentó en el último piso del Hotel Marriott y, en cuanto abrieron la puerta, fotografiaron a Maison durmiendo junto a una mujer desconocida. Aquello le puso en una situación muy comprometida. Si no daba explicaciones, quedaría como sospechoso de conducta inapropiada y las acciones de la empresa se desplomarían. Maison, guiado por el pragmatismo de los negocios, se casó con aquella mujer y presentó el acta matrimonial.

El desprecio que sentía por ella quedaba en evidencia con esos ocho años en Estados Unidos; lo que no estaba tan claro era por qué había decidido volver ahora de manera tan repentina.

—Señorita Catarina, ¿le apetece tomar algo? —Un joven atrevido tomó la iniciativa. Como Maison estaba de mal humor, congraciarse con Catarina parecía la apuesta más segura.

—Claro —respondió Catarina con una sonrisa luminosa. Se sirvió una copa de vino tinto y la apuró de un solo trago. Al comprobar su simpatía, todos se agolparon a su alrededor para colmarla de halagos. Vestida con seda y detalles dorados, irradiaba perfección en cada gesto.

En un rincón de la sala, Rodolfo se sentó junto a Maison y le pinchó:

—¿El frío americano ha convertido tu cara en un cubo de hielo?

Su amigo había cambiado mucho. Antes era una máquina de hacer negocios sin fisuras; ahora lucía un semblante gélido y abiertamente hermético. Rodolfo sabía lo que ese "regreso" significaba realmente: en el extranjero, Maison no tenía empleados, ni asistente, ni chófer, y vivía en apenas cincuenta metros cuadrados. No lograba entender por qué se había autoimpuesto ese exilio.

Inclinándose hacia él, Rodolfo le susurró:

—¿Has vuelto esta vez porque has decidido pedir el divorcio?

La luz intensa dividía el rostro esculpido de Maison en contrastes, haciendo imposible descifrar sus emociones. Se puso en pie con determinación:

—Si no hablas, nadie va a pensar que eres mudo.

Rodolfo se quedó sin palabras, pero enseguida reparó en un destello en el dedo anular de Maison. ¿Un anillo? ¿Ni siquiera se había divorciado y ya tenía prisa por casarse con Catarina? Aquello no pintaba bien. Si Natasha llegaba a ver ese anillo, Maison tendría un serio problema. Isabela era amiga íntima de Natasha, y Natasha no perdonaba a quien hiciera daño a los suyos.

Con eso en mente, Rodolfo marcó el número de su novia:

—Natasha, no hace falta que vengas a buscarme esta noche, ya cojo un taxi.

—Perfecto —respondió Natasha sin dudarlo—. Yo tampoco tengo ninganas ganas de ver a esa falsa de Catarina. Te dejo la puerta abierta.

Rodolfo estaba furioso, aunque se lo callaba. Para él, por mucho que Catarina fuera un desastre, no era peor que Isabela: una chica sin familia que se había "metido en la cama de otro" para abrirse paso en la vida. Pero eso no podía decírselo a Natasha, o la boda quedaría cancelada.

Maison, con expresión impasible, recogió su chaqueta y se dispuso a marcharse. La gente abrió paso a su alrededor. Catarina lo siguió de inmediato:

—Maison, ¿has llamado al chófer?

Él respondió con indiferencia. En realidad, aquel banquete había sido insistencia de ella. Lo conocía desde hacía veinte años y sabía que detestaba las multidões, pero siendo presidente de la empresa, los compromisos sociales eran inevitables. Ella sentía que él la cuidaba bien. En Nueva York, Maison la había ayudado a cambiar a una universidad mejor y a obtener su doctorado. Le pagaba un alquiler carísimo para que viviera con todas las comodidades, mientras él mismo habitaba en un apartamento modesto.

—Maison, quiero trabajar en P&D. ¿Puedes ayudarme? —pidió Catarina.

Él vaciló un instante:

—Recuerdo que estudiaste hardware. P&D se centra en software y algoritmos.

—La inteligencia artificial es el tema del momento —insistió ella—. Quiero intentarlo.

Maison permaneció en silencio unos segundos.

—Me encargaré de los preparativos.

El corazón de Catarina se aceleró. Tenía la sensación de que su regreso a Cábralia, justo después de que ella mencionara que echaba de menos la comida de allí, no era ninguna coincidencia. Al posar la mirada en las manos de él, volvió a ver el anillo. ¿Querría quedarse con ella...? Los trámites del divorcio eran complicados, pero ella tendría paciencia.

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