Mundo ficciónIniciar sesiónIsabela dio un paso a un lado de inmediato.
—¿Por qué has bajado hasta aquí?
La suave fragancia de él permaneció en su nariz apenas un segundo antes de desvanecerse, como si llevara consigo algún tipo de virus. Maison frunció el ceño.
—Pareces necesitar ayuda.
No fue más que un comentario de cortesía. Tampoco era incorrecto; su relación era solo un poco más cercana que la de dos desconocidos.
—Puedo arreglármelas sola —respondió Isabela.
Maison echó un vistazo hacia las personas que esperaban en el coche y dijo:
—No les hagamos perder el tiempo.
Isabela apretó los labios. En efecto, ¿cómo iba a hacerle perder el tiempo a Catarina?
—Entonces, encárgate tú.
El hombre de mediana edad se quedó desconcertado al descubrir que la joven ya tenía pareja y que, además, parecía ser bastante adinerado, lo que le frenó cualquier pensamiento malintencionado. Maison llamó rápidamente a un abogado y cerró un acuerdo de indemnización.
Isabela se sentó en el asiento del conductor, calculando mentalmente cuánto tiempo necesitaría para saldar esa deuda. Probablemente varios años. Un golpe muy duro. Aquel pequeño choque había mermado aún más sus ya escasos ahorros y agravado los problemas de su frágil matrimonio. ¿Qué podría ser peor que tener a su marido como acreedor?
Unos golpes en la ventanilla del coche, y la voz inconfundible de Maison llegó amortiguada desde fuera:
—Sal del coche.
Isabela abrió la puerta con gesto de perplejidad y, al instante, lo oyó decir:
—Siéntate a mi lado.
¿Quería conducir él su coche? Cuando dijo "a su lado"... seguramente se refería a "detrás", ¿no? Isabela rodeó el coche por la parte trasera, abrió la puerta y subió. Su espalda rozó el asiento de cuero, donde el calor sofocante parecía aún persistir. La mirada de Maison recayó sobre el rostro de Isabela a través del espejo retrovisor, y sus cejas se fruncieron de forma casi imperceptible. El coche comenzó a moverse despacio.
Isabela miraba por la ventana pensando en cuándo debería llevar el coche al taller. Cuando hacía la compra antes de Nochevieja, había visto que había una subvención para la compra de un coche eléctrico, así que vendió su viejo coche de gasolina. Sin esperarlo, apenas unos meses después, el coche nuevo había quedado dañado. Estaba destrozada.
—Isabela, ¿cómo te ha ido todos estos años? —preguntó Catarina de repente.
Isabela se sorprendió. En la época del colegio, Catarina jamás le había prestado atención. Pero ahora se comportaba de otra manera.
—Bien.
—¿De verdad? —asintió Catarina—. Si no recuerdo mal, te licenciaste en Inteligencia Artificial y trabajaste en ese campo.
Tras graduarse, Isabela había enviado su currículo a varias empresas. Era una licenciada brillante con una nota media muy alta, pero descubrió que el sector estaba dominado por hombres y se sintió marginada. Además, al haberse cogido la baja por maternidad para tener a Killian, había perdido muchas oportunidades.
—Trabajo en el departamento de I+D de Technology —respondió Isabela, con sinceridad.
Catarina asintió:
—I+D, una empresa muy reconocida. Maison, creo recordar que tú has invertido en P&D Technology, ¿verdad?
Isabela la miró sorprendida. ¿Maison era inversor de P&D Technology? Llevaba años allí y no lo sabía. Él respondió con calma, confirmándolo. El corazón de Isabela se disparó. ¿Sabría lo de la baja por maternidad? Probablemente no, porque de lo contrario ya la habría confrontado. Lo que más temía era que él reclamase la custodia de Killian. Una madre trabajadora frente a un padre multimillonario... el juez no lo dudaría ni un momento. No podía enfrentarse a él.
Catarina bajó del coche al llegar a su exclusivo barrio y se despidió:
—Maison, hasta luego esta noche. Isabela, habrá una fiesta de bienvenida en un restaurante del centro. ¿Te apuntas?
—Esta noche tengo cosas que hacer, que lo paséis bien —respondió Isabela, convencida de que sería un hazmerreír si iba.
En cuanto se quedaron los dos solos en el coche, Maison esperó.
—Hace años... —empezó a decir Isabela.
—Siéntate delante —la interrumpió él.
Solo entonces comprendió que "a su lado" significaba el asiento del copiloto. Cambió de sitio y mantuvo la cabeza gacha. El valor para hablar se le había esfumado.
—¿Dónde vives? —preguntó él.
—No hace falta, ya conduzco yo de vuelta.
—No me sobra precisamente el tiempo —replicó él, seco.
Isabela le dio la dirección. Maison conducía con destreza.
—¿Qué ibas a decir? —retomó él el tema.
Isabela dudó entre explicarle el pasado o pedirle el divorcio. Ver a Maison con Catarina le había hecho darse cuenta de que había estado soñando demasiado.
—Lo que pasó hace ocho años no fue culpa mía. Si hubiera querido sacar provecho del matrimonio, habría actuado mucho antes. Tú y Catarina...
—Eso no es asunto tuyo —la cortó Maison con frialdad—. ¿Por qué no vives en la casa del Condominio Villa Corti?
Esa era la casa de los dos. Isabela se había mudado para ocultar el embarazo de Killian.
—No me gusta ese sitio —mintió ella.
El semblante de Maison se ensombreció.
—Hemos llegado.
Habían llegado al Condominio Fenglin.
—Alguien arreglará el coche y te lo traerá mañana —dijo él.
—Te devolveré el dinero del arreglo en cuanto pueda —prometió Isabela al bajar.
Como única respuesta, escuchó el rugido del motor alejándose, dejándola atrás.







