Mundo ficciónIniciar sesiónValentina Rojas ha vivido toda su vida atrapada en una realidad de miedo, silencio y dolor. En su propia casa aprendió que el amor podía convertirse en crueldad y que la confianza podía romperse de las peores maneras. Para su familia, ella no es más que una carga… alguien sin voz ni valor. Pero Valentina ha aprendido a sobrevivir. Sebastián Castellanos, un poderoso billonario que lo tiene todo —dinero, influencia y control— nunca ha permitido que nadie se acerque demasiado a su mundo. La vida le enseñó que las emociones son debilidades y que el poder es la única forma de mantenerse a salvo. Hasta que la ve. Una mirada fugaz desde una cafetería despierta algo que Sebastián creía perdido: la necesidad de proteger a alguien más que a sí mismo. Cuando descubre la verdad detrás de los ojos asustados de Valentina, comprende que ella vive una pesadilla que nadie debería soportar. En ese momento toma una decisión que cambiará el destino de ambos. Rescatarla no será fácil. Porque hay hombres que creen que pueden poseer a una persona. Hombres que no están dispuestos a dejarla ir. Y Sebastián está dispuesto a destruir todo lo que sea necesario para darle a Valentina lo que nunca ha tenido: Libertad. En medio del miedo, las heridas del pasado y los peligros que los persiguen, dos vidas destinadas a nunca cruzarse descubrirán que incluso en la oscuridad más profunda… el amor puede convertirse en la fuerza más poderosa de todas
Leer másLa lluvia caía suavemente sobre la ciudad aquella mañana.
Las gotas golpeaban las ventanas del pequeño apartamento con un sonido constante, casi hipnótico. Para muchos, ese ruido podía resultar relajante.
Para Valentina no.
Cada sonido fuerte la hacía sobresaltarse.
Estaba de pie frente al fregadero de la cocina, lavando los platos del desayuno. Sus movimientos eran rápidos, casi mecánicos, como si quisiera terminar lo antes posible.
Sabía que no debía tardar.
Nunca debía tardar.
El apartamento estaba en silencio, pero ese silencio no significaba paz.
Significaba que en cualquier momento algo podía romperlo.
Valentina tenía veintidós años, pero en sus ojos había un cansancio que parecía mucho más antiguo.
Su cabello oscuro estaba recogido en una coleta desordenada y su rostro, aunque naturalmente hermoso, siempre estaba serio, como si sonreír fuera algo que hubiera olvidado cómo hacer.
Miró el reloj de la pared.
7:10 de la mañana.
Tenía que irse pronto para llegar a la cafetería donde trabajaba.
Ese lugar era el único espacio donde podía respirar un poco.
Donde nadie le gritaba.
Donde nadie la golpeaba.
Donde nadie la trataba como si no valiera nada.
Terminó de lavar el último plato y lo dejó en el escurridor con cuidado.
Entonces escuchó pasos en el pasillo.
Su cuerpo se tensó inmediatamente.
La puerta del dormitorio se abrió con un golpe.
—¿Ya hiciste el desayuno?
La voz de su hermano Daniel llenó el pequeño apartamento.
Valentina bajó la mirada.
—Sí.
Daniel apareció en la cocina unos segundos después.
Era tres años mayor que ella y mucho más alto. Su presencia parecía ocupar todo el espacio.
Sus ojos oscuros recorrieron la cocina.
—Está frío.
Valentina apretó los dedos contra el borde del fregadero.
—Puedo calentarlo.
Daniel bufó con desprecio.
—Siempre inútil.
Tomó el plato de la mesa y lo dejó caer con fuerza sobre el mostrador.
El ruido hizo que Valentina se estremeciera.
—Lo siento —susurró.
Daniel se acercó lentamente.
Demasiado cerca.
Valentina conocía esa mirada.
Era la misma que aparecía cuando él estaba de mal humor.
La misma que había aprendido a temer desde que era una adolescente.
Daniel levantó la mano.
Valentina cerró los ojos instintivamente.
Pero el golpe nunca llegó.
En cambio, él soltó una pequeña risa.
—Mira cómo tiemblas.
Valentina abrió los ojos lentamente.
Daniel parecía disfrutar de su miedo.
Siempre lo hacía.
—Patética —murmuró él.
Tomó el plato y salió de la cocina.
Valentina permaneció inmóvil unos segundos.
Su corazón latía demasiado rápido.
Respiró profundamente.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Era algo que había aprendido a hacer para calmarse.
No debía llorar.
No aquí.
No ahora.
Tomó su bolso del respaldo de la silla.
Tenía que irse.
Mientras se ponía su abrigo viejo, escuchó la voz de su padre desde la sala.
—No llegues tarde esta noche.
Valentina se detuvo en la puerta.
—Sí.
—Tenemos invitados.
El estómago de Valentina se hundió.
Sabía lo que significaba eso.
Pero no respondió.
Solo salió del apartamento.
El aire frío de la mañana golpeó su rostro cuando llegó a la calle.
La lluvia seguía cayendo.
Caminó rápido hacia la parada del autobús, abrazando su bolso contra el pecho.
Las calles estaban llenas de personas que comenzaban su día.
Personas normales.
Personas que reían.
Que hablaban.
Que parecían vivir en un mundo completamente diferente al suyo.
Valentina bajó la mirada mientras caminaba.
Había aprendido a no llamar la atención.
A ser invisible.
Eso era lo más seguro.
El autobús llegó unos minutos después.
Subió y se sentó cerca de la ventana.
Mientras el vehículo avanzaba por la ciudad, Valentina observó las gotas de lluvia deslizarse por el vidrio.
A veces se preguntaba cómo sería tener una vida diferente.
Una donde no tuviera miedo.
Una donde pudiera reír sin sentir culpa.
Pero esos pensamientos eran peligrosos.
Porque la esperanza siempre terminaba en decepción.
Cuando el autobús finalmente se detuvo frente a la pequeña cafetería donde trabajaba, Valentina bajó rápidamente.
El aroma del café recién hecho la recibió en cuanto entró.
Marta, la dueña del lugar, levantó la mirada desde el mostrador.
—¡Buenos días, Vale!
Valentina asintió ligeramente.
—Buenos días.
Marta sonrió.
—Hoy va a ser un día tranquilo.
Valentina dejó su bolso en el pequeño cuarto de empleados.
No sabía por qué, pero por primera vez en mucho tiempo, sintió una pequeña sensación extraña en el pecho.
Como si algo estuviera a punto de cambiar.
Todavía no lo sabía.
Pero ese día…
alguien entraría en esa cafetería.
Alguien que cambiaría su destino para siempre.
Sebastián Rossi.
La mañana comenzó como cualquier otra en la casa de Sebastián, pero Valentina sentía una inquietud difícil de explicar.Había despertado temprano, antes de que saliera el sol. El silencio de la casa, que antes le daba tranquilidad, esa mañana le resultaba inquietante. Bajó a la cocina descalza, todavía envuelta en el suéter que había tomado del armario de Sebastián la noche anterior. El suelo estaba frío bajo sus pies, y el aire de la madrugada tenía ese aroma suave a humedad y a tierra mojada que entraba desde el jardín.Encendió la cafetera y observó cómo el vapor comenzaba a elevarse lentamente.Intentaba convencerse de que todo estaba bien.Pero su cuerpo no parecía creerlo.Había algo en el ambiente, una sensación difícil de describir… como si algo oscuro estuviera acercándose lentamente.Sebastián apareció unos minutos después, despeinado y todavía adormecido.—Te levantaste muy temprano —dijo con voz tranquila mientras se acercaba a la mesa.Valentina le ofreció una taza de caf
La mañana siguiente amaneció con una calma extraña.El cielo estaba cubierto por una capa uniforme de nubes grises, y el aire tenía esa quietud particular que antecede a una tormenta. Valentina estaba en la cocina preparando café cuando escuchó a Sebastián bajar las escaleras.Llevaba la camisa arremangada y el cabello todavía un poco desordenado, como si no hubiera dormido del todo bien.—Buenos días —dijo ella.Sebastián levantó la mirada y sonrió ligeramente.—Buenos días.Se acercó a la cafetera y apoyó una mano sobre la encimera.—Huele bien.—Creo que me estoy volviendo buena en esto.—Creo que sí.El momento era sencillo, casi doméstico, y a Valentina le produjo una emoción inesperada. A veces esos pequeños instantes eran los que más le dolían y a la vez más la ayudaban, porque le mostraban todo lo que nunca había tenido.Estaba sirviendo el café cuando el teléfono de Sebastián sonó sobre la mesa.Él miró la pantalla.Su expresión cambió de inmediato.Valentina lo notó antes in
La casa estaba en silencio.No un silencio incómodo, sino uno suave, casi íntimo, de esos que solo existen cuando dos personas empiezan a acostumbrarse a compartir el mismo espacio. Pero aquella noche, para Valentina, ese silencio pesaba demasiado.No podía dormir.Llevaba más de una hora dando vueltas en la cama, mirando el techo, escuchando el sonido lejano del viento golpeando los árboles del jardín. Finalmente se levantó, se puso una chaqueta liviana y bajó en silencio hasta la terraza.El aire fresco de la noche la envolvió de inmediato.Se sentó en una de las sillas de madera y cerró los ojos.A veces todavía le parecía imposible estar allí.En una casa tranquila.Sin gritos.Sin amenazas.Sin miedo inmediato.Pero el pasado no desaparecía solo porque cambiara el escenario. Seguía dentro de ella, oculto en la forma en que se tensaba cuando un teléfono sonaba demasiado fuerte, en cómo todavía le costaba creer que alguien pudiera hacer algo bueno por ella sin pedir nada a cambio.
En otra parte de la ciudad, Daniel Morales observaba la lluvia caer sobre el parabrisas de su automóvil con una expresión dura. El motor estaba encendido, pero no tenía prisa por moverse. Le gustaba pensar antes de actuar. O al menos, eso era lo que se decía a sí mismo.En realidad, Daniel no era paciente.Era impulsivo, violento y orgulloso. Pero había aprendido algo con los años: cuando una persona cree que ya escapó, baja la guardia.Y él estaba esperando exactamente eso.En el asiento del copiloto, su amigo Ramiro fumaba en silencio.—Llevas demasiado rato mirando la misma foto —murmuró, exhalando humo por la ventana entreabierta.Daniel bajó la vista hacia el teléfono que sostenía en la mano.En la pantalla estaba la fotografía de Valentina.Una imagen vieja, tomada meses atrás, en la que ella aparecía saliendo de la cafetería con la cabeza baja y los hombros encogidos. Daniel observó la foto unos segundos más antes de bloquear el teléfono.—Va a volver a cometer un error —dijo f
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