Al entrar en el despacho, Isabela se encontró al director sentado tras su mesa de caoba con una expresión de profundo desdén. Ni siquiera levantó la vista de los papeles cuando se abrió la puerta.
—¿Por fin ha decidido aparecer? —su voz era gélida—. ¿Dónde estaba usted? ¿Sabe qué hora es?
Isabela mantuvo la espalda recta, sin dejar traslucir el nerviosismo que solía sentir.
—Fui a entregar los documentos que me solicitaron, director. Hubo un imprevisto en el camino, pero el protocolo de entrega