Enamorado de la Niñera de mi Hijo
Enamorado de la Niñera de mi Hijo
Por: Alejandra Soto
Capítulo 1

Liam no recordaba haber sentido tanto frío en una habitación cálida. Las palabras de Miranda seguían flotando en el aire, como un eco que se negaba a disiparse.

No puedo hacerme cargo de un hijo que no quiero —había dicho ella, con una serenidad que a él le dejó el estómago vacío—. Y aunque fuera mío, no voy a entregar mi juventud a la maternidad.

Liam tenía diecisiete años. Ella también. Pero mientras él sentía que el mundo se encogía, Miranda parecía liberada, como si soltar aquel peso fuera lo único que necesitaba.

Él la miró largo rato, intentando encontrar algo en su rostro… una duda, un temblor, una grieta. No encontró nada.

—No voy a pelear contigo —respondió al fin, con la voz quebrada pero firme.

Miranda tomó sus cosas sin mirar atrás. El golpe de la puerta al cerrarse marcó el final de su historia… y el inicio de otra muy distinta.

Liam se hundió en el sillón, las manos temblorosas. Tenía miedo. Miedo real. No sabía cómo cambiar un pañal, no sabía cómo sostener un bebé, no sabía cómo explicarle al mundo que a los diecisiete iba a criar un hijo solo.

Pero cuando apoyó una mano sobre su abdomen —ahí donde apenas empezaba a crecer un futuro— lo comprendió.

No tenía todas las respuestas.

Probablemente no tenía ninguna.

Pero sabía lo que no iba a hacer: abandonar.

Porque si alguien había sido dejado atrás, ese alguien no sería su hijo.


Cinco años después, el sonido del silencio lo despertó.

—Leo… —murmuró Liam, frotándose los ojos.

La cama del niño estaba vacía. Demasiado vacía.

El corazón le dio un salto.

Se levantó de un brinco, tanteando la habitación de su hijo: juguetes desordenados, el dinosaurio favorito tirado en el suelo, la ventana cerrada. Nada extraño… pero tampoco estaba Leo.

—¿Leo? —llamó, un poco más fuerte.

Nada.

Entonces escuchó un ruido. Un sonido suave, repetitivo. Como un ras-ras-ras contra una superficie.

Liam avanzó por el pasillo y apenas dobló hacia la cocina… se quedó petrificado.

Las paredes, la mesa, el refrigerador… incluso el piso.

Todo.
Absolutamente todo.

Estaba cubierto de dibujos hechos con un rotulador permanente.

Estrellas de cinco puntas. Garabatos con caritas sonrientes. Dinosaurios. Lo que él supuso que era un gato (o un monstruo). Arcoíris. Y su favorito: un adulto con palito, un niño más pequeño con palito, y un corazón gigantesco encima.

En medio del desastre, Leo estaba sentado en el piso, muy concentrado, trazando un sol amarillo sobre la puerta del horno.

Cuando lo oyó, levantó su cabecita rubia, sonriendo con orgullo.

—¡Papi! Mira, mira… hice arte.

Liam abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla. El pánico inicial había sido reemplazado por algo que no sabía si era resignación, cariño… o las ganas de llorar y reír al mismo tiempo.

—Leo… ¿con qué estás pintando?

Leo levantó el marcador como si fuera un trofeo.

—Con este. No se borra. Para siempre.

Para siempre.

La palabra cayó sobre él como un recordatorio viviente de la vida que llevaba desde hacía cinco años.

Caótica.

Difícil.

Agotadora.

Y llena de momentos como este… inolvidables.

Liam suspiró, soltando finalmente una risa ahogada.

—Hijo… ¿qué voy a hacer contigo?

Leo corrió hacia él con los brazos abiertos.

—¡Abrazos! —gritó, estampándose contra su pecho.

Liam lo levantó en brazos, besando su cabecita llena de energía y travesuras.

Sí, estaba cansado. Sí, las paredes arruinadas le costarían dinero. Sí, probablemente iba a tener que ver tutoriales para intentar arreglar esto.

Pero no lo cambiaría por nada.

—Vamos —dijo Liam, caminando hacia el baño con el niño en brazos—, primero te lavo las manos… y luego intento no llorar mientras veo cómo salvar la cocina.

Leo rió a carcajadas, feliz de su obra maestra.

Y ahí, entre manchas de rotulador y risas infantiles, Liam entendió algo:

Tal vez él no había elegido este camino.

Pero elegiría a su hijo todos los días.

Leo seguía pintando como si el mundo fuera suyo. Sus pequeños dedos manchados de colores se movían con absoluta libertad mientras tarareaba una canción inventada. No tenía idea del caos monumental que había creado.

Liam, en cambio, sí.

—¡Leo! —exclamó al verlo trazar un dinosaurio verde enorme sobre la puerta del refrigerador.

El niño dio un respingo, miró a su padre… y echó a correr.

—¡No, no, no! ¡Vuelve aquí! —Liam salió tras él, esquivando juguetes y resbalando ligeramente en el piso manchado.

Leo corría entre risas, convencido de que era parte del juego.

—¡Soy más rápido que tú, papaaaá! —gritó, riendo a carcajadas.

Liam logró atraparlo justo antes de que escapara al pasillo.

—¡Ajá! —dijo, levantándolo en brazos.

El niño pataleaba suavemente, riendo todavía, hasta que vio el rostro serio —aunque cansado— de su padre.

—Leo… —Liam respiró profundamente—. No puedes hacer esto. Mira cómo está toda la cocina. Esto no se borra, hijo.

Leo bajó la mirada. No lloraba ni se defendía, simplemente guardaba silencio mientras jugaba nervioso con la capucha de su sudadera.

—¿Hice mal? —preguntó finalmente, con voz pequeñita.

Liam sintió que el enojo se le diluía en el pecho, como siempre pasaba.

Porque Leo no era un niño malo.

Solo era un niño.

—Sí —contestó con ternura firme—. Hiciste algo que no debías. Pero lo vamos a arreglar juntos, ¿de acuerdo?

Leo asintió, tocándose la nariz con un gesto culpable.

Mientras limpiaban —o al menos lo intentaban— Liam sintió ese cansancio silencioso que se le había vuelto rutina. Cinco años de madrugadas, pañales, fiebre, trabajo, noches sin dormir, carreras para llegar a tiempo, sacrificios pequeños y gigantes.

Cinco años en los que había tenido que aprenderlo todo solo.

Y sí, amaba a su hijo con una fuerza que a veces lo asustaba. Pero había días en los que el agotamiento le calaba hasta los huesos.

Ese día era uno de ellos.


—Vamos, es hora de la guardería —dijo después, ayudando a Leo a ponerse la mochila.

El niño arrugó la nariz, haciendo un puchero que anunciaba desastre.

—No quiero ir.

—Cariño, sabes que tengo que trabajar.

—No me gusta ahí —insistió, su vocecita temblando.

Liam agachó la cabeza para quedar a su altura.

—Es solo un rato, pronto regreso por ti.

Leo negó con fuerza, los ojos llenándosele de lágrimas.

—Papá, no… por favor quédate conmigo.

Liam sintió un nudo en la garganta. Ojalá pudiera. Ojalá la vida fuera tan sencilla. Pero había facturas, alquiler, comida, responsabilidades que no perdonaban ternuras ni deseos.

—Leo… tengo que trabajar para cuidarte, ¿sí? Para darte todo lo que necesitas.

El niño lo miró con esa mezcla de tristeza y confusión que solo los pequeños saben tener. Su labio inferior tembló y, sin previo aviso, soltó:

—Papá… eres un mal padre.

Las palabras fueron tan suaves… y tan devastadoras.

Liam se quedó inmóvil. Su corazón pareció detenerse un segundo. Sintió un golpe caliente en el estómago, como si gran parte de sus miedos hubieran tomado forma en boca de su propio hijo.

Leo no sabía lo que decía.

Era solo un niño.

Solo expresaba su dolor, su miedo, su deseo de no separarse.

Liam lo sabía.

Pero dolió. Dolió más de lo que debería.

Tragó saliva, intentando no dejar ver cómo la frase lo había partido por dentro.

—Lo siento… —susurró, con una sonrisa triste—. Ojalá pudiera hacer las cosas mejor.

Leo bajó la cabeza, limpiándose las lágrimas con la manga.

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