Esa noche, Bianca la pasó en la habitación de Leo mientras un feo sentimiento se arremolinaba en su estómago. Liam no pudo evitar acariciar la frente de su hijo quien dormía a su lado mientras analizaba todas sus expresiones asegurándose de que el pequeño estaba sano y salvo.
Esa mañana cuando despertó y se encontró con Leo y su linda niñera, no pudo evitar que sus ojos brillaran ante la imagen de un desayuno servido para él.
Las mañanas parecían haber cambiado, ya no necesitaba correr por todos lados y descuidar su imagen porque ahora había alguien que cuidaba de Leo y él.
Sólo una cosa daba vueltas en su mente.
Y es que su cerebro se negaba a no poder probar aquellos labios rosados.
Bianca tendrá que disculparlo.
O quizás solo debía convencerla.
Pero no había duda en que lo haría.
El besaría a Bianca.
—¿U-una cita?—. La chica al frente suyo asintió mientras las mejillas se le teñían de rojo—. Y-yo… no lo creo, mi hijo…
—¿De qué hablas Palmer? Bianca siempre cuida a Leo, no creo que