Mundo ficciónIniciar sesiónLena Falcón lo tenía todo: dinero, poder y un esposo que la adoraba. Pero una noche encuentra un cabello rojizo en el saco de su marido. Dimitri, su esposo ruso, no solo la engañó con su empleada: la embarazó. Ahora Lena enfrenta un divorcio sucio. Él quiere quitarle la mitad de todo, incluso adueñarse de otros negocios. Sumado a eso está frustrada porque no puede quedar embarazada. Lena toma una decisión desesperada. Le pide ayuda a su mejor amigo de la infancia, el hombre al que Dimitri más odía: Alán Montoya. Alán es mujeriego, no cree en el amor ni en los compromisos. Pero cuando Lena le pide lo imposible, se rehusa pero al final no puedo decirle que no. ¿Qué puede salir mal cuando un pacto se convierte en una obsesión?
Leer másNada entre ellos pasó de miradas filosas y comentarios medio ácidos durante el resto de la tarde. Ya no eran los adolescentes que tonteaban en las vacaciones familiares, ni los jóvenes impulsivos que se retaban a peleas absurdas que jamás tenían un desenlace físico.Eran un par de adultos con responsabilidades. Eran cuñados, unidos por el lazo inquebrantable de la mujer de la casa.Alán pasó el brazo por los hombros de su esposa con un gesto posesivo y la atrajo hacia sí para darle un tierno beso en la frente.—Espero que ese maldito ruso haya pagado de verdad todo lo que le hizo a mi hermana —Luciano miró a Alán fijamente, en busca de una confirmación real.—Sí, Luciano. Dimitri está en prisión, y se quedará ahí por muchos años —le aseguró Lena, tranquila.—¿Solo eso? ¿Las autoridades lo dejaron irse a su país así de fácil tras el escándalo? Y si allá logra sobornar a la justicia y sale como si nada —apretó los dientes de tan solo imaginar que algo así ocurriera.—No está en Rusia.
Lena acarició su vientre con ternura, mientras sus ojos se enfocaban en la ecografía correspondiente a su segundo trimestre de gestación.Habían pasado ya un poco más de dos meses desde aquella tarde de revelaciones en el hotel. En la esquina superior del álbum de recuerdos que preparaba con esmero para su bebé, anotó la leyenda "dieciséis semanas" con una caligrafía pulcra.Alán había vuelto por completo a su habitual y demandante horario de trabajo en los negocios. Ella, por seguridad, trabajaba desde casa.Por otro lado, su madre le marcaba por teléfono de forma religiosa tres veces al día; quería saber a detalle si se sentía bien, si había suficiente comida en la nevera o si necesitaba alguna cosa del supermercado. Ella, con paciencia, siempre le respondía con un seco y tranquilizador: "todo bajo control, mamá".Su suegra tampoco se quedaba atrás; le marcaba cada tercer día con voz dulce para preguntarle con timidez si podía visitarla por la tarde, llevarle un poco de comida case
Entonces se dio cuenta de que la realidad de su vida con Dimitri había sido mucho peor de lo que imaginó. Aquel hombre no solo la traicionó con un romance secreto, sino que saboteó su anhelo más grande y manipuló su salud con crueldad.Sus ojos se llenaron de inmediato de unas lágrimas amargas que se negaba a derramar por orgullo, y el pecho se le oprimió tanto que le faltó el aire.Abrió los ojos con dificultad y, antes de que intentara decir cualquier cosa con la garganta apretada por el dolor, los brazos firmes de Alán la rodearon, un refugio cálido.—Me voy a encargar personalmente de refundir en el infierno a ese malnacido —le aseguró él con una voz ronca, cargada de furia gélida que prometía destrucción.Lena negó rápido con la cabeza, presa del pánico por lo que su esposo era capaz de hacer cuando se descontrolaba.—No, Alán. Por favor, no hagas nada —le suplicó ella con un hilo de voz. Odiaba a Dimitri con cada fibra de su ser y quería ahorcarlo con sus propias manos por el
Lena se levantó de la cama en busca de un vaso de agua fresca; había pasado ya una hora y media desde el momento exacto en que Alán salió de la casa. No se le hizo extraño que todavía no hubiera regresado al departamento. Los imprevistos en los negocios eran eso, cosas que pasaban sin previo aviso y demandaban atención inmediata. Se sentía bastante descansada tras la siesta. Tenía el rostro un poco hinchado por el sueño reciente, pero fuera de ese detalle, no sentía ningún otro malestar en su cuerpo. Caminó a paso lento hacia la sala y se sentó en el sofá principal. El mueble era bastante reducido en comparación con el suyo, y esa falta de espacio hizo que no se le hiciera tan cómodo. Sin mucho más que hacer, tomó el control remoto y prendió la televisión. En la pantalla se proyectaba una especie de drama romántico. La mujer de la historia, la protagonista, escuchaba desconcertada a su mejor amigo anunciar que se iba a casar con otra. La noticia le cayó “como un balde de agua he
Último capítulo