Mundo ficciónIniciar sesiónLena Falcón lo tenía todo: dinero, poder y un esposo que la adoraba. Pero una noche encuentra un cabello rojizo en el saco de su marido. Dimitri, su esposo ruso, no solo la engañó con su empleada: la embarazó. Ahora Lena enfrenta un divorcio sucio. Él quiere quitarle la mitad de todo, incluso adueñarse de otros negocios. Sumado a eso está frustrada porque no puede quedar embarazada. Lena toma una decisión desesperada. Le pide ayuda a su mejor amigo de la infancia, el hombre al que Dimitri más odía: Alán Montoya. Alán es mujeriego, no cree en el amor ni en los compromisos. Pero cuando Lena le pide lo imposible, se rehusa pero al final no puedo decirle que no. ¿Qué puede salir mal cuando un pacto se convierte en una obsesión?
Leer másAlán condujo con una mano en el volante y la otra apoyada en el apoyabrazos central. De reojo, miró a Lena. Ella iba con la vista fija en la carretera, los dedos entrelazados sobre el regazo.—Oye —dijo él, con una sonrisa pícara—. Al fin se cumplió el día. Me bañé en agua fría para no eyacular.Lena no se rió. Solo giró la cabeza hacia la ventanilla y apretó los labios. Un pequeño gesto de disgusto le arrugó la nariz.—Alán —dijo ella, con un suspiro cansado—. Si dices otra vez la palabra "eyacular", juro que me bajo del auto.—¿Eyacular? —repitió él, alargó la palabra con una entonación exagerada y soltó una carcajada baja—. No dije nada. Fue tu imaginación.Lena lo fulminó con la mirada. Los ojos cafés claros se le encendieron un segundo. Él fingió concentrarse en el volante, pero la sonrisa no se le borró del rostro. Un músculo de su mejilla se tensó por la contención.Ella sabía que lo hacía a propósito. Desde que ella usó esa palabra en el mensaje de texto, Alán la repetía en ca
Alfonso, al no encontrar tiempo y, según sus propias palabras, no tener buen gusto para organizar fiestas de compromiso, le pidió a su novia Patricia que le ayudara con la organización.La mujer siguió las indicaciones al pie de la letra: nada demasiado extravagante, ni muy costoso; que se viera elegante, pero sin que pareciera que tiraban el dinero.Mientras terminó de leer la lista de invitados y confirmó el menú con el servicio de catering, volteó a ver a su novio. Tenía una pregunta en la punta de la lengua, pero la contuvo unos segundos más. Sus dedos repasaron el borde de la carta sin prisa.—¿No te gusta? —preguntó al fin, señalando el plato con un gesto de la barbilla.Alfonso llevó un trozo de carne a la boca. Masticó dos veces, despacio, como si evaluara cada textura. Dejó el tenedor sobre el plato con un golpe seco y se limpió los labios con la servilleta.—Está bien. Cumple su función —dijo, y volvió a tomar el tenedor.Patricia solo asintió. Una sonrisa pequeña se dibujó
Alfonso leía con cierta burla las invitaciones blancas de la fiesta de compromiso de su hermano.—La caligrafía es elegante —apretó los labios en cuanto sus ojos se posaron en el nombre de Alán seguido por el de Lena. Unió ambas tarjetas como si fueran una sola pieza, las levantó a la altura de sus ojos y las examinó con detenimiento, como si el contraste de los apellidos fuera un jeroglífico que debía descifrar.Alán no necesitó enfocar la vista en Alfonso. Le bastó con escuchar su estúpido tono para darse cuenta de que se mofaba de él. Cruzó los brazos sobre el pecho y apoyó la espalda en el respaldo de la silla, con la mandíbula ligeramente tensa. Un músculo le saltó en la mejilla.—Espero que no hayas mandado eso todavía —dijo. Su voz salió seria, como si aquello fuera de suma importancia.—¿Qué? ¿Por qué? —Alfonso se acomodó las gafas con un dedo. Alzó la mirada hacia la figura de su hermano menor, sentado frente a su escritorio. Notó la rigidez de sus hombros y esbozó una sonris
Los dedos de Lena tecleaban rápido. Sus ojos fijos en la pantalla del ordenador. Al parecer, los primeros documentos que le dio Alán eran una especie de prueba. Pasó sin mucho esfuerzo. Lo verdaderamente interesante estaba a punto de comenzar. “Enzo De Santis”, leyó el nombre en el documento. “De Santis”, se repitió. Un apellido bastante peculiar. ¿Era italiano? «¿Cómo de mafia italiana?», pensó. Al instante negó con la cabeza. Que fuera un apellido italiano no lo convertía automáticamente en un gánster. Además, Alán no se metería con ese tipo de personas. «¡Es un casino!», exclamó en sus adentros. Esos lugares de apuestas, lujos y vicios siempre tenían alrededor a personas con negocios no tan lícitos. «Alán no…», ni en su mente pudo terminar la oración. Él, en los últimos años, había adquirido una riqueza propia impresionante. Tenía mucho tiempo que ni siquiera dependía del negocio familiar. Lo único que lo mantenía medio atado a la empresa de su padre era su madre, Adriana.
Último capítulo