Mundo ficciónIniciar sesiónLena Falcón lo tenía todo: dinero, poder y un esposo que la adoraba. Pero una noche encuentra un cabello rojizo en el saco de su marido. Dimitri, su esposo ruso, no solo la engañó con su empleada: la embarazó. Ahora Lena enfrenta un divorcio sucio. Él quiere quitarle la mitad de todo, incluso adueñarse de otros negocios. Sumado a eso está frustrada porque no puede quedar embarazada. Lena toma una decisión desesperada. Le pide ayuda a su mejor amigo de la infancia, el hombre al que Dimitri más odía: Alán Montoya. Alán es mujeriego, no cree en el amor ni en los compromisos. Pero cuando Lena le pide lo imposible, se rehusa pero al final no puedo decirle que no. ¿Qué puede salir mal cuando un pacto se convierte en una obsesión?
Leer másDe un momento a otro, guiada por un impulso ciego y sin detenerse a pensar si era lo correcto o si de verdad lo quería, Lena se puso de pie. Caminó los pocos pasos que los separaban, se acercó a su esposo y extendió la mano; la yema de su dedo corazón y del índice tocaron despacio su mejilla cálida, delineó la línea de su mandíbula tensa con una suavidad que desarmó al hombre de inmediato. —No digas más tonterías, Alán —le dijo entre sollozos, con la voz quebrada por el cúmulo de emociones que amenazaba con asfixiarla—. Aún con toda tu locura, eres el único hombre para mí. Nuevas lágrimas se deslizaron por el rostro de Lena. Alán, al percatarse del llanto y de la rendición en sus palabras, se levantó de la silla sin demora y la atrajo con fuerza hacia sí, la atrapó contra su pecho firme. Ella no opuso la más mínima resistencia al agarre. En el fondo de su conciencia, sabía a la perfección que si accedía a verlo a solas en esa habitación, algo como eso terminaría por pasar tarde
—Bueno —Lena soltó todo el aire que tenía retenido en los pulmones, forzó una calma que no sentía—. Entonces, dime. Quiero escuchar tu versión, toda tu explicación de los hechos. Alán avanzó con paso dubitativo y se sentó en una de las sillas de madera del comedor de la suite, justo en la que quedaba enfrente de su esposa. No pasó desapercibido para su mirada lo hinchado de los párpados de su esposa. Producto del llanto reciente, ni lo sumidas que tenía las mejillas por culpa de los días de ayuno forzado. Aún así, con ese semblante, le pareció el rostro más hermoso y perfecto que había visto en toda su vida. —Bien… —Respiró hondo, buscó el valor en el fondo de su orgullo—. Lo que dijo esa mujer en la oficina con respecto al dinero que le di para qué… para qué sedujera al ruso, es completamente verdad. No te voy a negar ese hecho. Pasaron los segundos en un silencio denso y, al ver que Alán no agregaba nada más a la confesión, Lena apretó los puños sobre el regazo y le preguntó si
Lía terminaba de peinar el cabello fino de Marcus cuando la puerta de la habitación se abrió de repente, con un sutil chirrido. —Te tardaste muchísimo en la clínica, Lena. ¿Qué te recetó el doctor? ¿Quieres ir con nosotros a la plaza comercial de enfrente? Hay un área especial de juegos para niños, buenos restaurantes y tiendas de ropa. Nos invitó Giovanni hace un rato —le explicó de manera despreocupada a su prima, sin girarse aún hacia la entrada. —No… yo tengo un pendiente muy grande que arreglar —la voz de Lena salió completamente rota desde el umbral. No podía parar de llorar de la pura emoción cada vez que el recuerdo de la imagen de su semillita de sésamo y de ese latido intermitente dentro de su vientre volvía a su mente. Lía alzó la vista en dirección a Lena de inmediato, preocupada al escucharla llorar con semejante intensidad. Dejó el cepillo infantil sobre la mesita de noche. —¿Qué demonios pasó, Lena? ¿Te dieron una mala noticia? Lena avanzó a paso lento hacia la c
—Esto… debe ser un error —dijo ella con el ceño fruncido, mientras sentía que el mundo giraba a una velocidad vertiginosa—. Y en una clínica tan prestigiosa y seria como esta no deberían permitirse esos errores de diagnóstico. La doctora Campo se aclaró la garganta de inmediato al percibir la expresión defensiva y visiblemente molesta en el rostro de la paciente. Acomodó los anteojos sobre el puente de su nariz con calma profesional. —Señora Falcón, las pruebas de embarazo en sangre tienen entre un 97 y un 99.9 por ciento de eficacia clínica. Es un margen científico absoluto. Es sumamente difícil que fallen. Lena se cubrió la boca con ambas manos, asombrada. El pulso le retumbó en los oídos, pero todavía no se permitía cantar victoria. El miedo a una nueva desilusión era un monstruo que conocía a la perfección. —¿Entonces? ¿Qué procede ahora? —preguntó desconcertada, con un hilo de voz. —Podemos realizar una ecografía para evaluar el estado real del útero. Sin embargo, si el em





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