Alfonso miraba de reojo a Alán. Extrañado por lo callado y quieto que estaba en su asiento. Apenas picaba la comida con el tenedor.
«Así que lo de Lena y su esposo sí era cosa seria», pensó mientras le daba un trago a su jugo de naranja.
Alán soltó un largo suspiro. El cuarto suspiro desde que comenzaron el desayuno, hacía quince minutos.
—¿Y qué hay de nuevo? —se limpió la comisura de los labios con una servilleta.
Alán giró el rostro.
—El Dimitri es un mierda. Una verdadera basura —escupió la