Lena Falcón sostuvo entre sus manos el saco negro de su marido.
«Es imposible que Dimitri vea a otra mujer, él te ama», le repetía una voz en su cabeza.
Lena era la hija menor de una familia importante, heredera de una corporación energética.
Aspiró el aroma del saco y pudo identificar otro olor mezclado con el perfume de su marido.
Sus dedos temblaron apenas.
“Lena, Paty me dijo que vio a tu aterrador esposo en un restaurante en Loseta, acompañado de una pelirroja, ¿todo bien?”, recordó el mensaje que le había mandado Alfonso.
Los Falcon y los Montoya habían crecido entrelazados. Alfonso no era solo un amigo, era el hermano mayor que siempre la había protegido.
—Es una estupidez —se dijo intentando ignorar el nudo en su garganta.
Sin embargo, a la hora de acomodar la prenda, una delgada hebra rojiza llamó su atención.
Lo quitó de la tela con dos dedos. Se trataba del cabello largo y rojo de una mujer.
Su corazón se aceleró.
Alfonso le había mandado ese mensaje hace cuatro días.
Dimitri tenía un closet lleno de trajes formales. Imposible repetir el mismo saco de hace cuatro días.
Entonces ese día se había vuelto a encontrar con la famosa pelirroja.
«Esto debe ser un error», se repetía una y otra vez.
Había visto cientos de programas de chismes donde contaban acerca de los problemas previos a una infidelidad.
Pero a ella eso no le podía pasar.
Su matrimonio era perfecto.
Su esposo ruso, de casi dos metros, con mandíbula definida y cara de pocos amigos, no podía serle infiel.
No tenían discusiones.
Ni falta de sexo.
El único “drama” que padecían sus vidas, aparte de la ajetreada agenda laboral, era el tratamiento in vitro al que se sometía por no poder quedar embarazada de manera “tradicional”.
—Esto está mal —se dijo y forzó una sonrisa.
Se repitió que era una mujer de mente fuerte. Que no se tenía que dejarse llevar por simples suposiciones.
Dimitri salió de bañarse.
Únicamente con una toalla atada a la cintura.
Las gotas de agua caían por su pecho amplio y marcado.
Sus ojos oscuros se posaron en ella.
Lena se acercó y le dio un beso más intenso de lo que planeó en un principio.
Él la detuvo.
—¿No estabas hinchada por la m****a del in vitro? —le preguntó con su marcado acento ruso.
Lena asintió. Dimitri la sostuvo con fuerza por la barbilla y le susurró, —En cuanto esos efectos secundarios se disipen, te voy a tomar con tal fuerza que no te quedará aliento más que para clamar mi nombre entre gritos.
…
Al día siguiente, Dimitri salió de la ciudad; no era algo nuevo. Todo el tiempo tenía cosas que atender.
Lena llegó más temprano con la intención de revisar algo.
Entró al despacho de su marido y tragó saliva; quería deshacerse del nudo que le apretaba la garganta.
Abrió la laptop de Dimitri.
Probó seis combinaciones diferentes, fallando una y otra vez, hasta que tecleó la fecha del cumpleaños de su suegra, la madre de Dimitri.
El sistema se desbloqueó de inmediato.
A Lena se le encogió el corazón.
Dimitri siempre había sido un hombre de valores, un hijo devoto que veneraba a su madre.
«Un hombre que respeta tanto a su familia no puede estar engañándome», se reprendió a sí misma, sintiendo una punzada de culpa. Quizás Alfonso se había equivocado. Quizás todo era una terrible confusión.
Aun así, con los dedos temblando por la ansiedad, se obligó a mirar.
Lena no buscó correos “sospechosos”; más bien se concentró en la ubicación desde el correo de Dimitri.
Todos eran lugares del otro lado de la ciudad. Le extrañaron las mentiras.
Jamás le dijo que fue al restaurante en Loseta, o al hotel Larua.
Tecleó otro poco y buscó su ubicación actual.
La ubicación decía: Hotel Casarrubias.
Todas las alarmas sonaron.
Dimitri le dijo que salía fuera de la ciudad a un pueblito en Presidio.
Ese hotel estaba en su ciudad.
…
Lena le pidió a una amiga reservar en el hotel Casarrubias.
Se puso un pantalón de mezclilla y una blusa de manga corta.
Se ató el cabello castaño y largo en una coleta y se puso lentes oscuros.
Llegó al hotel.
Se metió a su habitación y pensó que todo se trataba de un malentendido.
Que había hecho demasiado por nada. Las ubicaciones a veces fallan.
Tal vez, Dimitri en algún momento se conectó a una red cercana y por eso marcaba que él estaba ahí.
Salió del cuarto.
Tal vez su suerte era muy buena o muy mala. A lo lejos venía un hombre.
Era inconfundible, caminaba con seguridad y firmeza; además, no se veían hombres con su complexión en cualquier lado.
De inmediato supo que era él.
Lo que hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas fue la manera en la que llevaba a una mujer pelirroja de piel blanca en brazos.
«Esto tiene que ser una pesadilla», pensó. Se quitó los lentes con dedos temblorosos.
—¿Con qué Presidio, no?
La pequeña sonrisa en los labios de Dimitri se transformó en una mueca de horror.
Bajó a la mujer al suelo.
Enfocó su vista en Lena.
—¿Qué haces aquí?
Lena tenía los lentes en la mano y, sin pensarlo dos veces, se los aventó en la cara.
—¿De verdad es lo único que vas a decir? —ella soltó una carcajada sin humor.
Buscó el rostro de aquella intrusa. De la maldita mujer con la que su marido se revolcaba.
La pelirroja posó una mano en su vientre apenas abultado; en el instante que escuchó los reclamos se dio la vuelta, lista para largarse de ahí.
El corazón de Lena se detuvo por un instante.
—Cálmate.
—¿¡De verdad!? —¡Su amante estaba embarazada! Lena trató de empujarlo, pero era como si quisiera derribar una pared de concreto.
—Lena, deja de ser dramática.
—¿Dramática? —ella comenzó a dar golpes al azar contra el pecho del imbécil infiel—. Eres un cabrón de m****a. ¿Qué me vas a decir? ¿Que la estúpida cobarde se desmayó y le tuviste que dar respiración boca a boca hasta tu habitación de hotel?
—Deja de gritar —Dimitri le sostuvo los antebrazos con fuerza.
—¡Suéltame! —Lena forcejeó en vano; su cabello castaño le cubrió el rostro—. ¡Me lastimas!
—Entonces cierra la boca.
Lena hizo exactamente lo contrario.
—Eres un imbécil si crees que voy a hacer lo que me dices. ¡Quiero que me sueltes!
Los ojos cafés claros de Lena se llenaron de lágrimas que se negaba a derramar.
Dimitri le soltó un antebrazo. Lena aprovechó, se puso en puntas y le rasguñó el rostro.
—Maldita perra, me vas a sacar el ojo.
—Eso quiero. Y perra, tu puta amante —Lena se sentía fuera de control.
Dimitri pesaba el doble que ella. Media cuarenta centímetros más. Pero eso no la detuvo.
Antes de que las cosas escalaran, el equipo de seguridad del hotel llegó a separarlos.
—Señorita, por favor, deténgase. La policía está en camino —sentenció el jefe de seguridad.
—¿La policía? —preguntó, confundida, mientras la realidad comenzaba a filtrarse por las grietas de mi rabia—. Él es el que me está destruyendo...
—Usted es quien inició la agresión física —insistió el guardia, impasible—. Las cámaras de seguridad no mienten.
Lena cerró los ojos con fuerza, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies.
—Llame a alguien, señora —le sugirió la joven de la recepción, acercándose con cautela al ver sus ojos vidriosos y el temblor incontrolable de sus dedos —. Necesita un abogado o un familiar antes de que lleguen las patrullas.
Ella asintió de mala gana.
O sea que aparte de enterarse que le era infiel, ahora hasta las autoridades estaban en su contra.
Lena pensó en marcarle a su madre, ¿pero qué le iba a decir? Se sentía avergonzada de admitir que a ella le habían visto la cara de estúpida.
Que el matrimonio de ensueños que tanto presumía no era más que una farsa.
Su siguiente opción fue Alfonso. Lo descartó porque recordó que saldría fuera de la ciudad.
El único que quedaba era Alán Montoya, el hermano menor de Alfonso.
Su mejor amigo de la infancia.
El hombre con el que puso su distancia porque a su esposo se le hacía bastante “rara” e “intensa” su relación de amistad.
El tipo con el que había discutido por qué Dimitri le dijo que no le parecía la manera en la que lo limitaba en el negocio que tenían en conjunto.
Miró el nombre en la parte superior de su lista; no lo llamaba desde antes de su boda. Pero ahora, no tenía otra opción.
Lo siguiente que escuchó fue el tono de llamada.
Uno, dos, tres. Nada. Insistió.
¿Alán seguía enojado con ella?
Probablemente…
—¿Quién habla?
Contestó al fin. Lena soltó el aire por la boca, quería despertar de esa horrible pesadilla.
—Soy Lena…
—Le-na, ¿qué Lena?
Ella puso los ojos en blanco; la mujer de recepción no le quitaba la vista de encima y a Alán le pareció buena idea ponerse a jugar.
—Lena Falcón.
—¿Lena Falcón? —se hizo el que trataba de recordar el nombre—. No, no sé quién eres…
—Alán, deja de jugar… —pip, pip, pip; él cortó la llamada. El enfado le revolvió el estómago.
—Señorita, la policía está aquí —avisó la recepcionista.
Lena quería estrangular a su futuro exesposo, a la maldita pelirroja y darle una patada en los bajos al idiota de Alán.