Volvió a tocar el timbre de la casa. Pasaron unos minutos y no hubo respuesta.
De nuevo, desbloqueó la pantalla del móvil. Ahora iba a llamar al teléfono particular de la casa.
Los quince minutos se volvieron treinta.
Estaba a punto de marcarle a la madre de Lena, a la policía, a quien sea que pudiera ayudar a dar con su paradero.
Entonces la puerta se abrió.
El ceño fruncido de Alán se alisó al ver ese cabello castaño y esos ojos claros, inconfundibles.
—Lena… —el peso de los hombros se le ali