Capítulo 2

Lena apretó los puños dentro de la patrulla. Dimitri era un desvergonzado hijo de puta.

La había interceptado antes de que se la llevaran.

—Quitaré cualquier cargo, evitaré que te lleven siempre y cuando te tranquilices.

—Vete a la m****a —le gritó dispuesta a ahora sí sacarle el ojo.

—Suerte con la prensa —le susurró Dimitri.

El protocolo dictaba que tenían que esposarla. Ella usó su última carta, ofrecerle dinero al oficial con tal de salir bien librada.

—¿Sabe que eso amerita otra acusación?

Lena Falcón bufó. Su dignidad fue usada para fregar el suelo.

Ya en la patrulla le pidió a la agente hacer otra llamada, mínimo mandar un mensaje de texto.

—Soy una persona… un tanto pública y esto puede afectar más de lo que imagina. ¿Puede dejarme hacer otra llamada?

Ahora intentaría llamar a Alfonso.

Un timbrazo, dos. Directo al buzón.

Lena no le quedó de otra que mandarle un mensaje, le dijo sin mucho detalle que iba a la estación de policía por un problema de agresión.

Le dio la dirección a la que sería trasladada. Y le suplicó que no le contara a sus padres.

Veinticinco minutos después llegó a la comisaría.

Le hicieron un interrogatorio, y cuando el corazón se aceleró por creer que la meterían a alguna celda… alguien apareció.

—Lena —la llamó una voz masculina.

Ella se giró y se encontró con esos ojos inconfundibles de un gris intenso.

El cabello castaño oscuro se veía algo despeinado, pero no de un modo desaliñado. Más bien aumentaba su atractivo.

—Alán —ella lo miró como si fuera un fantasma.

—¿Cómo que agresión? —La recorrió de arriba abajo en busca de un golpe o un rasguño—. ¿Estás bien? Alfonso me mandó tu mensaje. Dijo que te habían detenido.

Lena parpadeó. Recordó la última discusión que tuvo con él.

El modo en el que los ojos le ardían de furia y la manera en la que se expresó de Dimitri. Lo llamó: puto extranjero de m****a.

Ese día, ella defendió a su marido sin importar perder su amistad. Ni siquiera sabía a ciencia cierta cuántos años tenían de ser amigos.

Un día simplemente tuvo uso de razón y Alán estaba ahí.

A pesar de todos los problemas, él había venido.

Pero entonces recordó lo de la llamada. Cómo le cortó. Cómo se hizo el que no sabía quién era ella.

—¿Colgarme? —su voz salió más afilada de lo que esperaba.

—Lena…

—No. No. Tú no te pongas así. —Ella apretó los puños—. Te llamo porque quieren detenerme ¿Y tú te haces el que no me recuerdas?

—Seguía enojado.

—¡Pues yo también!

Lena no lo pensó. Le dio un golpe en el pecho. Débil. Más simbólico que otra cosa.

Alán ni se inmutó. Solo la miró con una mezcla de culpa y algo que ella no supo identificar.

—¿Ya terminaste? —preguntó él mientras fingía estar aburrido.

—No —respondió ella. Pero no volvió a golpearlo.

—En una hora estarás fuera —Alán se acomodó el saco gris.

Los ojos de Lena se encontraron con los de él. ¿Así de fácil saldría de ahí?

—Pues, gracias —ella se cruzó de brazos y desvió la cara.

—Nada de gracias. De verdad me debes una y muy grande —le pellizcó la mejilla.

Lena soltó una risa sin humor.

—Yo no te debo nada —se hizo para atrás.

—Sí.

Ella negó con la cabeza.

—Esto es tu obligación —esa declaración salió más suave, era un recordatorio de un juramento que se hicieron cuando eran niños: “Siempre estaré para ti”.

Alán se pasó la mano por el cabello.

—En fin… ¿qué fue lo que hiciste? —se atrevió a preguntar, entonces se percató del momento en el que la mirada de Lena se puso opaca.

Hizo sus propias conjeturas: le habló a él y no a su marido insufrible. Ni siquiera quiso meter a su familia en eso.

—Di… —Lena intentó hablar, pero le flaqueó la voz, así que se aclaró la garganta—, Dimitri tiene una amante.

Agachó la cabeza. ¿Con qué cara iba a ver a Alán después de defender a ese maldito pedazo de m****a? ¿De elegir al infiel por encima de él?

Alán entrecerró los ojos y apretó el puño.

—Hijo de perra…

—¿No dirás que soy una idiota? —la cara le ardía de vergüenza. Sus ojos se pusieron vidriosos pero se negaba a llorar.

Alán le sostuvo el mentón. La obligó a alzar el rostro.

—El único idiota aquí es él —le dijo con sinceridad y entonces recordó lo dicho por Harper: “Meterse en asuntos de pareja siempre termina mal…”

En parte tenía razón. Bien, Lena se enteró de la infidelidad de Dimitri, ¿pero qué le aseguraba que de verdad lo dejara? Quizá Lena sería de esas mujeres que perdonan todo por “amor”.

—Voy a divorciarme —dijo ella, como si le hubiera leído el pensamiento.

Alán la miró sin decir nada. No estaba seguro de creerle.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP