—No llames a una ambulancia —dijo Alán, con la voz aún agitada. Sacó el teléfono y marcó un número. —Voy a llamar a un médico de confianza. Llegará en media hora.
Lena asintió. No quería explicaciones. No quería responder preguntas de la policía.
El doctor llegó cuarenta minutos después. Revisó a Dimitri, sentado en el sofá, con secuelas de aturdimiento pero consciente. Le vendó la cabeza, le tomó la presión y dijo que no había fractura, solo una conmoción leve.
—Necesita reposo —sentenció—. Si