Mundo ficciónIniciar sesiónEl suelo se abre bajo los pies de Lucía Montero cuando descubre que su nuevo jefe es Damian Rojas, el hombre que la amó y la abandonó sin explicación cuatro años atrás, destrozando su corazón. Ahora, Damián es más que el heredero arrogante que ella recuerda. Es un tirano implacable que la humilla y la somete a un fuego cruzado de órdenes y miradas cargadas de un odio que, sin embargo, se siente demasiado cercano al deseo. Su compromiso con Elena Vance, la hija de su mayor competidor, es la prueba definitiva de que para él, Lucía nunca fue más que un error. Pero Vanguard Media esconde un secreto mortal. Damián no es solo un ejecutivo despiadado; es un agente encubierto que utiliza su empresa como fachada.
Leer másDaniel Renaud miró a Lucía sin expresión, las manos aún en los bolsillos. La calle estaba casi vacía a esa hora. Un coche pasó, luego otro. El ruido de la ciudad sonaba lejano.—¿Olvidó algo de la presentación? —preguntó, con ese tono neutro.Lucía negó con la cabeza. Se acercó un paso.—No, señor. No de la presentación.Hizo una pausa. Tragó saliva.—De algo que perdí.Él no respondió. Solo la miró, esperando.—Mírame —dijo Lucía, y su voz temblaba—. Damián, dime que eres tú. Dime que no te fuiste para siempre. Todos estos años... algo me decía que vivías.Sus ojos se llenaron de lágrimas. No las contuvo.—Cada noche, cuando apagaba la luz, te sentía. No he podido olvidarte. No he podido superarte. Por favor. Dime la verdad.Él la miró fijamente. Y en sus ojos algo cambió. No fue un gesto grande, no fue una palabra. Fue un pequeño temblor en la mandíbula, una luz que se encendía detrás de la calma forzada. Su mirada se volvió intensa, profunda, como si quisiera decirle todo sin abrir
Daniel Renaud miró a Lucía sin expresión, las manos aún en los bolsillos. La calle estaba casi vacía a esa hora. Un coche pasó, luego otro. El ruido de la ciudad sonaba lejano.—¿Olvidó algo de la presentación? —preguntó, con ese tono neutro.Lucía negó con la cabeza. Se acercó un paso.—No, señor. No de la presentación.Hizo una pausa. Tragó saliva.—De algo que perdí.Él no respondió. Solo la miró, esperando.—Mírame —dijo Lucía, y su voz temblaba—. Damián, dime que eres tú. Dime que no te fuiste para siempre. Todos estos años... algo me decía que vivías.Sus ojos se llenaron de lágrimas. No las contuvo.—Cada noche, cuando apagaba la luz, te sentía. No he podido olvidarte. No he podido superarte. Por favor. Dime la verdad.Él la miró fijamente. Y en sus ojos algo cambió. No fue un gesto grande, no fue una palabra. Fue un pequeño temblor en la mandíbula, una luz que se encendía detrás de la calma forzada. Su mirada se volvió intensa, profunda, como si quisiera decirle todo sin abrir
La sala de juntas estaba impecable. Lucía revisó el micrófono, ajustó el volumen y se colocó de espaldas a la puerta. Esta era su gran oportunidad. A las diez menos diez, todos estaban en sus lugares. Marcos esperaba junto a la entrada. Beatriz, en la primera fila, le lanzó un pulgar hacia arriba. —Ya sube —anunció la recepcionista—. Lo traigo. El ascensor sonó. Pasos. Voces bajas. La puerta se abrió. Lucía seguía de espaldas. Oyó los saludos: Marcos dando la bienvenida, el account manager presentándose. Y entonces, el aire cambió. Un aroma. Bergamota. Tabaco caro. Madera de sándalo. Un olor que llevaba cinco años intentando olvidar. Se giró lentamente. Él estaba en el marco de la puerta. Alto, los hombros anchos, el traje oscuro impecable. El pelo castaño, ligeramente ondulado, ahora con algunas canas en las sienes. La mandíbula, la misma. Los labios, los mismos. Y los ojos. Esos ojos verdes. —Damián —susurró ella. El nombre escapó sin permiso. Resonó en el silencio como un
El proyecto llevaba meses sobre la mesa. Una cuenta internacional, con presupuesto de siete cifras, que pondría a la agencia en el mapa europeo. Todos querían ese contrato. Desde el recepcionista hasta la directora financiera, pasando por los becarios que soñaban con tenerlo en su currículum. Era el tipo de oportunidad que solo aparece una vez en la carrera de un creativo.La agencia había competido contra otras tres, había pasado filtros, había enviado propuestas preliminares. Y ahora, por fin, el socio principal vendría a verlos en persona. El elegido. El que decidiría si merecían la pena.—Es un tipo muy duro —les había advertido Marcos en la reunión del lunes—. Francés, con una trayectoria impecable. Ha trabajado para las mejores marcas de lujo. Dicen que puede oler el miedo a diez metros.—Menos mal que nos avisas —había bromeado Beatriz—. Así dormimos tranquilas.—Hablando en serio —continuó Marcos, apoyando las manos en la mesa—. Este proyecto puede cambiar la agencia. Y quiero
Último capítulo