Mundo ficciónIniciar sesiónLeónidas Celis es un magnate del control, que odia el caos, es un hombre de treinta y tres años que juró no volver a casarse tras un matrimonio fallido. Seis meses después de la trágica muerte de su hermana, su vida se reduce a un caos: sus dos sobrinos huérfanos están traumatizados y han ahuyentado a todas las niñeras de élite de Nueva York. Presionado por su padre, Leónidas solo necesita una cosa: una esposa que sirva de madre sustituta y garantice la estabilidad de los niños. Ariana Winter se considera orgullosa y, sobre todo, desesperada. Decepcionada del amor y marcada por la traición de su padre, su única prioridad es conseguir dinero para la cirugía urgente de su madre. Cuando su padre, Eduardo Winter, le ofrece un ultimátum brutal, Ariana irrumpe en el despacho de Celis: ella no es la elegante y glamurosa candidata que él esperaba, sino una mujer práctica, sin brillo a quien su hermana glamorosa describe como un "ratón". Leónidas se burla de su apariencia y su descaro. Ambos tienen muy claro que no se casarían por amor ni aunque se encontraran solos en el universo. Ninguno contaba con que la arrebatadora tensión sexual surgiría en medio del luto, el dolor infantil y la promesa de un matrimonio basado en la necesidad. La mujer que él consideraba "fea" según los estándares de la sociedad en que se desenvuelven y el hombre que ella considera "despiadado”, están a punto de descubrir que las cicatrices más profundas son las que mejor se complementan.
Leer másCapítulo 1 Algo terrible sucedió
Leónidas Celis estaba sumido en un mar de cifras y proyecciones de inversión. Su oficina en el piso más alto del rascacielos en Nueva York.
Tomó un sorbo de café negro. 2 años antes había dejado atrás su matrimonio fallido y se había jurado no volver a ser vulnerable. Su única debilidad era mantener su fortuna, y la controlaba con mano de hierro.
Un golpe seco e inesperado rompió la serenidad. La puerta se abrió de golpe y su asistente personal, Jonathan, irrumpió en la oficina. El rostro de Jonathan, siempre impasible, estaba pálido y sudoroso.
— ¿Qué sucede? ¿Por qué entras así? —La voz de Leónidas era un látigo, molesto por la interrupción.
Jonathan intentó recuperar el aliento. Sus palabras salieron atropelladas y cortantes.
—Leónidas, es… se trata de su hermana Graciela y su esposo. Ellos han sufrido un accidente.
Leónidas se puso de pie de un salto, derramando café sobre los gráficos del último trimestre, un desastre que no registró.
— ¿Accidente? —Su voz, normalmente un trueno controlado, sonó intranquila—. ¿Cómo están?
Jonathan evitó su mirada. El silencio se alargó, pesado y cruel.
—En verdad lo siento. Ellos… han muerto ambos.
El mundo de Leónidas se detuvo. Los rascacielos fuera de la ventana parecieron inclinarse.
— ¿Qué estás diciendo? —siseó, el dolor convirtiéndose en incredulidad helada—. ¡Mi hermana, Graciela, tan llena de vida! ¿Cómo puedes decir tal cosa?
—Lo averigüé muy bien, me avisaron hace una hora, he estado indagando. Fue la avioneta de tu cuñado. El mal tiempo… de verdad lo lamento
Tuvo que asimilar la noticia. Su hermana, tan llena de vida, su única familia de corazón, la única luz desde que quedaron huérfanos… desaparecida. De pronto, un recuerdo lo golpeó, devolviéndole el aliento, ahora cargado de terror.
—Jonathan, ¡los dos niños!
—No estaban con ellos, Leónidas. Estaban en casa con la niñera.
Un suspiro de alivio se le escapó. Se desplomó sobre el sillón, pasando las manos por su cabello.
—Dios mío… ¿Lo sabe mi padre?
—Aún no se lo he dicho. Pensé que querrías hacerlo tú.
Leónidas cerró los ojos, el rostro crispado. No podía creerlo. Se negaba a aceptarlo. No podía haber perdido a Graciela, tampoco podía dejar que sus sobrinos sufrieran el mismo infierno que él y ella habían vivido.
— ¿Cómo pudo pasar esto? ¡Mi hermana tan llena de vida…!
Seis meses después
Leónidas abrió los ojos. El recuerdo de lo sucedido aún punzaba en su alma, seis meses después, con la misma intensidad cruel de ese día nefasto. La oficina era la misma, pero su vida rutinaria, controlada, había cambiado drásticamente desde ese día.
Se enderezó en su silla, ajustándose la corbata. Ahora, el mar de cifras y proyecciones no era su mayor problema.
El verdadero desastre estaba dos pisos más abajo, en el ala privada, con los dos pequeños huérfanos que se negaban a aceptar a la enésima niñera.
—Seis meses han pasado, Leónidas, y hemos probado con todas las niñeras de élite de Nueva York.
La voz de Jonathan rompió sus dolorosos recuerdos. Leónidas se irguió frente a la ventana, la silueta de los rascacielos reflejada en su traje a medida.
—Y todas han renunciado o han sido despedidas, porque mis sobrinos… —Leónidas giró, su mirada, un relámpago oscuro—, no quieren a nadie más que a su madre, y Graciela ya no está.
Jonathan dejó una carpeta de expedientes sobre la mesa y comento con mucho tacto.
—Tal vez… solo tal vez, es hora de aceptar la imposición del viejo Celis. Tal vez hay que buscar una figura maternal estable, que sea permanente.
«»… »
Ariana Winter llegó con lentitud hasta la parada del autobús. Había perdido otro de su larga lista de empleos por su incapacidad de llegar a tiempo y cumplir el horario convenido; el turno en el restaurante ya no existía.
La debilidad venció a su alma por un breve instante. De hecho, pensó con tristeza, había veces en las que se sentía desfallecer. Pero algo dentro de ella le decía que no podía resignarse a ser siempre una camarera. Su madre odiaba que trabajase tan duramente en esos empleos temporales, y ella también lo detestaba. No, no abandonaría sus sueños, de estudiar, en algún momento terminaría sus estudios.
Siendo realista ya le quedaba poco dinero para las necesidades vitales de Daniela, su querida madre, cuya invalidez la había confinado a una silla de ruedas durante diez largos años.
El recuerdo la golpeó. Una escena que no se borraba con el tiempo. Dios mío, era como si hubiese pasado toda una vida desde entonces.
Hace 10 años, sus padres, habían tenido un accidente mientras discutían y se dirigían al automóvil. Daniela, su madre, fue la primera en observar cómo otro automóvil sin control se les venía encima y empujó a Eduardo Winter hacia un lado, mientras ella recibía un golpe fuerte que la arrojó con fuerza al otro lado, provocándole problemas en las piernas.
El recuerdo le quemaba por dentro. Eduardo Winter había quedado ileso, y a los pocos meses propuso el divorcio y había traído a su amante y a sus hijos ilegítimos a casa. Luego le pidió el divorcio y las relegó a una humilde casa adaptada a las necesidades de su madre y esa fue su única concesión. Su madre, que lo había salvado, y ella, su propia hija de 14 años, habían quedado reducidas a vivir con una pensión miserable y una asistente, mientras su nueva familia derrochaba lujo y comodidades.
«¿Por qué la vida tenía que ser tan injusta? ¿Por qué las cosas malas le pasaban a las personas buenas?»
Ariana cerró los ojos y apretó los labios. El dolor de esa traición palidecía ahora ante el terror actual: el dinero que tenía no era suficiente.
La fractura de cadera de su madre, causada por una caída reciente en la casa, agravo su situación ya de por sí muy difícil, y requería una cirugía que a duras penas podría pagar sin la ayuda de su padre.
Sus pasos se hicieron más lentos. De repente, reparó en la fachada de mansión donde habían vivido cuando era niña.
Apretó la mandíbula.
«¡Tenía que intentarlo! ¡Convencerlo de que ayudara a su madre! Se pondría de rodillas si era necesario, pero por la vida de su madre… haría lo que fuera necesario»
Ariana alzó la mirada hacia el portón de hierro forjado que protegía el reino de Eduardo Winter. Justo entonces, una limusina negra y discreta se detuvo frente a la entrada principal, mientras se abría el portón para dejarlos pasar. A través de las sombras que se reflejaban en la ventana del automóvil reconoció la figura de Eduardo Winter. Él no la vio, pero Ariana captó la expresión de su rostro: impasible, soberbio, ajeno al mundo.
El momento de la verdad era ahora. La vida de su madre contra su propio orgullo.
Ariana dio el primer paso hacia antes de que el vehículo volviera a arrancar, y comenzó a tocar la ventana del vehículo con insistencia y desesperación.
—Papá, abre la ventana, por favor, necesito hablar contigo.
Capítulo 101 La indiscutible lógica de Sofía—¿Cómo podrías ignorar a tu propio hijo y atender a los hijos de otra persona? —escucho decir a Talina con la voz cargada de reproche—. ¡Mi hijo es tu verdadera familia!Leónidas sintió que el aire le faltaba y sus manos se empapaban de un sudor frío. Tenía los ojos enrojecidos y la respiración entrecortada. La frase lo golpeó. Esta era su peor pesadilla: el niño abandonado que fue una vez resurgía como un peso insoportable sobre sus hombros. Talina había sabido exactamente qué botón presionar.Por un lado estaba Graciela. Su lazo con ella era sagrado; ella lo había salvado en su tiempo de oscuridad y sentía que le debía la vida. Cuidar de sus hijos era su forma de pagar esa deuda. Luego estaba su padre adoptivo, quien había continuado la tarea de asegurar su supervivencia. Tenía dos deudas de gratitud inmensas, una con Graciela y otra con el viejo Celis. Les debía todo lo que era.Sin embargo, la claridad llegó con el dolor. No hay excusas
Capítulo 100 Dame una oportunidadLeónidas apretó los labios con fuerza, sintiendo un sabor amargo en la garganta. El dolor de su infancia volvió a punzarle el pecho, una señal humillante de que no había superado esa etapa, por mucho que lo hubiera intentado con sus millones y su poder.—Vete a casa, hijo —insistió Reinaldo, suavizando el tono pero manteniendo el mando.—¿Me estás mandando al lugar donde mi problema principal me está esperando? —preguntó Leónidas, pensando en Talina.El viejo sonrió con ironía.—Bueno, entonces vete a uno de tus apartamentos de la empresa. Piensa, reflexiona. Vuelve a ser el mismo Leónidas de siempre: el que se controla, el que tiene una solución para todo.—¿Quieres que la deje aquí con… él? —masculló Leónidas, lanzando una mirada cargada de odio hacia la puerta donde estaba Rafael.—¿Es tu orgullo el que habla o de verdad sientes algo por ella? —lo cortó el abuelo con un suspiro de cansancio.—Realmente no lo sé…—Si no estás lo suficientemente clar
Capítulo 99 CEO heridoLeónidas sintió que el pasillo del hospital se hacía más estrecho. Ver a Rafael allí, tranquilo, con sus manos sobre los hombros de Ariana, fue el detonante.—¿Eso quieres? —soltó Leónidas, con una voz cargada de veneno—. ¿Quieres deshacerte de mí para estar con… él? —Señaló a Rafael con un desprecio apenas contenido.Dio un paso agresivo, invadiendo el espacio vital de Ariana, obligándola a sentir el calor de su furia.—Te recuerdo algo, Ariana: esos niños son mis sobrinos. Mi familia… No son nada tuyos. Si alguien tiene derecho a estar aquí, soy yo.El silencio que siguió fue doloroso. Ariana se quedó petrificada. El nudo en su estómago se hizo más fuerte. Sus dedos se cerraron en puños, pero antes de que pudiera responder, un golpe seco y rotundo retumbó en las paredes de mármol.¡Clac!El bastón del viejo Celis había golpeado el suelo. El viejo Celis estaba allí, con la espalda más recta que nunca y la mirada envuelta en llamas.—¡Leónidas! —la voz tronó, car
Capítulo 98 Ve a cuidar a la madre de tu hijo—¿Esto será siempre así, Talina? —soltó Leónidas, con una voz que vibraba con una advertencia implícita.Ella lo miró de reojo, fingiendo confusión mientras se secaba una lágrima inexistente.—¿A qué te refieres?—A ti… imponiéndote a mi familia —sentenció él, cruzándose de brazos, marcando una distancia que ella no podía ignorar.—Leónidas, ¿por qué me tratas así? —chilló ella, forzando un temblor en su voz—. Yo solo quiero sentir que esta es la familia de mi hijo. No quise que esto pasara… Solo estoy nerviosa; me mareo con facilidad. Quiero agradarles y lo único que he hecho es cometer errores. Lo sé, soy una extraña en esta casa. Lo ocurrido hoy, me disculparé con el niño, de verdad no sé qué ocurrió, es que… me sentí mareada, todo me sale mal.Leónidas no se dejó conmover. El recuerdo de la sonrisa fugaz que creyó ver seguía quemándole la retina. Sin decir una palabra más, le hizo una seña a la enfermera que aguardaba en la esquina.—L
Capítulo 97 Primer día en el colegioLeónidas se sintió hastiado. Suspiró, buscando en algún lugar de su mente más paciencia, esa que se le agotaba con cada segundo que pasaba cerca de la mujer que alguna vez le atrajo físicamente.Talina seguía sin entender que su presencia no era un regalo para él.No quiso entrar en polémicas, sino acabar con esto y ya, y conversar con Ariana para explicarle. La acompaño hasta la habitación de huéspedes en el ala este.Al cruzar el umbral del dormitorio de huéspedes, Talina se dejó caer sobre la cama con un suspiro trémulo.—La enfermera que contraté llegará en unos minutos para asistirte —sentenció él, manteniendo una distancia insalvable.—No la quiero a ella. Te quiero a ti —replicó ella, estirando una mano que él no se molestó en tomar.—Ya te lo dije, Talina. Ella estará aquí en breve. Es lo que necesitas.—¡Amor, estoy aterrada! —exclamó ella, forzando un temblor en su voz mientras sus ojos brillaban con una urgencia calculada—. No me dejes
Capítulo 96. Está embarazada.Leónidas, a pesar de la furia que sentía segundos antes, se tensó al ver el gesto de Talina. El miedo a que algo real le sucediera al bebé frenó su impulso de echarla a la fuerza. Se acercó a ella con cautela, observando cómo se presionaba el vientre.— ¿Qué te ocurre? —preguntó él, con una mezcla de sospecha y preocupación genuina.Talina no respondió de inmediato; simplemente cerró los ojos y dejó escapar un gemido ahogado, acentuando su expresión de sufrimiento. Leónidas suspiró, sintiéndose atrapado.—Ven, recuéstate un rato —le dijo, tomándola del brazo para guiarla de regreso hacia la cama que ella tanto anhelaba ocupar.Una vez que la ayudó a sentarse y luego a recostarse sobre las almohadas, se quedó de pie a un lado, manteniendo una distancia prudente.—¿Cómo te sientes? —inquirió en un tono seco. No pudo evitarlo. —Dame un momento… se me pasará —murmuró ella con voz débil, casi inaudible—. Solo me pasa esto cuando mis emociones se alteran demas
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