El depredador o el cazador.
Damián escupió directamente a la cara de Salgado.
El esputo, mezclado con sangre, impactó en la mejilla del hombre y comenzó a deslizarse lentamente por su piel. Salgado parpadeó, atónito. Nadie le había hecho algo así en décadas.
—Esas son mis palabras —dijo Damián, con una sonrisa torcida manchada de rojo.
El rostro de Salgado pasó de la sorpresa a una ira profunda, visceral, que le contrajo las facciones. Sin mediar palabra, descargó una rodilla en el estómago de Damián con toda la fuerza qu