El eco del beso aún ardía en sus labios como testimonio de la verdad que acababan de confesar sin palabras. Pero la rendición en los ojos de Damián duró apenas un instante. Lucía vio el cambio en tiempo real: la vulnerabilidad fue barrida por una oleada de pánico, y luego, por una frialdad calculada.
Él la apartó con brusquedad, como si su contacto le quemara.
—¿En qué demonios estabas pensando? —su voz era áspera, pero ella no se dejó engañar; era la aspereza del