Mundo de ficçãoIniciar sessãoElena siempre ha recordado más de lo que debería. Sueños, voces, fragmentos de otras vidas que no le pertenecen… hasta que conoce a Carlos, un hombre poderoso y reservado, comprometido con otra mujer. Desde su primer encuentro, Elena sabe que lo ha amado antes. Él, en cambio, solo siente una atracción que no puede explicar. Mientras intenta mantener su distancia, los recuerdos de Elena comienzan a despertar: una vida en Marruecos, otra en Nueva York, otra en México, otra en Londres… Todas terminan igual: con la muerte y la promesa de volver a encontrarse. Pero ahora, en el presente, Elena está dispuesta a cambiar el final. Aunque para ello deba desafiar al tiempo, al destino… y al olvido de quien fue su alma gemela.
Ler maisPOV CarlosEl trayecto desde la cripta hasta la siguiente ubicación fue un suplicio silencioso.No hubo discusiones. No hubo palabras elevadas. Solo el ruido del motor, el traqueteo del camino y ese maldito peso en el pecho que no me dejaba respirar con normalidad. Isabella iba a mi lado, demasiado cerca, demasiado presente. Su mano rozó la mía un par de veces, como si buscara anclarme, recordarme algo que yo ya no quería recordar.Elena.Todo volvía a ella.La imagen de su rostro pálido dentro de la cripta se repetía una y otra vez en mi cabeza. La forma en que había retrocedido, cómo su respiración se había vuelto errática. Yo lo vi. Yo lo sentí. Y, por primera vez en mucho tiempo, mi instinto había sido claro: tenía que hacer algo.Pero no lo hice.Porque Isabella estaba ahí. Porque Matthias se interpuso. Porque yo mismo me quedé paralizado por una red de decisiones que había tomado sin medir el costo real.Apreté la mandíbula.Maldita sea.Quería justificarme. Decirme que no era e
POV Elena Desperté con el corazón acelerado, como si alguien me hubiera arrancado de un abismo a la fuerza.Durante unos segundos no supe dónde estaba. La habitación tardó en adquirir forma. La luz suave de las farolas que se filtraba por las cortinas, el sonido lejano de la ciudad despierta a pesar que ya era de noche, el olor tenue del hotel. Todo parecía real, sólido… demasiado tranquilo para el torbellino que aún me atravesaba el pecho.Había soñado. No. No había sido solo un sueño.Me llevé una mano al rostro, respiré hondo, tratando de calmar el temblor que aún recorría mis brazos. Tenía la garganta cerrada, como si hubiera gritado y nadie me hubiera escuchado. No recordaba en qué momento exacto me había quedado dormida, solo sabía que el recuerdo me había atrapado sin permiso y me había devuelto, una vez más, al mismo punto de siempre.Carlos. Otra vida. Otro tiempo. La misma traición.Me incorporé lentamente en la cama. Fue entonces cuando noté el silencio. Demasiado silencio
NarradorNueva YorkEl club estaba lleno esa noche.El humo de los cigarrillos formaba una neblina espesa bajo las lámparas bajas, y el sonido del contrabajo vibraba como un pulso lento, casi íntimo. El jazz no pedía permiso: se deslizaba por las mesas, se colaba en las copas de whisky, se enredaba en las miradas largas y en las manos que se buscaban bajo los manteles.Elena cantó como si el escenario fuera un refugio.Vestía de negro está vez, muy congruente con su ánimo, un vestido que se ceñía a su cuerpo como una promesa peligrosa. Su voz, grave y lenta, llenó el club con una melancolía dulce, casi dolorosa. No cantaba para el público. Cantaba para una ausencia. Carlos no estaba.Ella lo supo desde la primera nota. Desde el primer compás.Carlos siempre estaba ahí cuando ella cantaba. Siempre, incluso cuando no podía acercarse, incluso cuando tenía reuniones, incluso cuando debía fingir que ella no existía.Pero esa noche, su mirada no lo encontró.El aplauso fue largo, entusiasta
POV ElenaNo fue solo la cámara.Eso fue lo primero que entendí cuando por fin estuve sentada en la habitación del hotel, con la puerta cerrada y el mundo afuera reducido a un murmullo lejano. No fue únicamente el espacio subterráneo, ni el aire viciado, ni los restos humanos que encontramos. No fue solo la crudeza arqueológica de la muerte detenida en el tiempo.Fue lo que trajo consigo.Desde que crucé ese umbral, algo se abrió dentro de mí sin pedir permiso. Como si una compuerta antigua, sellada a la fuerza durante años, hubiera cedido de golpe. Las imágenes no llegaron de forma ordenada ni lógica. No eran recuerdos como los que uno elige evocar. Eran fragmentos. Sensaciones. Olores. Gritos.Dolor.No solo el mío.El de otros también.Volví a ver salas improvisadas, con camillas hechas de tablas, mantas sucias extendidas sobre cuerpos demasiado delgados. Niños con los ojos demasiado grandes para sus rostros, mujeres que apretaban los dientes para no gritar mientras les cosía herid
POV Matthias No estaba en el plan.Nada de esto lo estaba.Cuando acepté acompañar la expedición, lo hice por tres razones muy claras: la primera, porque el hallazgo tenía implicaciones políticas que requerían discreción absoluta; la segunda, porque no confiaba del todo en dejar a ese equipo sin una figura que pudiera responder si algo salía mal; y la tercera… porque Elena iba a estar allí.Eso último no se lo dije a nadie. Ni siquiera a mí mismo, al principio.Pero ahora, mientras avanzábamos de regreso por el sendero polvoriento, con el sol cayendo lento sobre Marruecos y el silencio pesando más que el calor, ya no podía negarlo.Elena caminaba unos pasos delante de mí.No hablaba.No miraba a nadie.Había algo en su forma de moverse —ligeramente encorvada, como si llevara un peso invisible sobre los hombros— que me resultaba alarmantemente familiar. Yo había visto esa postura antes. En soldados que regresaban de misiones fallidas. En diplomáticos que acababan de descubrir verdades
NarradorEmpezaron el día antes del amanecer, tenían una misión sin nombre.Ellos se mostraban como simples turistas sin identidad, al menos, sin una que importara.En los registros migratorios eran solo un pequeño grupo europeos con intereses culturales: académicos, con agenda discreta. Nada que llamara la atención. Nada que justificara preguntas incómodas.Eso había sido cuidadosamente planeado.Aunque era muy temprano en Marrakech el calor ya se sentía denso, incluso antes de abandonar el hotel. Desde la ventanilla de la furgoneta arrendada Elena observó la ciudad con una mezcla extraña de fascinación y desasosiego. Había algo en ese lugar que le tensaba el pecho, como si el aire mismo estuviera cargado de memoria.No era la primera vez que sentía algo así.Pero nunca había sido tan inmediato.El trayecto en vehículo fue largo. Dejaron atrás la ciudad y se adentraron en caminos cada vez menos transitados. El paisaje cambiaba lentamente: las construcciones modernas daban paso a edi










Último capítulo