Narrador
Elena despertó con la sensación de que el sueño aún le rozaba la piel. No sabía cuánto tiempo había dormido, pero la luz que se colaba por las cortinas ya no era la luz fría del amanecer. Era un sol cálido, firme, casi amable. Se incorporó lentamente, sintiendo el cuerpo pesado, y por un instante no recordó que Andrea estaba ahí. Cuando lo hizo, parpadeó. Había olvidado lo raro —y a la vez reconfortante— que era tener compañía en el departamento.
Salió de la habitación con pasos sua