EMBARAZADA DEL ENEMIGO DE MI PADRE

EMBARAZADA DEL ENEMIGO DE MI PADREES

Romance
Última actualización: 2026-04-30
Gabriel Candelario  Recién actualizado
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Resumen
Índice

Elena siempre supo que su padre, un empresario venido a menos, tenía enemigos. Pero nunca imaginó que el peor de todos sería Julián Torres: un hombre tan atractivo como despiadado, que ha orquestado la caída de su familia con fría precisión. Cuando el padre de Elena es encarcelado injustamente por culpa de Julián, ella toma una decisión desesperada: confrontar al monstruo en su guarida. Julián le ofrece un trato cruel: él retirará los cargos si ella se convierte en su "propiedad" durante seis meses, un trofeo para humillar aún más a su enemigo. Elena acepta, decidida a odiarlo cada segundo. Sin embargo, en el juego de la seducción y el poder, las líneas se borran. Justo cuando ella empieza a ver al hombre detrás del monstruo, descubre la terrible verdad: Julián fue el causante de una tragedia familiar pasada que ella desconocía. Decidida a escapar de ese amor tóxico, Elena huye... pero se lleva algo con ella. Un secreto que late en su vientre.

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Capítulo 1

C1

El frío me calaba los huesos, o quizás era solo el terror de saber que estaba a pocos pasos del hombre que había jurado destruir a mi familia.

Apreté mi bolso contra el pecho, sintiendo el peso del sobre que contenía las últimas acciones de la empresa de mi padre. Papel mojado. Basura. Pero era lo único que me quedaba para negociar su libertad.

—El señor Torres la recibirá ahora, señorita Varela —dijo la secretaria con una voz tan mecánica como su sonrisa.

Me puse en pie. Mis rodillas temblaron, pero me obligué a enderezar la espalda. Mi padre estaba en una celda húmeda, acusado de un fraude que él juraba no haber cometido, y Julián Torres era el arquitecto de su desgracia.

Empujé las pesadas puertas de roble.

La oficina era inmensa, minimalista y oscura. Detrás de un escritorio de cristal que parecía un bloque de hielo, estaba él. Julián no levantó la vista de inmediato. Estaba firmando unos documentos, su pluma estilográfica se deslizaba sobre el papel con un sonido siseante, como el de una serpiente.

Tenía el cabello oscuro perfectamente peinado y los hombros anchos bajo un traje que probablemente costaba más que la casa de mi infancia. Era insultantemente atractivo, de esa manera peligrosa que te hace querer correr en la dirección opuesta.

—Llegas tres minutos tarde, Elena —dijo sin mirarme. Su voz era barítono, profunda, con una vibración que sentí directamente en el estómago.

—El tráfico estaba... —empecé, pero me interrumpió con un gesto seco de la mano.

—No me interesan las excusas. Me interesa saber qué haces aquí después de que tu padre me robara lo que me pertenecía.

Caminé hasta quedar frente a él. El aroma de su colonia, una mezcla de sándalo y algo metálico, me envolvió.

—Él no te robó nada, Julián. Tú le tendiste una trampa. Sabes que él es inocente.

Por fin, levantó la mirada. Sus ojos no eran negros; eran de un gris tormenta, tan fríos que me hicieron retroceder un paso. Se puso en pie, revelando lo alto que era. Rodeó el escritorio con una elegancia depredadora hasta quedar a centímetros de mí. Podía sentir el calor que emanaba su cuerpo, un contraste brutal con su actitud gélida.

—Inocente es una palabra muy grande para un hombre como Ricardo Varela —murmuró, inclinándose hacia mí. Su aliento rozó mi oído—. Tu padre destruyó mi vida hace años. Ahora, yo solo estoy cobrando los intereses.

—Por favor... —mi voz se quebró, y odié mostrarme débil ante él—. Retira la denuncia. Él no sobrevivirá a la cárcel. Está enfermo. Te daré lo que quieras. Tengo las acciones de la textil, el terreno en el sur...

Julián soltó una carcajada seca, carente de humor.

—¿Papeles quemados? ¿Tierra seca? Elena, no seas ingenua. Tu familia está en la ruina. No tienes nada que yo quiera... —Sus ojos recorrieron mi cuerpo, desde mi cabello desordenado por el viento hasta mis botas gastadas. Se detuvieron en mis labios un segundo más de lo necesario, y un escalofrío que no era de miedo me recorrió la columna—. O casi nada.

El silencio se volvió espeso. Mi corazón latía tan fuerte que juraría que él podía escucharlo.

—¿Qué quieres decir? —pregunté en un susurro.

Él dio un paso más, invadiendo mi espacio personal. Levantó una mano y, con un movimiento lento, apartó un mechón de pelo de mi cara. Sus dedos rozaron mi mejilla y sentí una descarga eléctrica que me dejó sin aliento.

—Quiero que sientas lo que es perder la dignidad, Elena. Quiero que la hija del hombre que me humilló sea quien limpie mis manchas —su mirada se volvió oscura, casi salvaje—. Seis meses.

—¿Seis meses de qué?

—De ti. Vivirás en mi casa. Estarás a mi disposición. Serás mi sombra, mi asistente... y lo que yo decida que seas en la intimidad. A cambio, tu padre saldrá de esa celda mañana mismo.

El aire se escapó de mis pulmones. Estaba pidiéndome que me vendiera. Que fuera su trofeo de guerra.

—¿Me estás pidiendo que sea tu... amante? —la palabra me amargó la boca.

Julián sonrió, una sonrisa cruel que no llegaba a sus ojos.

—Te estoy pidiendo que pagues la deuda de tu padre con la única moneda que te queda: tú misma.

Miré hacia la ventana. Desde aquí se veía la ciudad, ajena a mi tragedia. Pensé en mi padre, solo y asustado. Pensé en el odio que Julián destilaba, un odio que parecía alimentarse de mi presencia.

—Si acepto... ¿él estará a salvo? ¿Dejarás de perseguirlo?

—Tienes mi palabra de caballero —dijo, aunque "caballero" era lo último que él era—. Pero si intentas huir, si me mientes o si te resistes... volverá a esa celda y me aseguraré de que nunca vea la luz del sol.

Mis manos temblaban tanto que tuve que entrelazarlas. El destino era una broma pesada. Iba a entregarme al hombre que más odiaba para salvar al hombre que más amaba.

—Acepto —susurré.

Julián se acercó más, tanto que su pecho rozaba el mío. Pude ver una chispa de triunfo —y algo más, algo parecido al hambre— en sus ojos grises.

—Buena chica. Firma aquí —sacó un contrato que ya tenía preparado sobre la mesa. Lo tenía todo planeado—. Mañana a primera hora un coche te recogerá. No lleves mucha ropa. No la vas a necesitar.

Firmé con dedos entumecidos, sintiendo que cada letra era un clavo en mi propio ataúd. Al terminar, me dio la espalda, regresando a su silla como si acabara de comprar un mueble nuevo.

—Puedes irte, Elena. Aprovecha tu última noche de libertad.

Salí de la oficina con el corazón en la garganta. No sabía que esa noche, en un último intento por sentir que aún era dueña de algo, cometería el error que cambiaría mi vida para siempre.

Porque lo que Julián no sabía es que, a veces, el odio y el deseo son las dos caras de la misma moneda. Y yo estaba a punto de descubrir que mi cuerpo tenía una memoria que mi mente no podía controlar.

Dos semanas después de entrar en la mansión de Julián, desperté con una sensación que no conocía. No era el frío del aire acondicionado, ni el miedo a sus ojos grises. Era un revuelo en mi estómago, una náusea repentina que me obligó a correr al baño mientras él aún dormía en la habitación de al lado.

Me apoyé en el mármol frío del lavabo, mirando mi reflejo pálido en el espejo.

—No puede ser —susurré, mientras mi mano bajaba instintivamente a mi vientre todavía plano.

Había aceptado el trato para salvar a mi padre del enemigo. Pero ahora, llevaba la sangre de ese enemigo creciendo dentro de mí.

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