Mundo de ficçãoIniciar sessãoElena siempre supo que su padre, un empresario venido a menos, tenía enemigos. Pero nunca imaginó que el peor de todos sería Julián Torres: un hombre tan atractivo como despiadado, que ha orquestado la caída de su familia con fría precisión. Cuando el padre de Elena es encarcelado injustamente por culpa de Julián, ella toma una decisión desesperada: confrontar al monstruo en su guarida. Julián le ofrece un trato cruel: él retirará los cargos si ella se convierte en su "propiedad" durante seis meses, un trofeo para humillar aún más a su enemigo. Elena acepta, decidida a odiarlo cada segundo. Sin embargo, en el juego de la seducción y el poder, las líneas se borran. Justo cuando ella empieza a ver al hombre detrás del monstruo, descubre la terrible verdad: Julián fue el causante de una tragedia familiar pasada que ella desconocía. Decidida a escapar de ese amor tóxico, Elena huye... pero se lleva algo con ella. Un secreto que late en su vientre.
Ler maisEl frío me calaba los huesos, o quizás era solo el terror de saber que estaba a pocos pasos del hombre que había jurado destruir a mi familia.
Apreté mi bolso contra el pecho, sintiendo el peso del sobre que contenía las últimas acciones de la empresa de mi padre. Papel mojado. Basura. Pero era lo único que me quedaba para negociar su libertad. —El señor Torres la recibirá ahora, señorita Varela —dijo la secretaria con una voz tan mecánica como su sonrisa. Me puse en pie. Mis rodillas temblaron, pero me obligué a enderezar la espalda. Mi padre estaba en una celda húmeda, acusado de un fraude que él juraba no haber cometido, y Julián Torres era el arquitecto de su desgracia. Empujé las pesadas puertas de roble. La oficina era inmensa, minimalista y oscura. Detrás de un escritorio de cristal que parecía un bloque de hielo, estaba él. Julián no levantó la vista de inmediato. Estaba firmando unos documentos, su pluma estilográfica se deslizaba sobre el papel con un sonido siseante, como el de una serpiente. Tenía el cabello oscuro perfectamente peinado y los hombros anchos bajo un traje que probablemente costaba más que la casa de mi infancia. Era insultantemente atractivo, de esa manera peligrosa que te hace querer correr en la dirección opuesta. —Llegas tres minutos tarde, Elena —dijo sin mirarme. Su voz era barítono, profunda, con una vibración que sentí directamente en el estómago. —El tráfico estaba... —empecé, pero me interrumpió con un gesto seco de la mano. —No me interesan las excusas. Me interesa saber qué haces aquí después de que tu padre me robara lo que me pertenecía. Caminé hasta quedar frente a él. El aroma de su colonia, una mezcla de sándalo y algo metálico, me envolvió. —Él no te robó nada, Julián. Tú le tendiste una trampa. Sabes que él es inocente. Por fin, levantó la mirada. Sus ojos no eran negros; eran de un gris tormenta, tan fríos que me hicieron retroceder un paso. Se puso en pie, revelando lo alto que era. Rodeó el escritorio con una elegancia depredadora hasta quedar a centímetros de mí. Podía sentir el calor que emanaba su cuerpo, un contraste brutal con su actitud gélida. —Inocente es una palabra muy grande para un hombre como Ricardo Varela —murmuró, inclinándose hacia mí. Su aliento rozó mi oído—. Tu padre destruyó mi vida hace años. Ahora, yo solo estoy cobrando los intereses. —Por favor... —mi voz se quebró, y odié mostrarme débil ante él—. Retira la denuncia. Él no sobrevivirá a la cárcel. Está enfermo. Te daré lo que quieras. Tengo las acciones de la textil, el terreno en el sur... Julián soltó una carcajada seca, carente de humor. —¿Papeles quemados? ¿Tierra seca? Elena, no seas ingenua. Tu familia está en la ruina. No tienes nada que yo quiera... —Sus ojos recorrieron mi cuerpo, desde mi cabello desordenado por el viento hasta mis botas gastadas. Se detuvieron en mis labios un segundo más de lo necesario, y un escalofrío que no era de miedo me recorrió la columna—. O casi nada. El silencio se volvió espeso. Mi corazón latía tan fuerte que juraría que él podía escucharlo. —¿Qué quieres decir? —pregunté en un susurro. Él dio un paso más, invadiendo mi espacio personal. Levantó una mano y, con un movimiento lento, apartó un mechón de pelo de mi cara. Sus dedos rozaron mi mejilla y sentí una descarga eléctrica que me dejó sin aliento. —Quiero que sientas lo que es perder la dignidad, Elena. Quiero que la hija del hombre que me humilló sea quien limpie mis manchas —su mirada se volvió oscura, casi salvaje—. Seis meses. —¿Seis meses de qué? —De ti. Vivirás en mi casa. Estarás a mi disposición. Serás mi sombra, mi asistente... y lo que yo decida que seas en la intimidad. A cambio, tu padre saldrá de esa celda mañana mismo. El aire se escapó de mis pulmones. Estaba pidiéndome que me vendiera. Que fuera su trofeo de guerra. —¿Me estás pidiendo que sea tu... amante? —la palabra me amargó la boca. Julián sonrió, una sonrisa cruel que no llegaba a sus ojos. —Te estoy pidiendo que pagues la deuda de tu padre con la única moneda que te queda: tú misma. Miré hacia la ventana. Desde aquí se veía la ciudad, ajena a mi tragedia. Pensé en mi padre, solo y asustado. Pensé en el odio que Julián destilaba, un odio que parecía alimentarse de mi presencia. —Si acepto... ¿él estará a salvo? ¿Dejarás de perseguirlo? —Tienes mi palabra de caballero —dijo, aunque "caballero" era lo último que él era—. Pero si intentas huir, si me mientes o si te resistes... volverá a esa celda y me aseguraré de que nunca vea la luz del sol. Mis manos temblaban tanto que tuve que entrelazarlas. El destino era una broma pesada. Iba a entregarme al hombre que más odiaba para salvar al hombre que más amaba. —Acepto —susurré. Julián se acercó más, tanto que su pecho rozaba el mío. Pude ver una chispa de triunfo —y algo más, algo parecido al hambre— en sus ojos grises. —Buena chica. Firma aquí —sacó un contrato que ya tenía preparado sobre la mesa. Lo tenía todo planeado—. Mañana a primera hora un coche te recogerá. No lleves mucha ropa. No la vas a necesitar. Firmé con dedos entumecidos, sintiendo que cada letra era un clavo en mi propio ataúd. Al terminar, me dio la espalda, regresando a su silla como si acabara de comprar un mueble nuevo. —Puedes irte, Elena. Aprovecha tu última noche de libertad. Salí de la oficina con el corazón en la garganta. No sabía que esa noche, en un último intento por sentir que aún era dueña de algo, cometería el error que cambiaría mi vida para siempre. Porque lo que Julián no sabía es que, a veces, el odio y el deseo son las dos caras de la misma moneda. Y yo estaba a punto de descubrir que mi cuerpo tenía una memoria que mi mente no podía controlar. Dos semanas después de entrar en la mansión de Julián, desperté con una sensación que no conocía. No era el frío del aire acondicionado, ni el miedo a sus ojos grises. Era un revuelo en mi estómago, una náusea repentina que me obligó a correr al baño mientras él aún dormía en la habitación de al lado. Me apoyé en el mármol frío del lavabo, mirando mi reflejo pálido en el espejo. —No puede ser —susurré, mientras mi mano bajaba instintivamente a mi vientre todavía plano. Había aceptado el trato para salvar a mi padre del enemigo. Pero ahora, llevaba la sangre de ese enemigo creciendo dentro de mí.Me desperté antes de que saliera el sol. Mi pierna derecha ya no dolía como antes, pero el clima me recordaba cada mañana que ya no era el joven invencible que vivía en un ático de cristal. Ahora era simplemente un hombre que necesitaba leña para que su mujer no pasara frío.Salí al porche. La nieve cubría los pinos y el silencio era tan absoluto que podía oír el crujido de mis propios pasos. No había cámaras. No había satélites rastreándome. O al menos, eso es lo que el gobierno quería que creyera. Me puse a picar leña. Cada golpe del hacha contra el tronco era un ejercicio de realidad. Madera, metal, sudor. Nada de código. Nada de mentiras.—El café está listo, David —gritó Maya desde la puerta.Me detuve. "David". Ese era mi nuevo nombre. Me costaba acostumbrarme, pero me gustaba el sonido. David era un hombre que sabía arreglar cercas. Thomas Hoffman era el hombre que casi destruye la economía mundial. Prefería a David.—Ya voy —respondí, clavando el hacha en el tocón.Entré en la
El motor de la furgoneta se apagó y, por un momento, el silencio fue tan pesado que me dolieron los oídos.El agente joven, el que nos había conducido durante horas, se bajó sin decir una palabra. Rodeó el vehículo y abrió la puerta corredera. La luz de la tarde en Vermont era de un color ámbar que nunca había visto en la ciudad. Era limpia, sin el tamiz del esmog o el reflejo del acero.—Este es el lugar —dijo el agente, señalando una estructura de madera oscura que parecía fundirse con los pinos—. Las llaves están puestas. Hay suministros para una semana en la cocina.Me bajé con cuidado, sintiendo cómo mi pierna derecha protestaba al pisar la tierra húmeda. Maya me siguió, tomándome del brazo para estabilizarme. Los dos nos quedamos mirando la casa. Era pequeña, de dos plantas, con un porche que crujía bajo el peso del viento.—¿No hay nadie más? —preguntó Maya, mirando hacia el camino de tierra por el que habíamos venido.—Nadie —respondió el agente mientras volvía al asiento del
Me senté en el borde del catre, frotándome las marcas que las esposas habían dejado en mis muñecas. El silencio en el ala de máxima seguridad era artificial, casi sólido. Podía oír el zumbido de las cámaras de seguridad siguiendo cada uno de mis movimientos. Era una ironía perfecta: el hombre que desnudó al mundo ahora era el más observado de todos.La puerta de acero se abrió con un gemido pesado. Miller entró solo, sin escoltas ni carpetas. Se veía diez años más viejo que la semana pasada. Se sentó en la única silla de plástico de la habitación y me miró durante un largo rato antes de hablar.—¿Sabes qué está pasando ahí fuera, Thomas? —preguntó Miller. Su voz sonaba ronca.—No tengo conexión a internet, Miller. Tú eres mi única ventana al mundo —respondí.—La gente está acampando frente al juzgado. No son solo manifestantes. Son familias enteras. Gente que perdió sus casas en 2008, gente que nunca entendió por qué sus ahorros desaparecieron. Te llaman "El Testigo".—Es un nombre m
La mañana de la vista preliminar empezó antes de que el sol lograra filtrarse por los edificios de hormigón. Me despertaron con un chorro de luz fría y el sonido de las cadenas golpeando el suelo. No hubo café caliente esta vez, solo el movimiento rápido de los guardias que me sacaron de la celda. El mono naranja se sentía como papel de lija contra mi piel. Me pusieron un chaleco antibalas pesado encima, ocultando mi número de prisionero, y me ajustaron las esposas hasta que sentí el metal morder mis muñecas.Me llevaron por el garaje subterráneo hasta una furgoneta blindada que esperaba con el motor encendido. Miller estaba allí, apoyado contra la puerta del vehículo. Tenía una mancha de café en la solapa y se frotaba las sienes con fuerza. No me miró a los ojos cuando subí. Estaba demasiado ocupado escuchando el auricular que tenía pegado a la oreja derecha. El ambiente estaba cargado de una tensión que podías cortar con un cuchillo.—Hay diez mil personas rodeando el juzgado de P





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