Mundo ficciónIniciar sesiónMe quedé inmóvil en la inmensa oficina, escuchando el eco de sus pasos alejarse. El silencio que dejó Julián era casi más aterrador que su presencia. Me dejé caer en su silla de cuero, la cual aún conservaba el calor de su cuerpo, y enterré el rostro en mis manos.
Embarazada. La palabra golpeaba mis sienes con la fuerza de un martillo. No era solo un secreto; era una sentencia. Si Julián confirmaba que el hijo era suyo, me usaría para terminar de destruir a mi padre. O peor aún, me convertiría en un trofeo, una pieza de colección en su vitrina de venganzas. Un repentino mareo me obligó a aferrarme al borde del escritorio. El estómago se me revolvió y el aroma del café frío que Julián había dejado allí me resultó insoportable. Corrí hacia el baño privado de la oficina y apenas llegué a tiempo. Cuando terminé, me apoyé contra el mármol frío del lavabo, mirando mi reflejo. Estaba pálida, con los ojos inyectados en sangre y los labios trémulos. Me veía como una víctima, y odié esa imagen. —No vas a quebrarme, Julián —susurré, limpiándome la boca con agua helada—. No vas a quedarte con mi orgullo también. Al salir del baño, él ya estaba allí. No me había oído salir. Estaba de pie frente al ventanal, con las manos en los bolsillos del pantalón, observando la ciudad como si fuera el dueño de cada alma que caminaba allá abajo. Al oírme, se giró. Su mirada recorrió mi rostro, deteniéndose en mi palidez. —¿Has vuelto a vomitar? —preguntó. Su voz no tenía la dureza de antes; había una nota de algo que no supe descifrar. ¿Preocupación? No, Julián Torres no se preocupaba por nadie. Era curiosidad científica, como quien observa a un animal herido. —No es de tu incumbencia —respondí, tratando de pasar por su lado, pero él me bloqueó el paso. Su cercanía era abrumadora. Podía oler el tabaco caro y la menta en su aliento. Julián levantó una mano y, con una lentitud que me torturaba, rozó mi mejilla con el dorso de sus dedos. Su contacto era fuego puro contra mi piel helada. —Todo lo que pase en este edificio, y todo lo que pase en tu cuerpo, es de mi incumbencia ahora —murmuró, inclinándose hacia mí—. Mi abogado dice que hay una facción de los socios de tu padre que no está contenta con mi victoria. Piensan que tú eres la clave para llegar a los archivos que tu padre escondió. —¿De qué hablas? Mi padre no tiene archivos, solo tiene deudas. —Tu padre es más listo de lo que crees, Elena. Y más peligroso. Pero eso ya no importa. No vas a volver a tu apartamento. Ni hoy, ni mañana. El corazón me dio un vuelco. —¿Qué quieres decir? —He ordenado que trasladen tus cosas a mi residencia —dijo, y una sonrisa cruel e imperceptible bailó en sus labios—. Si estás embarazada, no voy a dejar que el heredero de mi imperio, o el hijo de mi enemigo, esté por ahí desprotegido. Estarás bajo mi techo, donde pueda vigilar cada bocado que comes y cada respiración que das. —¡Es un secuestro! —le grité, golpeando su pecho con frustración—. No puedes obligarme a vivir contigo. ¡Te odio! ¡Preferiría vivir en la calle antes que pasar una noche más cerca de ti! Julián me atrapó las manos con una sola de las suyas, inmovilizándolas contra su pecho. Pude sentir la dureza de sus músculos y el ritmo constante de su corazón. Me atrajo hacia él hasta que no quedó ni un milímetro de aire entre nosotros. —Dime que me odias —susurró, bajando la vista a mis labios—. Dímelo otra vez, mientras tu pulso se acelera porque estoy cerca. Dímelo mientras tus pupilas se dilatan porque te mueres por saber si voy a besarte o a destruirte. —Te... odio —repetí, pero mi voz me traicionó, saliendo como un gemido ahogado. Él se rió, un sonido bajo y oscuro. —Mientes. Te aterra lo mucho que me deseas, Elena Varela. Te aterra saber que, después de lo que le hice a tu familia, tu cuerpo sigue recordándome. Me soltó tan bruscamente que casi pierdo el equilibrio. Caminó hacia su escritorio y tomó su chaqueta. —El coche espera abajo. No hagas una escena. Si colaboras, mañana permitiré que hables con tu padre por video-llamada. Si no... bueno, el hospital donde está es propiedad de uno de mis socios. Sería una lástima que hubiera un error con su medicación. Sentí un escalofrío de puro terror. Era un monstruo. Un monstruo hermoso y despiadado que sabía exactamente dónde golpear. —Eres un demonio —le dije, con las lágrimas quemando mis ojos. —Soy el demonio que te mantiene a salvo —respondió él, abriendo la puerta y haciéndome una seña para que pasara—. Camina, Elena. Nuestra nueva vida nos espera. El trayecto en el coche fue una tortura de silencios compartidos y roces accidentales cada vez que el vehículo giraba. Julián no me miraba, pero sentía su atención clavada en mí, como si fuera un radar. Al llegar a su mansión, una estructura de acero y cristal que gritaba poder, me di cuenta de que mi libertad se había acabado oficialmente. Julián bajó del coche y, antes de que el chófer pudiera reaccionar, él mismo me abrió la puerta y me ofreció la mano. —Bienvenida a casa, Elena —dijo con una ironía punzante. Miré su mano, grande y fuerte, la misma mano que me había acariciado con una ternura falsa en el hotel y que ahora sostenía las riendas de mi destino. No se la di. Bajé por mi cuenta, ignorando su gesto, pero al pasar a su lado, él me tomó del brazo y me susurró al oído: —Esta noche cenaremos juntos. Y después, llamaremos a un médico privado. Quiero saber exactamente qué está creciendo dentro de ti, antes de que decida qué hacer contigo. Entré en la casa sintiendo que las paredes de oro se cerraban a mi alrededor. Estaba en la guarida del lobo, cargando con su cachorro, y no tenía ni idea de si iba a sobrevivir a la noche.






