Mundo ficciónIniciar sesiónLuna vive en la periferia con sus abuelos ancianos y paga las cuentas con lo que gana en las noches del Lux Club. Rodrigo — conocido en el mercado financiero como Diablo — es un CEO multimillonario, frío y calculador, acostumbrado a comprar empresas y destruir competidores sin piedad. Nunca necesitó a nadie. Nunca quiso a nadie. Pero aquella noche, en el lujoso reservado del Lux Club, una mujer de vestido corto y mirada afilada lo desafió sin miedo. Y él no pudo olvidarla. Un beso en el baño. Un juego de poder y deseo. Y una propuesta que ninguno de los dos esperaba: él quiere sacarla de la vida que lleva. Ella no confía en nadie, mucho menos en un hombre que compra y vende lo que quiere. Entre encuentros en el ático, cenas en restaurantes caros y noches de sexo salvaje, Luna descubre que Diablo no es solo el apodo de Rodrigo — es la manera que él encontró para no ser vulnerable. Pero con ella, pierde el control. Cuando su problemática ex intenta usar al hijo de Rodrigo para manipularlo, y un antiguo cliente de Luna resurge dispuesto a todo para tenerla, ambos son arrastrados a una red de celos, traición y elecciones que costarán caro. En medio de adquisiciones hostiles, secretos del pasado y una pasión que arde más que cualquier venganza, Luna y Rodrigo tendrán que decidir: continuar solos — o enfrentar juntos el fuego que cada uno lleva dentro. — "¿Quién dijo que necesito que me salven? Solo quiero a alguien que camine a mi lado, no delante de mí." — Luna — "No tienes idea de lo que me haces. Y es exactamente por eso que no puedo dejarte ir." — Diablo
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Su mirada nunca miente. Cuando paso, se les cierra el rostro, comienzan los susurros, apresuran el paso. Algunas fingen no verme —desvían la mirada como si mirar a una mujer como yo fuera contagioso. Otras aprietan el paso y cuchichean al viento, y yo sé lo que dicen. Puta. Vagabunda. Vergüenza del barrio. Ya no duele. Hace tiempo que dejó de doler. No es ninguna novedad para nadie a lo que me dedico en la vida. Nunca me importó esconderlo, y no es ahora que voy a empezar a sentir vergüenza. Vergüenza es lo que deberían sentir ellos —los que señalan con el dedo con la boca sucia y el alma más sucia todavía. Llegué a casa temprano hoy. Eso, por sí solo, ya era raro. Margarita estaba sentada en el porche, los dedos arrugados bordando unos trapos viejos que ella insiste en arreglar desde que tengo uso de razón. El vestido floreado de ella, manchado de café, se mecía con el viento débil de la noche. Otra madrugada despierta esperando a que volviera. —No deberías estar despierta, abuela —dije, tirando mi bolso en el sofá gastado. —Y tú no deberías estar llegando a esta hora tampoco. Pero una hace lo que puede, ¿no? —respondió, sin quitar los ojos del bordado. Sebastián estaba sentado en el sillón de paja, la televisión a todo volumen, como si todavía oyera algo. Los ojos fijos en la pantalla, la mandíbula caída, el pecho subiendo despacio. Durmiendo despierto. Dejé el dinero de la semana encima de la nevera, como hacía cada martes y viernes desde que tengo memoria. Los billetes arrugados, sudados, sucios de una vida que nadie elige, pero que mantiene esta casa. Nadie preguntó nada. Tampoco, ¿para qué? Ellos saben. Pero también saben que sin ese dinero no habría medicamento para Sebastián, la leche para Margarita, la cuenta de la luz que siempre llega al límite. —Se acabó el arroz —dijo Margarita, levantando la mirada—. Si puedes, trae mañana. —Voy a traer, abuela. Puedes quedarte tranquila. Ella asintió. Solo eso. El abuelo ni siquiera miró atrás. Solo murmuró un "buenas noches" del rabillo de la boca, sin despegar los ojos de la novela repetida. El sonido rebotaba por las paredes finas de la casa, mezclado con el chirrido del ventilador viejo y el ladrido lejano de algún perro afuera. Me quedo callada. Hago lo que hay que hacer. Hay días que parece que todo aquí gira igual. Yo salgo, vuelvo, pago las cuentas, finjo que todo está bien. Y sigo siendo el tema favorito de los que no tienen el valor de vivir como quieren. Las mismas que me señalan con el dedo son las que mandan al marido a buscarme en el silencio de la noche. Las mismas que me llaman vagabunda en la calle son las que piden dinero prestado a fin de mes. La hipocresía tiene olor. Huele a café recalentado y jabón en polvo barato. Y yo estoy harta de sentir ese olor todos los días. El celular vibra en el bolsillo del short. Tatiana: Cliente marcado. Ya voy. Leí el mensaje dos veces. Ella no pierde el tiempo. Y yo tampoco. Pero hoy, no sé… estoy sin ganas. Debe ser cansancio. O solo uno de esos días en que todo parece demasiado pesado, como si el aire estuviera más denso y cada paso exigiera un esfuerzo descomunal. El tipo de día que una mira al techo y piensa ¿será que esto es todo? --- La mayoría solo me busca en secreto. Hombres casados con anillo brillando en el dedo y la foto de la familia en el celular. Jóvenes curiosos que tiemblan más que vara verde la primera vez, las manos sudadas, la mirada perdida. Viejos verdes que pagan bien solo para tener a alguien que finja que todavía son jóvenes. Hay de todo en esta vida. De todo, de verdad. Unos pagan bien —dinero en mano, antes de cualquier cosa, sin rodeos. Otros intentan estafar, hablada suave, promesas vacías, cuentos chinos para no pagar. Ya he tenido que bajarme del coche andando con miedo, saltar en marcha, correr con tacones por la calle oscura. Ya he llorado en silencio después de salir de una habitación, en el baño, con el maquillaje corrido y el alma hecha pedazos. Ya he tragado sapo por necesidad, sonreído a quien me daba asco, fingido placer cuando lo que quería era vomitar. Pero también he subido a un coche sabiendo que iba a salir de ahí con el alquiler pagado, la despensa llena, el medicamento asegurado. Y eso es lo que mantiene mi cabeza en alto. Eso es lo que me hace levantarme de la cama en los días malos. No es orgullo. Es supervivencia. Ellas me llaman de todo. Puta, vagabunda, vergüenza del barrio. Pero ninguna pone comida en mi casa. Ninguna fue conmigo a comprar el medicamento que mi abuelo necesita para el dolor de las articulaciones —él que llegó a los setenta sin haber quejado de nada y ahora apenas puede levantarse de la silla. Ninguna lavó la sábana de mi abuela cuando estaba enferma, en la madrugada, sin quejarse del olor, del cansancio, de la falta de sueño. Así que pueden hablar. Su lengua no paga mis cuentas. En el barrio, nadie es santo. El vecino que vende droga en la esquina, la mujer que hace apuestas ilegales, el tipo que desvía mercancía del camión. Cada uno tiene su pecado escondido. Yo solo no escondo el mío.La fiesta ya había terminado hacía un rato. Heloísa estaba sentada en el sofá con su barriga, Igor acostado con la cabeza en su regazo, y Verónica, mi madre, recogiendo los vasos sobre la mesa, quejándose sola:—Esta chiquillería me acaba con todo, misericordia —dijo Verónica.Luna estaba a mi lado, sentada con Jade en el regazo, y Benicio acostado en el suelo, casi durmiendo. Jade parpadeaba despacio, luchando por no apagarse, pero el sueño ya la había vencido.—Mamá, ¿puedo quedarme a dormir aquí hoy? —preguntó Benicio, medio soñoliento.—Ay, sí —respondió Verónica antes incluso de que yo abriera la boca. —La abuela hace panqueques mañana temprano para ustedes.Jade levantó la cabecita, sus ojitos casi cerrándose.—Panqueques, abuela… con leche —dijo Jade.Todos rieron. Luna me miró y ya entendimos: ellos se quedaban. Mejor así — duermen bien, y nosotros también descansamos un poco. Ayudé a Benicio a subir a la habitación, él ya durmiéndose de pie, y volví a la sala. Verónica tomó a
Salimos de la tienda con Heloísa quejándose del calor, Igor llegando en moto y Luna intentando equilibrar bolso, bebé y paciencia todo al mismo tiempo.—Ay, mi amor! ¡Trae ya a esta mujer a casa, que si espero más, el pastel se derrite! —dijo Igor.—No se derrite nada, lo que pasa es que tienes miedo de descubrir que vas a tener que compartir la videoconsola con una niña —respondió Heloísa.—Mentira, ¡yo quiero una niña! Solo para verla con ese genio tuyo —dijo Igor.—Entonces prepárate para sufrir, papá —respondió Heloísa.—Misericordia, ya empezaron —dije yo.Todos rieron. Benicio corrió delante con un globo azul que Luna le dio, y Jade venía en mi regazo, riendo y señalando todo en el camino.La casa de Heloísa estaba toda decorada: rosa y azul, globos esparcidos, mesa de dulces, pastel enorme y un cartelito con "¿Niño o Niña?" en medio.—Has decorado de maravilla, eh, Helô. ¡Está hermoso! —dijo Luna.—La mujer de la decoración casi me mata, pero valió la pena. Ahora solo falta que
Fin Un año después Luna ha recuperado su tienda. Heloísa aún ayuda a veces. Ahora, con cinco meses de barriga, pasa el día sentada en el mostrador comiendo bocaditos y quejándose de que está gorda. Y hoy va a ser la fiesta de revelación del sexo de su bebé con Igor. Aparqué el coche justo enfrente de la tienda de Luna. El sol estaba caliente, y el sonido del coche aún sonando bajito dejaba el ambiente algo ligero. Apagué el motor, miré por el retrovisor y los vi a los dos en el asiento trasero — Jade golpeando su piececito en el asiento y Benicio con cara de impaciente. —Vamos, tropa —dije riendo. Bajé, di la vuelta y abrí la puerta de atrás. Antes incluso de que pudiera decir algo, Jade ya se había lanzado fuera, tropezando con sus propios pies, riendo y gritando: —¡Mamááá! —gritó Jade. —Oye, tranquila —se quejó Benicio, intentando sujetarla del brazo. Ella salió corriendo, empujando la puerta de vidrio de la tienda con las dos manos. La puerta hizo ese "tac" alto, y juro que
Estaba acostada en la habitación, solo disfrutando del silencio mientras Jade dormía en la cuna. El sol golpeaba medio débil por la ventana, un viento bueno pasando… todo tranquilo. De repente, oí una voz desde la puerta:—¡Oye, mi princesa, mira a la tía llegandooo! —gritó Heloísa.Miré y vi a Heloísa entrando, toda escandalosa como siempre, riendo y hablando con la bebé, aunque ella durmiera.—Eres de armas tomar, ¿no, Jade? Toda princesita, igual que la madre. Ya estoy viendo que vas a dar guerra cuando crezcas, ¿eh? —dijo Heloísa.Yo reí, moviendo el cabello, medio sin creer que ella estuviera allí tan tranquila después de tanto tiempo.—¿Solo apareces cuando la nostalgia ya ha llegado, no? —pregunté.—Ay, no digas nada. Estoy hecha polvo. Esta tienda me está volviendo loca, amiga —respondió Heloísa.—¿Cómo está por allá? —pregunté, curiosa, ajustando la almohada en la espalda.—Está llena, chica. ¡Llena de verdad! Abro la puerta y ya hay gente esperando. Se vende ropa, se venden










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