Mundo ficciónIniciar sesiónEl secreto quemaba en mis entrañas mucho más que las náuseas.
Me lavé la cara con agua helada, intentando borrar el rastro de palidez de mis mejillas. No podía permitirme colapsar. No aquí, no en su terreno. Miré el cronómetro de mi celular; apenas habían pasado diez minutos desde que me levanté, pero sentía que mi vida entera se había descarrilado en ese breve espacio de tiempo. —Elena. Su voz, filtrándose a través de la puerta de madera del baño, me hizo dar un respingo. Era una voz que no pedía, sino que reclamaba. —Sal ahora. Tenemos poco tiempo. Me sequé las manos con una toalla que se sentía demasiado suave, demasiado cara. Todo en esta mansión era un recordatorio de que yo era un pájaro en una jaula de oro, y que el dueño de la llave no tenía compasión. Al abrir la puerta, me lo encontré de pie junto al ventanal de la habitación. Ya estaba vestido: una camisa blanca impecable con los primeros botones desabrochados y un pantalón de traje oscuro. El sol de la mañana entraba de lado, esculpiendo sus facciones como si fuera una estatua de mármol negro. —Estás pálida —dijo, entornando los ojos. Su mirada gris era como un escáner que buscaba cualquier debilidad—. ¿Te arrepientes ya del trato? —Solo he dormido mal —mentí, pasando por su lado para buscar algo de ropa en el armario que él mismo se había encargado de llenar. —Acostúmbrate. No te traje aquí para que descanses —dio un paso hacia mí, y su presencia pareció absorber todo el oxígeno del cuarto—. Hoy mi abogado presentará la solicitud de fianza para tu padre. Pero recuerda las cláusulas, Elena. Él sale, tú te quedas. Si cruzas esa puerta principal sin mi permiso, él vuelve a la celda antes de que puedas decir su nombre. Me detuve con un vestido entre las manos. El nudo en mi garganta se apretó. —Lo sé. No tienes que repetirlo cada cinco minutos. Julián se acercó por detrás. No me tocó, pero sentí su calor irradiando contra mi espalda. El aroma a café y a ese perfume boscoso que usaba me revolvió el estómago de nuevo. Cerré los ojos con fuerza, luchando contra el impulso de salir corriendo al baño otra vez. —Mírame cuando te hablo —ordenó con ese tono bajo que erizaba los vellos de mi nuca. Me giré lentamente. Estaba tan cerca que podía ver las pequeñas motas plateadas en sus ojos. Me tomó del mentón con dos dedos, obligándome a sostenerle la mirada. Sus dedos estaban fríos, pero su contacto quemaba. —Eres una pésima mentirosa —murmuró, bajando la vista hacia mis labios—. Tiemblas cada vez que me acerco. ¿Es miedo o es otra cosa, Elena? —Es asco —escupí, aunque mi corazón traidor latía desbocado. Una sombra de algo parecido a la furia —o quizás algo más oscuro— cruzó su rostro. Sus dedos apretaron un poco más mi mandíbula, no lo suficiente para doler, pero sí para dejar claro quién tenía el control. —El asco se cura con la costumbre. Prepárate. Bajaremos a desayunar y luego vendrás conmigo a la oficina. A partir de hoy, serás mi asistente personal. Quiero tenerte donde pueda verte, cada hora de cada maldito día. Soltó mi rostro con un movimiento seco y salió de la habitación sin mirar atrás. Me desplomé sobre la cama en cuanto la puerta se cerró. Mis manos bajaron automáticamente a mi vientre. ¿Cómo iba a ocultar esto? ¿Cómo iba a trabajar a su lado, soportar sus humillaciones y sus miradas, mientras llevaba a su hijo dentro? Julián Torres odiaba a mi padre por algo que ocurrió hace veinte años, una deuda de sangre y dinero que yo apenas comprendía. Si se enteraba de que el linaje de los Varela y los Torres se había unido en mi vientre, no sabía si me protegería o si me destruiría definitivamente. El desayuno fue un ejercicio de tortura silenciosa. El comedor era demasiado grande para dos personas. Julián leía el periódico digital en su tablet mientras bebía café negro. Yo apenas podía mirar la fruta frente a mí. El olor del café, que antes amaba, ahora me resultaba insoportable. —Come —dijo sin levantar la vista—. No quiero que te desmayes en la oficina y que la gente piense que no te alimento. —No tengo hambre. Él dejó la tablet sobre la mesa con un golpe seco que me hizo saltar en la silla. —No fue una sugerencia. Tomé un trozo de manzana con dedos temblorosos y lo mastiqué como si fuera cartón. Julián me observó durante un largo minuto, su mirada fija en el movimiento de mi garganta al tragar. Había algo en su escrutinio que me hacía sentir desnuda. De repente, su teléfono vibró sobre la mesa. Lo tomó y su expresión se endureció instantáneamente. —Dime —contestó con voz cortante. Guardó silencio mientras escuchaba al interlocutor—. ¿Seguro? Bien. No hagas nada hasta que yo llegue. Asegúrate de que no hable con nadie. Colgó y se puso de pie, su aura de mando llenando la estancia. —Cambio de planes. Tu padre ya está fuera. Mi corazón dio un vuelco de alegría, pero la expresión de Julián me detuvo. No era la cara de alguien que acababa de cumplir su parte del trato por generosidad. —¿Está bien? ¿Dónde está? —pregunté, levantándome también. —Está en su casa, bajo vigilancia —respondió Julián, rodeando la mesa hacia mí—. Pero parece que tu querido padre dejó algunos "regalos" antes de caer. Mi equipo acaba de encontrar documentos que sugieren que no solo me estafó a mí, sino que estuvo involucrado en la quiebra de la empresa de mi madre. Se detuvo frente a mí, y esta vez sí me tomó del brazo, apretando con fuerza. Sus ojos grises eran ahora dos pedazos de hielo. —Si eso es cierto, Elena, seis meses no serán suficientes. —Él no haría algo así... —alcancé a decir, pero el mareo regresó con una fuerza devastadora. La habitación empezó a dar vueltas. Los bordes de mi visión se volvieron negros. El rostro de Julián, lleno de odio y sospecha, fue lo último que vi antes de que mis piernas cedieran. Sentí unos brazos fuertes atrapándome antes de tocar el suelo. —¡Elena! —fue lo último que escuché, su voz sonando extrañamente lejana y... ¿preocupada? Desperté unos minutos después en el sofá del estudio. Julián estaba arrodillado junto a mí, con una expresión que no supe descifrar. Tenía un vaso de agua en la mano y me observaba con una intensidad aterradora. —Voy a llamar a un médico —dijo con voz ronca. —No —dije demasiado rápido, intentando incorporarme—. No es necesario. Solo fue el calor, no he desayunado bien... Julián me puso una mano en el hombro, obligándome a quedarme recostada. —No me mientas más. Te desmayaste en mis brazos, estás fría como un cadáver y has estado actuando extraño desde que te levantaste. Se puso de pie y sacó su teléfono. Mi pulso se aceleró. Si el médico venía, todo se acabaría. Mi secreto, mi única ventaja, sería expuesto. —Julián, por favor, no llames a nadie —supliqué, agarrando el borde de su camisa. Él se detuvo y me miró desde arriba. Sus ojos bajaron de mi rostro a mi mano, que apretaba su ropa, y luego bajaron más, hacia mi abdomen. Un destello de comprensión, una chispa de sospecha letal, cruzó sus facciones. —¿Elena? —su voz bajó a un susurro peligroso—. ¿Hay algo que no me hayas dicho sobre esa noche en el hotel, antes de que empezara este contrato? El silencio en el estudio era tan pesado que podía oír el tic-tac de un reloj de pared. Mi destino pendía de un hilo. —Dime la verdad —exigió, inclinándose sobre mí, su sombra cubriéndome por completo—. ¿De quién es ese hijo que estás intentando ocultarme?






