Miré por la ventana, evitando encontrarme con su reflejo en el cristal. Mi mano derecha, la que llevaba el diamante que pesaba más que mi propia alma, temblaba ligeramente sobre mi regazo. Aún podía sentir el frío de la mano de mi padre y la forma en que sus dedos habían espasmado al ver a Julián. ¿Era miedo? ¿Era una advertencia? Las palabras de Julián seguían rebotando en mi mente: “Tu padre no es la víctima que crees”.
—Deja de torturarte, Elena —la voz de Julián rompió el silencio, profunda