C3

El silencio que siguió a su pregunta fue tan denso que podía oír el zumbido de la sangre en mis oídos. Julián me sujetaba contra su pecho; su mano izquierda sostenía mi nuca con una firmeza que rozaba el dolor, mientras que la otra rodeaba mi cintura como si quisiera evitar que me desintegrara.

—Dime la verdad, Elena —repitió. Su voz no era un grito, sino un susurro ronco, cargado de una posesividad que me erizó la piel—. ¿De quién es?

Traté de apartarme, pero mi cuerpo me traicionó. El aroma de su piel, ese perfume a madera y ambición, me mareaba más que la anemia. Apoyé mis manos contra su pecho, sintiendo el latido errático de su corazón bajo la fina tela de su camisa.

—No es asunto tuyo —logré decir, aunque mi voz sonó quebrada—. Me trajiste aquí para ser tu asistente, para pagar una deuda. Mi vida privada no estaba en el contrato.

Julián soltó una carcajada seca que vibró contra mi propio pecho. De un movimiento rápido, me levantó en vilo y me sentó sobre el escritorio de cristal. Me acorraló entre sus brazos, obligándome a mirarlo. Sus ojos grises estaban encendidos, una tormenta de sospecha y algo que se parecía peligrosamente al hambre.

—Te equivocas. Desde el momento en que firmaste, cada parte de ti me pertenece por los próximos seis meses —su mano bajó lentamente, rozando mis costillas hasta detenerse justo encima de mi vientre—. Y si llevas algo aquí dentro, tengo que saber si es el hijo de un aliado o la semilla de otro enemigo.

—¡Es mío! —grité, golpeando sus hombros—. ¡Solo es mío!

Julián me tomó de las muñecas, inmovilizándome contra el escritorio. Se inclinó tanto que sus labios rozaron mi oreja, enviando una descarga eléctrica que odié sentir.

—No juegues conmigo, Elena. Aquella noche en el hotel... —hizo una pausa, y sentí cómo su respiración se aceleraba—. Estuviste conmigo. Tu piel contra la mía, tus manos buscándome en la oscuridad. No trates de fingir que hubo alguien más.

—Fue un error —solloce, cerrando los ojos para no ver la intensidad de su mirada—. El peor error de mi vida.

—Un error que tiene consecuencias —sentenció.

Se alejó un paso, pero la tensión no disminuyó. Me miró de arriba abajo, como si estuviera viendo a través de mi piel, analizando el cambio sutil en mis caderas, la palidez de mi rostro. Por un segundo, la frialdad de su máscara de CEO desapareció, dejando ver a un hombre atormentado por un deseo que no podía controlar.

—Si ese niño es mío, Elena, no saldrás de esta casa. Ni en seis meses, ni nunca.

—¡No puedes hacerme esto! —bajé del escritorio, sintiendo que las paredes de la oficina se cerraban sobre mí—. Mi padre me necesita. Dijiste que lo dejarías libre.

—Él está libre, pero tú no —se acercó de nuevo, esta vez con una lentitud depredadora. Tomó un mechón de mi cabello y lo enrolló en su dedo—. ¿Sabes qué es lo que más me enfurece? Que incluso sabiendo que eres la hija del hombre que me robó todo, no puedo dejar de pensar en cómo te sentías bajo mi cuerpo aquella noche.

Sentí un nudo en la garganta. La forma en que me miraba... era un insulto y un halago al mismo tiempo. Era el enemigo, el hombre que quería ver a mi padre en la ruina, y sin embargo, su toque despertaba en mí una traición que mi mente no podía silenciar.

—Me odias —le recordé, buscando en ese odio mi propia salvación.

—Te odio tanto que me quema —admitió, su mano bajando por mi cuello hasta apretar suavemente mi garganta, obligándome a levantar el rostro—. Pero deseo más de lo que odio. Y ahora, con la posibilidad de que lleves mi sangre dentro... ese deseo se ha convertido en una necesidad.

De repente, el intercomunicador sobre el escritorio sonó, rompiendo el hechizo oscuro entre nosotros.

—Señor Torres —era la voz de su abogado—, tenemos un problema con el traslado de Ricardo Varela. Hay hombres vigilando su casa que no son los nuestros.

Julián soltó mi rostro, su expresión volviéndose de piedra en un instante. Se giró hacia el aparato, pero su mirada seguía clavada en mí.

—No te muevas de aquí, Elena. Si intentas huir, si intentas esconderte... te encontraré. Y la próxima vez, no habrá contratos, solo cadenas.

Salió de la oficina con pasos decididos, dejándome sola con el eco de sus palabras. Me abracé a mí misma, temblando. Toqué mi vientre con dedos temblorosos.

Estaba embarazada del hombre que me veía como un botín de guerra. Un hombre que me deseaba con la misma intensidad con la que quería destruir mi apellido. Y lo peor de todo... lo más aterrador de esa mañana fría, era que cuando él me tocaba, yo olvidaba por un segundo por qué debía odiarlo.

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