El teléfono me quemaba en la mano. “Tu padre nunca estuvo en coma. Corre”. Esas palabras se me clavaban en los ojos como astillas. Miré por la ventana del coche, viendo pasar los edificios de Nueva York como manchas borrosas. El guardaespaldas que Julián había puesto a mi lado, un tipo enorme que apenas parpadeaba, no me quitaba la vista de encima.
—¿Se encuentra bien, señorita Varela? —preguntó con una voz que parecía venir de una tumba.
—Perfectamente —mentí, escondiendo el teléfono bajo mi m