La cena fue un despliegue de opulencia que solo servía para recordarme lo pequeña que era mi existencia frente a su fortuna. El comedor era una sala vasta, con techos altos y una mesa de roble negro que parecía un altar al ego de Julián.
Él estaba sentado en la cabecera, impecable, con la camisa blanca desabrochada en el cuello, observándome mientras yo removía la ensalada sin probar un bocado.
—Come, Elena. Necesitas fuerzas para lo que viene —dijo. Su voz cortó el silencio como un cuchillo af