El motor de la furgoneta se apagó y, por un momento, el silencio fue tan pesado que me dolieron los oídos.
El agente joven, el que nos había conducido durante horas, se bajó sin decir una palabra. Rodeó el vehículo y abrió la puerta corredera. La luz de la tarde en Vermont era de un color ámbar que nunca había visto en la ciudad. Era limpia, sin el tamiz del esmog o el reflejo del acero.
—Este es el lugar —dijo el agente, señalando una estructura de madera oscura que parecía fundirse con los pi