Me senté en el borde del catre, frotándome las marcas que las esposas habían dejado en mis muñecas.
El silencio en el ala de máxima seguridad era artificial, casi sólido. Podía oír el zumbido de las cámaras de seguridad siguiendo cada uno de mis movimientos. Era una ironía perfecta: el hombre que desnudó al mundo ahora era el más observado de todos.
La puerta de acero se abrió con un gemido pesado. Miller entró solo, sin escoltas ni carpetas. Se veía diez años más viejo que la semana pasada. S