El hospital olía a una mezcla asfixiante de flores frescas y muerte inminente. Caminar por esos pasillos blancos del brazo de Julián se sentía como una procesión fúnebre, a pesar del anillo que pesaba en mi mano. Él caminaba con la barbilla en alto, ignorando las miradas curiosas del personal médico que seguramente ya había visto las noticias del compromiso.
—Recuerda el trato, Elena —susurró Julián, deteniéndose frente a la puerta de la Unidad de Cuidados Intensivos—. Entramos, le damos la "bu