León (o Alejandro, como ella aún lo llamaba en su mente) la subió al asiento trasero casi en vilo, como si fuera una muñeca de trapo rota. El coche arrancó suavemente, alejándose del callejón, de las sirenas de policía y de la miseria.
Nuria se encogió contra la puerta, abrazándose las rodillas, era consciente de la mancha de grasa en su vestido, del sudor, de la suciedad en sus pies descalzos que ahora manchaban las alfombrillas de lana virgen del vehículo.
Voy a ensuciar tu coche —murmuró, con