El viaje de regreso a casa fue el más lento que León había hecho en toda su vida. Manejaba el coche como si estuviera hecho de cristal, frenando en los topes casi hasta detenerse por completo y mirando por los espejos retrovisores en cada cuadra. Pero esta vez no iba buscando amenazas o camionetas sospechosas; lo hacía para echarle un ojo a la silla de bebé en el asiento trasero.
Nuria iba de copiloto, con unas ojeras que le llegaban al piso, pero con una sonrisa que no se le quitaba de la cara