Mundo ficciónIniciar sesiónLa inminente boda de Valentina y el heredero Edward Sutton desata la furia de su hermanastra, Verónica, quien, consumida por la envidia, descubre un oscuro secreto familiar: Valentina no es hija biológica de Arthur Fairchild. Usando esta información como arma, Verónica manipula a Valentina para que se acueste con un desconocido, Declan, drogándola y grabando la traición. El día de la boda, Edward expone públicamente la infidelidad de Valentina con las pruebas de Verónica, humillándola frente a la élite social. Mientras Valentina huye, destrozada y con el cuerpo temblando, es encontrada por el mismo hombre de la aventura de una noche, Declan, quien, al socorrerla, descubre que está gravemente herida. Sus vidas volviendo a encontrarse, resultando ser sus destinos entrelazados.
Leer másDeclan cargó a la mujer inconsciente en sus brazos, sintiendo la humedad de la sangre y el peso muerto de su cuerpo contra su pecho. El miedo, una emoción que rara vez se permitía sentir, lo impulsaba. La prioridad absoluta era el hospital. En lugar de esperar una ambulancia que atraería a la prensa como moscas a la miel, la subió a la parte trasera de su auto y condujo con una velocidad temeraria hasta el centro médico más cercano.Se aferraba al volante con tanta fuerza que sus nudillos blanqueaban, sintiendo una responsabilidad inesperada y posesiva por aquella desconocida que, apenas una semana atrás, lo había dejado intrigado. En la sala de emergencias, se identificó solo como un "conocido" y se negó a dar su nombre completo; su estatus no le permitía dejar rastro en un hospital público.Los médicos determinaron que Valentina había colapsado debido a un choque emocional severo. Tras una espera que a Declan se le hizo eterna, el doctor salió.—¿Estará bien, doctor? ¿Estará estable
Valentina, atormentada por la culpa, seguía sin poder dormir bien. Una semana después, la situación no había cambiado. Sentía que cada parte de su cuerpo pesaba. Le costó levantarse esa mañana, pero era el día de su boda. No podía permitir que la negatividad la consumiera.Pero la culpa no se iba, ella que había decidido mantenerse virgen hasta el matrimonio, terminó como una sucia mujer en brazos de un hombre al azar. Se miró al espejo; sus ojos, habitualmente llenos de vida, estaban hundidos y rodeados de ojeras. Sin embargo, la maquilladora la tranquilizó, asegurándole que podía solucionarlo. Cuando su ayudante le colocó el delicado velo, Valentina sintió un nudo en el estómago. No era el nerviosismo del matrimonio, sino la profunda, inevitable culpa que se negaba a desaparecer.—Estás hermosa —comentó una voz grave a sus espaldas.Se volteó. Era su padre, Arthur, impecable y llevando aquel elegante traje a medida.—Papá, estás aquí —mencionó ella.Arthur la miró de pies a cabeza
Valentina despertó con un dolor de cabeza atroz; un martillo constante golpeaba en su cráneo. Las náuseas no desaparecían, sino que se intensificaban. Intentó reconstruir la noche anterior, pero el pánico la paralizó. Estaba desnuda, en una cama que no era la suya, en una habitación de hotel desconocida.A su lado, un hombre dormía profundamente. Su brazo estaba extendido. Incluso en reposo, su perfil era impactante: mandíbula fuerte, cabello oscuro ligeramente revuelto. Un hombre atractivo, un perfecto desconocido.El terror la invadió. De repente, el recuerdo la golpeó: aquellos labios desconocidos sobre los suyos, los besos, la pasión desenfrenada. Se cuestionó, aterrada, llena de pánico: "¿Qué fue lo que hice? ¿Quién se supone que es él?"En medio de todo el desastre mental, supo que no podía quedarse ni un segundo más. Tenía que huir, ¡y de inmediato! Salió de la cama sigilosamente, buscó su vestido y sus zapatos, sintiéndose avergonzada y llena de culpa. Abandonó la habitación s
La noche de chicas por fin llegó. Verónica le informó a Valentina que la celebración sería en un club nocturno tan exclusivo que el nombre ya era un signo de exclamación.—Verónica, no me digas que te has gastado una fortuna para algo como esto —soltó, impresionada.Verónica se encogió de hombros, con esa arrogancia que le sentaba tan bien.—No te preocupes por eso. ¿Quién se preocupa cuando el dinero es lo que nos sobra? Tú solo preocúpate por pasarla bien.—Me gusta que la pasemos de esta manera, que estemos así de cercanas —confesó Valentina con una sonrisa sincera. No tenía ni idea de las intenciones de la mujer.—Pues supongo que es lo menos que puedo hacer, y más cuando te vas a casar y te irás de casa. La verdad es que lo he pensado mucho, y eres mi hermana. ¿Cómo no podría tener al menos este acercamiento contigo? —Verónica pronunció esa palabra, "hermana", y sintió que le costaba la vida.—¿Puedo darte un abrazo?Verónica aceptó. Sonrió falsamente mientras recibía el abrazo,
La luz de la mañana se filtraba por las cortinas de la mansión Fairchild, pero Valentina ya estaba despierta. La inquietud de la noche anterior no se había disipado del todo, a pesar de las mentiras de Verónica. Sin embargo, Valentina no era mujer de quedarse de brazos cruzados. Si su hermana quería una "noche de chicas", ella se encargaría de que fuera el inicio de una nueva etapa entre ambas.Con un entusiasmo renovado, Valentina buscó a Verónica en su habitación.—¡Verónica! He pensado que, ya que tendremos nuestra noche especial, deberíamos ir de compras. Necesitamos vestidos nuevos, algo que nos haga sentir poderosas —propuso Valentina con una sonrisa enorme en su cara.Verónica, que apenas se estaba despertando, la miró con fastidio contenido. Su plan requería que Valentina estuviera relajada y confiada, así que forzó una mueca que pretendía ser una sonrisa.—Es una idea... encantadora, Valentina. Dame media hora.Un rato después, ambas se encontraban en la zona más exclusiva de
Valentina deslizó una sonrisa que iluminó todo el lugar. Su prometido, Edward Sutton, era la razón. Él acababa de mencionar que todos los preparativos para la boda ya estaban en marcha, con una perfección que rayaba en lo obsesivo.—...y hemos pensado en irnos a Italia, ¿verdad, hermosa? —informó Edward, mirándola con una dulzura que parecía blindada contra cualquier duda.Valentina asintió. Esa felicidad, casi palpable, la hacía proyectarse en un futuro idílico.—Sí, papá —confirmó, buscando la mirada de Arthur.Arthur Fairchild rebosaba orgullo. ¡Al fin su hija se casaría!—Estoy tan orgulloso de ti, hija. Todavía recuerdo cuando estabas pequeña, corriendo de un lado al otro —mencionó, con una ternura que humedecía sus ojos—. ¿En qué momento has crecido tanto?Edward, siempre formal, intervino:—Señor Arthur, cuidaré muy bien de su hija. Le prometo que jamás la haré llorar.Valentina se sentía amada y protegida. Los tres conversaban en la lujosa sala, ajenos a la sombra que los obs
Último capítulo