Mundo ficciónIniciar sesiónLa inminente boda de Valentina y el heredero Edward Sutton desata la furia de su hermanastra, Verónica, quien, le tiene envidia. Verónica manipula a Valentina para que se acueste con un desconocido, Declan, drogándola y grabando la traición. El día de la boda, Edward expone públicamente la infidelidad de Valentina con las pruebas de Verónica, humillándola frente a la élite social. Mientras Valentina huye, destrozada y con el cuerpo temblando, es encontrada por el mismo hombre de la aventura de una noche, Declan, quien, al socorrerla, descubre que está gravemente herida. Sus vidas volviendo a encontrarse, resultando ser sus destinos entrelazados.
Leer másSemanas después del estallido mediático, la corporación Westerfield respiraba un aire de triunfo temporal. El lanzamiento del nuevo proyecto tecnológico, en el que Declan había volcado toda su rabia y energía para no pensar en su vacío personal, había sido un éxito rotundo. Las acciones subieron y el nombre de la empresa volvía a brillar.Bajo la presión de su equipo y como una táctica para mantener las apariencias, Declan convocó a una cena de celebración en uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad. Sin embargo, su verdadera intención era puramente egoísta: quería una excusa legítima para estar rodeado de gente y no tener que pasar la noche a solas con Lorena.Desde su oficina, Declan marcó el número de su prometida con desgana. —Lorena, no podré ir a cenar contigo hoy —soltó sin preámbulos cuando ella atendió—. El proyecto fue un éxito y el equipo está celebrando. Me quedaré con ellos, será una cena larga de trabajo y festejo.Esperaba una queja, un reproche o un berrinche.
La luz de la mañana se filtraba con una timidez hipócrita a través de las cortinas de aquel restaurante apartado, lejos de las miradas curiosas de la élite que solía frecuentar Declan. Allí, en un rincón sumido en penumbras, Lorena Miller no parecía la prometida recatada y estratégica que la ciudad conocía. Sus dedos se entrelazaban con los de Lucas Park, un hombre que la miraba con un hambre que nada tenía que ver con las acciones de bolsa o las alianzas matrimoniales.Lorena se inclinó hacia adelante, ignorando el café que se enfriaba sobre la mesa, y acortó la distancia para besar a Lucas. Fue un beso cargado de desafío, de una pasión clandestina que servía como su único escape de la farsa que vivía junto a los Westerfield. En ese momento, su teléfono comenzó a vibrar con una insistencia molesta sobre el mantel.—Es mi madre —masculló Lorena, separándose apenas unos centímetros de los labios de Lucas, con la respiración entrecortada. Al contestar, su voz cambió, volviéndose filosa
No estaba dispuesto a quedarse de brazos cruzados mientras Edward Sutton arrastraba su nombre y, peor aún, el de Valentina, por el fango de la opinión pública. Frente a él, sentado con una postura rígida y una carpeta llena de recortes de prensa, estaba su abogado principal, Mark Belmont.—Quiero una demanda por difamación, Mark. Quiero que Edward Sutton pierda hasta el último centavo que tiene por haber publicado esa basura —exigió Declan, con la voz cargada de una furia gélida.Mark Belmont se ajustó las gafas y suspiró, adoptando esa expresión cautelosa típica de los abogados que deben dar malas noticias.—Declan, entiendo tu molestia, pero siendo tú una figura pública y Sutton el dueño del medio, alegará libertad de expresión y protección de fuentes. Podemos enviar una orden de cese y desista, y presentar una demanda civil, pero será un proceso de años. Me temo que esto es lo que se puede hacer legalmente. Realmente creo que es lo mejor para todos mantener un perfil bajo y dejar
Como una bomba de tiempo que finalmente llega a cero, los titulares maliciosos estallaron en todos los portales de noticias al amanecer. Edward Sutton había movido sus hilos con una precisión venenosa. La prensa amarillista y los sitios de finanzas amanecieron con un artículo despiadado que destrozaba la imagen de Declan Westerfield.El texto lo pintaba como un hombre frío y calculador que solo usaba a las mujeres como peldaños. El artículo no solo hablaba de su nuevo compromiso, sino que agregaba detalles perversos, asegurando que Declan se había "liberado" de su esposa embarazada, abandonándola a su suerte, simplemente para casarse con Lorena Miller porque esa alianza le favorecía mucho más económicamente. Eran falacias absolutas, un tejido de mentiras diseñado para destruirlo.Cuando Declan leyó aquella información en la pantalla de su computadora, la furia lo cegó por completo.—¡Maldito infeliz! —rugió, levantándose de golpe.Su respiración se volvió agitada, y en un arranque de
La mañana en Florencia envolvía la ciudad con una luz dorada, pero para Valentina, el día comenzó con el peso de la responsabilidad. Sabía que no podía descuidarse, así que acudió a su primera cita de control en una clínica recomendada por su doctora. Al explicar su historial de embarazo a la nueva obstetra, Valentina sintió que estaba narrando la vida de otra persona; una vida que ya no le pertenecía.Al salir, decidió caminar un poco para calmar los nervios y se detuvo por un helado en una pequeña plaza cerca del río Arno. Mientras disfrutaba del dulce, una niña pequeña de rizos oscuros se acercó a ella con curiosidad.—¿Aspetti un bambino? —preguntó la pequeña con ternura, señalando su vientre.Valentina sonrió, una de esas pocas sonrisas que lograban nacer desde su corazón.—Sí, amor... en realidad espero dos —respondió suavemente.Los padres de la niña se acercaron de inmediato, disculpándose en un italiano rápido por la interrupción. Valentina les aseguró que no se preocuparan,
Declan, empujado por una mezcla de agotamiento y un vacío que el alcohol ya no lograba llenar, aceptó la invitación de Dorian para visitar uno de los clubes más exclusivos del centro. Se vistió de forma automática: un traje de corte perfecto, el cabello impecable y esa fragancia que exhalaba poder, pero sus ojos delataban a un hombre que caminaba sin brújula.Una vez en el club, la música y el estruendo de la gente se sentían como un zumbido lejano. Declan se sentó en la barra, pidiendo tragos fuertes uno tras otro. Dorian, tras notar a una mujer que le devolvía la mirada con interés, se disculpó rápidamente.—Lo siento, amigo. Sé que necesitas compañía, pero esa rubia me está cazando con la mirada. No puedo perder la oportunidad —le dijo antes de desaparecer entre la multitud.Declan resopló, solo con su vaso y sus pensamientos punzantes, hasta que una figura se instaló a su lado con una elegancia que le revolvió el estómago. Era Edward Sutton.—Miren nada más en qué basurero venimos





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