La puerta del despacho se abrió y Adrián entró con la eficiencia de un reloj suizo, cargando una caja de botiquín en una mano y varias bolsas negras con el logotipo de tiendas de lujo en la otra, sin embargo, su rostro habitualmente estoico mostraba una grieta de urgencia.
Señor —dijo, dejando las cosas sobre una mesa lateral—, seguridad informa que el coche de Gael Armand acaba de entrar en el parking subterráneo a toda velocidad y ha ignorado el control de acceso.
Nuria dio un respingo en el sillón, sus manos aferrándose a los reposabrazos de terciopelo, el miedo, ese viejo conocido, volvió a tensar sus hombros.
León en cambio, ni se inmutó, se puso de pie lentamente, abrochándose el botón de su chaqueta y alisándose el traje oscuro, su expresión era de una calma absoluta, pero no era una calma pacífica; era la calma estática que precede a la masacre.
Perfecto —dijo León, con una frialdad que heló el aire de la habitación. Miró a Nuria, y sus ojos grises se suavizaron imperceptibleme