El domingo amaneció despejado, con un sol brillante que prometía calentar el enorme jardín de La Fortaleza. Aunque el nombre de la casa se había quedado por pura costumbre, ya de fortaleza no tenía nada. Las bardas altas seguían ahí, pero estaban cubiertas de enredaderas con flores y el portón principal pasaba más tiempo abierto que cerrado para dejar entrar a los vecinos y a los amigos de la escuela de Alex.
Había pasado un año exacto, un año desde que la tormenta y el miedo habían quedado sep