EL TIO DE MI EX: MI MEJOR VENGANZA
EL TIO DE MI EX: MI MEJOR VENGANZA
Por: MARA VELUM
1 LA REINA DE LAS IDIOTAS

La faja me cortaba la respiración, clavándose en mis costillas como un corsé medieval, pero sonreí, era mi cumpleaños, y en el mundo de los Armand, la sonrisa era parte del uniforme.

Estás encorvada, Nuria —susurró Gael a mi oído, su mano apretando mi cintura con una fuerza que no era cariño, sino advertencia—. Enderézate, ese vestido crema te hace ver… ancha y lo último que necesitamos es que los socios piensen que te has abandonado.

Me enderecé de golpe, sintiendo cómo la sangre se me subía a las mejillas.

Lo siento —murmuré, alisando la tela holgada del vestido que él mismo había elegido para "disimular mis excesos".

Hazlo por mí, cariño. —Gael me dio un beso rápido en la sien, frío y seco, antes de subir al escenario—. Recuerda: nada de pastel.

Lo vi alejarse, tan guapo, tan perfecto en su traje italiano, a mi alrededor el salón de baile de nuestra mansión en Puerto Andraka brillaba con lámparas de cristal y joyas caras, yo me sentía una impostora, una mancha grande y torpe en un lienzo inmaculado.

Irene, mi mejor amiga, apareció a mi lado con una copa de champán, llevaba un vestido rojo sangre, tan ajustado que se le marcaban las costillas.

Feliz cumpleaños, gordita —dijo con esa dulzura venenosa que yo siempre confundía con confianza—. ¿No te asfixias con tanta tela? Deberías haberte puesto el rojo que te dije.

Gael dice que este es más… elegante —respondí, bajando la mirada.

Claro, Gael siempre cuidando que no hagas el ridículo, tienes suerte de que te quiera tanto, a pesar de… bueno, de todo.

Antes de que pudiera responder, la voz de mi marido resonó por los altavoces.

¡Por Nuria! —brindó, alzando su copa hacia mí—. Por la mujer que sostiene mi hogar.

Todos aplaudieron y yo bebí un sorbo de agua, porque el champán tenía "demasiadas calorías", y sentí una lágrima de gratitud. «Él me ama», pensé. «Es duro conmigo porque quiere que sea mejor».

La fiesta siguió, Gael desapareció una hora después, alegando una llamada urgente de inversores, esperé un poco y decidí subir a buscarlo para agradecerle el collar de diamantes que me había enviado esa mañana, quería intentar, por una vez, que me mirara con deseo y no con crítica. Subí la escalinata de mármol, el pasillo estaba en silencio, pero al acercarme a su despacho, escuché risas y gemidos.

La puerta estaba entreabierta, mi corazón se detuvo. «No entres, si entras, te mueres».

Pero entré.

Gael estaba sentado en su escritorio de caoba, Irene estaba sobre él, con el vestido rojo subido hasta la cintura, moviéndose con frenesí, las manos de mi marido apretaban esas caderas huesudas con una pasión que jamás me había demostrado a mí.

Dime que te gusta más —jadeó Irene, echando la cabeza hacia atrás.

Me encantas —gruñó Gael—. Eres ligera, estética y perfecta.

¿Y ella?

¿Nuria? —Gael soltó una risa cruel que me heló la sangre—. Acostarme con ella es como ahogarse en grasa, es una vaca, nena, no veo la hora de conseguir su firma para los terrenos y dejarla en la calle.

El mundo se me cayó encima.

No fue la infidelidad, fue el asco, la forma en que hablaba de mi cuerpo, ese cuerpo que él había jurado amar en el altar, se me escapó un sollozo ahogado.

Gael levantó la vista, sus ojos se encontraron con los míos, no hubo culpa solo fastidio.

Vaya —dijo él, empujando a Irene suavemente para que se bajara—. La espía.

¿Cómo pudiste? —susurré, temblando—. Es mi cumpleaños… es mi mejor amiga.

No hagas un drama, Nuria —dijo Irene, alisándose el vestido sin una pizca de vergüenza—. Gael necesita una mujer que lo represente, no una que tenga que esconder bajo metros de tela, hazte un favor y acepta tu lugar.

¿Mi lugar? —La furia estalló en mi pecho, caliente y violenta—. ¡Mi lugar es esta casa! ¡Son mis terrenos!

Que pronto serán míos —interrumpió Gael, abrochándose el pantalón con calma—. Y si te vas ahora, te aseguro que tu padre se enterará de lo inestable que estás, nadie te creerá, Nuria, eres patética.

Me miró con tal desprecio que sentí ganas de vomitar.

Quédate con él, Irene —escupí, retrocediendo—. Se merecen el uno al otro.

Me di la vuelta y corrí.

¡Si cruzas esa puerta no vuelvas! —gritó Gael.

No me detuve, bajé las escaleras, crucé el salón ignorando los gritos de los invitados y salí a la noche. Llovía a cántaros en Puerto Andraka, el agua empapó mi vestido crema al instante, pegándolo a mi cuerpo, a esas curvas que tanto odiaban, corrí hasta que los tacones se me rompieron, me los quité y seguí descalza, llorando, mezclando mis lágrimas con la lluvia, me sentía sucia, fea y gorda.

Llegué al puerto viejo, guiada por las luces de neón. VELVET, un bar, un lugar donde nadie me conocía y entré temblando, empapada, con el maquillaje corrido y el alma rota, me acerqué a la barra, sintiendo las miradas de burla.

Un whisky doble —pedí con voz rota.

Me bebí el licor como si fuera veneno para matar a la vieja Nuria, me arranqué el anillo de diamantes y lo tiré sobre la madera.

¿Mala noche? —preguntó una voz a mi lado.

Giré la cabeza.

En la penumbra, un hombre me observaba, no podía ver bien su rostro, solo unos ojos grises, tormentosos y profundos pero lo que me impactó no fue su mirada, sino cómo me miraba, no había asco, no había burla, sus ojos recorrieron mi vestido mojado, deteniéndose en mi pecho agitado, en mi cintura, en mis caderas y vi… hambre, un deseo crudo y oscuro que me hizo estremecer.

No tienes idea —respondí, hipnotizada por esa mirada que parecía desnudarme y adorarme al mismo tiempo.

No sabía quién era, no sabía que ese hombre era el dueño de la ciudad, ni que llevaba mi mismo apellido político, solo supe que, por primera vez en mi vida, alguien me miraba como si yo fuera el pecado más delicioso del mundo.

Y yo estaba lista para dejarme devorar.

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